La vivienda empobrece a la clase trabajadora
Este fin de semana, miles de personas han salido a las calles de casi 40 ciudades en España para decir basta. Para recordarnos, con sus llaves alzadas como campanadas de rabia, que la vivienda no puede seguir siendo un bien de lujo, reservado para quien especula o hereda. Han gritado lo que millones piensan y sienten cada día: que el techo bajo el que vivimos se ha convertido en un peso insoportable que sabotea vidas, disuelve comunidades y pisotea el futuro de los jóvenes.
La imagen se repite en Madrid, en Barcelona, en Sevilla, en Santiago o en Las Palmas: familias expulsadas, estudiantes hacinados, trabajadores que entregan su sueldo entero por un alquiler abusivo, personas mayores que no pueden retirarse sin temer el desahucio, migrantes discriminados en un mercado que hace negocio con su exclusión. Las manifestaciones, convocadas por los sindicatos de inquilinos, no son una anécdota ni un capricho: son un grito colectivo de hartazgo, de una mayoría social que ha dicho basta. Y tienen razón.
La vivienda se ha convertido en el principal mecanismo de empobrecimiento de la clase trabajadora. En los últimos años, los precios de compra y de alquiler han subido a ritmos que superan con creces la evolución de los salarios. En lugares como Valencia, los alquileres se han disparado casi un 80% en cinco años. En Santiago, un 37% desde 2020. En San Sebastián, comprar un piso cuesta más de 5.700 euros por metro cuadrado. Y en Baleares o Canarias, la explosión del turismo vacacional ha vaciado barrios enteros de vecinos para llenarlos de apartamentos turísticos gestionados por plataformas digitales y fondos de inversión. El problema se repite en ciudades como A Coruña o Santander.
El resultado es una generación atrapada, que ha hecho todo “lo correcto” —estudiar, trabajar, ahorrar— y que aun así no puede independizarse ni soñar con una vida autónoma. Es una clase media cada vez más delgada, que sobrevive de ayudas familiares, contratos precarios o renuncias personales. Es una población migrante que sufre racismo estructural al intentar alquilar. Es un drama social y, sobre todo, político.
El fracaso de un modelo de vivienda entregado al mercado
Porque no, no se trata solo de los “malos caseros” o de los “fondos buitres”. Es el fracaso de un modelo de vivienda entregado al mercado, sin apenas regulación efectiva, sin un parque público que amortigüe los vaivenes especulativos, sin una intervención decidida para frenar los desahucios o controlar el alquiler turístico. Las medidas tomadas hasta ahora —como los límites del precio del alquiler en zonas tensionadas— son, en el mejor de los casos, parches insuficientes. Y en muchos otros, puro maquillaje.
Por eso no extraña que los sindicatos de inquilinos exijan más: contratos indefinidos, el fin de la compra de pisos con fines especulativos, la movilización inmediata de viviendas vacías, la prohibición de los grupos parapoliciales de desokupación. No se trata de radicalismo. Se trata de justicia. De sentido común. De la obligación del Estado de garantizar que el derecho a la vivienda —reconocido en la Constitución— no quede reducido a una promesa hueca.
Decía una manifestante en Santiago que su vida sentimental se ha roto, pero que lo que de verdad le impide rehacerse es el alquiler. Otro, en Madrid, afirmaba que a los 70 años no le llega la pensión y debe seguir trabajando solo para pagar el techo. En Valencia, un joven contaba que su familia tuvo que huir de la ciudad cuando empezó la burbuja. En Barcelona, una mujer de 60 años espera cada día una orden de desalojo. Son testimonios reales, urgentes, desesperados.
Pero también hay esperanza. Porque la movilización de este sábado no es solo un lamento: es una promesa. La promesa de que hay fuerza organizada, que hay voluntad colectiva para cambiar este sistema que pone los ladrillos por encima de las personas. Como ha dicho una portavoz en Madrid: “La huelga de alquileres ha venido para quedarse”.
Y si el Gobierno no actúa, si las administraciones no están a la altura, lo harán ellas. Lo haremos todos. Porque vivir no debería ser un lujo. Porque esta lucha, por el derecho a la vivienda, no es una más: es la base de todas las demás. Sin hogar no hay vida, ni proyecto, ni dignidad. Y eso es lo que está en juego. @mundiario



