El abismo: la política que nos legó Adolfo Suárez y lo poco que nos queda

El diputado del PP valenciano, Luis Díaz Alperi, fue sorprendido cortándose las uñas en un debate de las Cortes Valencianas.
El diputado del PP valenciano, Luis Díaz Alperi, fue sorprendido cortándose las uñas en un debate de las Cortes Valencianas.

El expresidente del Gobierno no sólo aportó el consenso y el diálogo necesarios durante la Transición, sino que también perteneció a una clase política en vías de extinción.

El abismo: la política que nos legó Adolfo Suárez y lo poco que nos queda

Qué lejano parece aquel gesto de Adolfo Suárez durante el fallido golpe de estado de 1981: el expresidente, cabeza de la frágil democracia española de aquel momento, mantuvo el tipo durante toda la maniobra y llegó, incluso, a plantarle cara a los militares golpistas junto al entonces vicepresidente, Manuel Gutiérrez Mellado. No se calló, protestó, nunca se escondió bajo su escaño. No, eso no: sabía Suárez que la responsabilidad de su cargo le exigía templanza, valor, y que cualquier otro gesto habría sido como darle la razón a las armas. «Un presidente del Gobierno no puede inclinar la cabeza ante unos golpistas», se ha dicho que dijo alguna vez sobre aquel episodio. Y hoy, cuando nos informan que ha muerto, comprendemos lo importante que resultó su papel. Aunque, a la vez, lo lejano se nos antoja, como si hubiese pasado mucho desde aquello, como si estuviésemos leyendo la historia de otro país.

Sí, en otro país y en otra época. Porque esos gestos, encarnados por toda una generación de políticos que vivieron en primera fila la llegada de la democracia, eran el reflejo inmediato de un conjunto de ideas firmes, sólidas y de largo alcance. O que por lo menos lo pretendían. El político y la idea eran la misma cosa. No había distinción. Ver a Carrillo, Fraga, González, Guerra y Suárez era ver lo que representaban, y no había que darle más vueltas al asunto.

Además, estaba la ética: ese respeto hacia el otro, al del partido contrario y sus ideas, y ese debatir con argumentos de peso y sin echar balones fuera. El discurso tenía altura. Tener un escaño no era como tener un coche. De hecho, cuando de pronto estallaba la certeza de no ser útil para la causa que te habían delegado, se tomaba el camino de la dimisión. Y no pasaba nada. Al otro día, el mundo seguía donde estaba. El mismo Suárez, cuando un ciudadano le retiró la mirada en un semáforo y entendió que ya no gozaba del apoyo de los primeros años, anunció que se iba.

Lejano aquel gesto de Suárez, sí; pero no tanto por el tiempo como por los tiempos políticos que corren. Hace poco más de dos meses, el diputado del PP valenciano, Luis Díaz Alperi, fue pillado cortándose las uñas durante un debate en el que se explicaba la política económica de la Generalitat Valenciana para los próximos años. Ni caso: Díaz Alperi sacó el cortaúñas, se acomodó en su escaño y se puso manos a la obra. O la también popular Andrea Fabra, quien desveló las verdaderas intenciones del PP en materia de recortes con su inolvidable «¡Que se jodan!». Por fortuna, Suárez no fue del todo consciente de la llegada de esta nueva era política.

Por supuesto, no quiere decir esto que todos los políticos de los tiempos de Suárez eran como Suárez, ni que todos los colegas de Díaz Alperi son como Díaz Alperi. No. La mediocridad y la excelencia no son exclusivas de una época. Pero la debacle es inminente: responsabilidad y compromiso nulos, dogmatismo, falta de ética, tramas corruptas, escaso sentido de pertenencia... Y así hasta la indignación. Y de la indignación al hastío. Un hastío que nace de comparar la imagen de un presidente del Gobierno plantando cara a unos golpistas y otra, reciente, de un diputado cortándose las uñas en el Parlamento.

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