A paso de cangrejo

Una imagen en Twitter de los niños ahogados en el Mediterráneo.
Una imagen en Twitter de los niños ahogados en el Mediterráneo.

Lo que ocurre día a día en el Mediterráneo se parece mucho a una tragedia clásica, en el disimulo de no darle la publicidad que merece, porque heriría las conciencias, solo afectadas por aisladas imágenes de bebés ahogados en la playas… tres o cuatro. Son centenares.

Hoy el cuerpo me pide la palabra. Una vez más los medios han ofrecido las imágenes de los niños ahogados en el Mediterráneo, ese mar que llaman de la civilización. He oído a Salvini expresar su demolición moral. He tratado de comprender con las reflexiones de Fulco Lanchester, catedrático de La Sapienza, a quien en Italia llaman “la stella polare del costituzionalismo”, sobre la Constitución italiana, que vincula de manera explicita la democracia a los derechos de los ciudadanos, del “demos”. Pero no he podido comprender ante tales imágenes.

Por eso el cuerpo me pide palabras que en realidad debieran ser gritos.   En un momento crucial de su vida, Blas de Otero gritó, en su “Inmensa mayoría”:

“Escribo por necesidad, para contribuir (un poco) a borrar la sangre y la iniquidad del mundo”.

Sé que palabras así solo las pueden pronunciar los grandes y que si un cualquiera como yo (un “uomo qualunque” por hablar al modo itálico) las utiliza puede ser motejado de sensiblero o “buenista”. Pero no importa. Les propongo volver a Günter Grass (“A paso de cangrejo”), aunque lo tengamos medio olvidado. Corría el 30 de enero de 1945, tras los impactos del submarino soviético S13, en el buque Wilhelm Gustloff se produjeron escenas de pánico. La proa se inundó enseguida y el navío se escoró a babor. Los botes salvavidas eran escasos y en la cubierta, al inclinarse, una masa humana se precipitaba al mar. Murieron más de 9.000 personas. Para los más de cuatro mil bebés, niños y jóvenes no hubo supervivencia. Y no ha quedado constancia gráfica, porque en la película que se hizo años después (de Joseph Vilsmaier, en la que se invirtieron unos 10 millones de euros) resultaba excesivamente “costosa” la filmación de las escenas de los niños. ¿Costosa?

Lo que ocurre día a día en el Mediterráneo se parece mucho a esta tragedia en su dimensión, en el disimulo de no darle la publicidad que merece, porque heriría las conciencias, solo afectadas por aisladas imágenes de bebés ahogados en la playas… tres o cuatro. Son centenares. Y semejante es la reacción de las instituciones europeas  en su obligación moral y jurídica de proponer medidas para solucionar o paliar tamaña iniquidad, porque es muy “costosa”.

Muerdo mis palabras y solo digo que, en el mejor de los casos, van “a paso de cangrejo”. @mundiario