El precio del miedo: la cuota del gas se disparó tras el apagón

La cuota de generación con gas natural se duplicó como medida de emergencia y, lejos de disiparse, esta tendencia se mantiene.
Central térmica de As Pontes. / Wikimedia Commons.
Central térmica de As Pontes. / Wikimedia Commons.

El 28 de abril no solo se fundieron las luces, también se apagaron muchas certezas. España vivió su primer cero energético y la reacción fue inmediata: más gas, menos riesgo. En apenas unas horas, los ciclos combinados —esas centrales que queman gas natural y pueden activarse a demanda— pasaron de ser actores secundarios a protagonistas del sistema eléctrico. Y si bien el susto inicial ya quedó atrás, el patrón se mantiene. El gas, en pleno mes de mayo, sigue mandando más de lo que cabría esperar. Y eso tiene un precio.

La estrategia de Red Eléctrica de España (REE) ha sido clara: reforzar el sistema con tecnología firme y flexible. Los ciclos combinados han duplicado su cuota de participación, pasando de algo más del 10% antes del apagón a cerca del 20% en la semana negra. Una semana después, la cifra seguía por encima de la media habitual. El día 29, apenas veinticuatro horas después del colapso, se rozaron los 200 GWh de producción con gas, más del triple que en los días previos. A efectos prácticos, el sistema se ha blindado con lo que en el sector llaman “airbags eléctricos”.

¿El problema? Que estos “airbags” se pagan. El gas no solo contamina más que las renovables, sino que cuesta bastante más. Aunque buena parte de esa generación no pasa por el mercado diario —sino por los servicios de ajuste, donde REE interviene directamente para mantener la estabilidad—, el coste termina aflorando en la factura. Y lo hace con especial crudeza en los hogares acogidos a la tarifa regulada (PVPC), unos ocho millones de familias que no tienen precio fijo y que ya están notando el golpe.

Un efecto colateral

Las consecuencias van más allá del bolsillo. La apuesta por los ciclos combinados está teniendo un efecto colateral tan silencioso como preocupante: los vertidos solares. A pesar del aumento de horas de sol en primavera, la generación fotovoltaica ha caído en picado desde el apagón. Antes del 28 de abril, se generaban de media unos 180 GWh diarios; en la semana del corte, no se alcanzaron ni los 110. No hablamos solo de menor producción por motivos meteorológicos o por la caída de exportaciones a Portugal, sino de energía renovable que directamente no se está utilizando. Se está desperdiciando, porque el sistema prioriza otras fuentes por seguridad.

Es comprensible que, tras una crisis de esta magnitud, se opte por el camino de la prudencia. Nadie quiere repetir el caos de hace dos semanas. Pero conviene abrir el debate: ¿cuánto tiempo vamos a sostener un sistema más contaminante y caro en nombre de una seguridad energética que, hasta hace poco, dábamos por sentada? ¿No se debería estar invirtiendo en reforzar la resiliencia renovable en lugar de refugiarnos —una vez más— en los combustibles fósiles?

Porque si algo ha demostrado esta crisis es que el sistema no está preparado para prescindir del gas. Y esa dependencia, en pleno proceso de transición energética, debería incomodarnos más que el apagón mismo. Pagar más para no repetir errores es, a veces, inevitable. Pero perpetuar ese sobrecoste sin buscar alternativas es, simplemente, una renuncia. Y de esas también conviene hacer balance. @mundiario

Comentarios