Del caso Cerdán al caso Montoro: corrupción en los principales partidos de España
La política española ha entrado de lleno en un terreno de juego fangoso en el que nadie sale impune. En medio de un curso parlamentario marcado por el caso Cerdán y por el desgaste del Gobierno, el nombre de Cristóbal Montoro —exministro de Hacienda con Mariano Rajoy— ha vuelto a escena con fuerza, empañando el relato de superioridad moral que intentaba construir el Partido Popular. Su imputación por presuntas ayudas fiscales irregulares a empresas privadas a cambio de contraprestaciones para su equipo ha supuesto un giro de guion que reequilibra momentáneamente la escena política.
No se trata, desde luego, de un personaje cualquiera. Montoro no solo fue el arquitecto del sistema tributario durante los gobiernos de Rajoy, sino también una figura central del llamado "aparato" del PP. Aunque hoy no ocupa cargos orgánicos y ha abandonado el partido, su legado sigue presente tanto en la cultura interna como en las alianzas que se han reactivado bajo el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo. De hecho, este último no ha dudado en rescatar a nombres del entorno montorista, como Alberto Nadal, como asesores de su estrategia económica. Una muestra más de que, pese a las apariencias de renovación, el PP actual sigue bebiendo de las fuentes del pasado.
La reacción del partido ante la imputación ha sido tibia, casi desganada. Un simple tuit de Feijóo con el clásico “que se investigue lo que se tenga que investigar” deja claro que en Génova confían en que el caso se diluya en los tribunales, como otras veces. Pero lo preocupante para los populares no es tanto el desenlace jurídico como el daño simbólico. La estrategia del “todo es corrupción salvo lo nuestro” ha quedado desactivada, al menos temporalmente. Cuando uno señala con insistencia la paja en el ojo ajeno, conviene asegurarse de no tener vigas propias sobresaliendo.
Y es que el PP había centrado su ofensiva política en una batería de ataques personales y familiares contra Pedro Sánchez: su esposa, su hermano, su suegro. A ello se sumaba el escándalo Cerdán, que parecía haber desangrado al Gobierno hasta el punto de que muchos daban por segura una crisis irreversible. Pero la aparición del caso Montoro ha reequilibrado las percepciones. No porque ambos asuntos sean simétricos —cada uno tiene sus características y niveles de gravedad—, sino porque devuelve al imaginario colectivo una imagen que el PP lleva años intentando desterrar: la de un partido marcado por una corrupción sistémica, transversal y persistente.
El contraste con Pablo Casado es llamativo. Aquel líder intentó una ruptura simbólica con el pasado, incluso planteándose vender la sede de Génova para exorcizar los demonios de la era Rajoy. Feijóo, en cambio, ha optado por la continuidad. Ha rehabilitado a Rajoy y a Aznar como referentes indiscutibles de su liderazgo, ha endurecido su discurso en temas como inmigración —en un claro guiño a Vox— y ha apostado por perfiles duros en su cúpula, como Miguel Tellado o Ester Muñoz. Pero esa apuesta tiene un coste: cuando uno se aferra a la herencia, también asume su carga judicial y moral. Y ese pasado está lejos de haberse cerrado.
Mientras tanto, Pedro Sánchez ha logrado algo impensable hace apenas semanas: frenar su hemorragia política y recuperar el pulso con gestos dirigidos a sus socios de investidura. ERC, Junts y el PNV vuelven a estar en el radar del Gobierno, que busca tejer una mayoría parlamentaria más estable de cara a septiembre. Aunque el horizonte de los Presupuestos Generales del Estado sigue siendo incierto, el Ejecutivo ha cerrado el curso con una serie de movimientos tácticos —transferencias al País Vasco, avances en la oficialidad del catalán en la UE, propuestas de financiación autonómica— que apuntan a una voluntad clara de resistir.
Y no solo en el plano interno. Sánchez se proyecta hacia América Latina con una gira estratégica que lo aleja del ruido nacional y lo posiciona como referente internacional del progresismo frente a la ultraderecha global. Su presencia junto a Lula, Petro o Boric en Chile busca reforzar un relato que le es favorable: el de un líder moderado, europeísta, comprometido con los derechos sociales y con una visión positiva de la inmigración como solución —no problema— en un continente que envejece.
Este posicionamiento contrasta radicalmente con el del PP, que sigue endureciendo su mensaje contra los migrantes irregulares, alineándose más con Vox que con los referentes conservadores europeos tradicionales. En Génova creen que eso conecta con la “España real”, pero las encuestas y los patrones electorales recientes en países como Francia o Alemania muestran que mimetizarse con la extrema derecha no frena su ascenso; lo alimenta. Y Feijóo corre el riesgo de caer en la misma trampa: la derecha termina eligiendo siempre al original.
El caso Montoro no es un simple capítulo judicial, sino una señal de advertencia. Reabrir el pasado para convertirlo en arma arrojadiza requiere tener la casa en orden, algo que el PP no puede garantizar. Y aunque en política la memoria es corta, los casos de corrupción del pasado siguen pesando. Feijóo debe decidir si quiere liderar un proyecto conservador moderno, con distancia crítica del pasado, o refugiarse en las viejas glorias de Aznar y Rajoy. De su elección dependerá no solo el futuro del PP, sino también el equilibrio de fuerzas en una legislatura que, lejos de estar acabada, aún tiene capítulos decisivos por escribir. @mundiario


