¿Vale la orgullosa hybris de los selectos para enfrentar las crisis de todos?
Afrontarla de este modo es mal negocio, y lo ocurrido tras las elecciones europeas ha dejado flotando el miedo a que se refuercen en el parlamento de Bruselas desestabilizadoras ideas, anteriores a que existiera.
Crisis mutacionales
La mutación de la composición de eurodiputados ha sido importante, si bien el relato sigue alimentándose de la variación que, respecto a la situación anterior, da como resultado que los europeístas bajan un 7,22% y la extrema derecha gana un 3,19%. Es suficiente, de todos modos, para frenar posicionamientos aperturistas y democratizadores en aspectos vitales para la construcción de una Unión consistente en lo social, y que propiciarán una Europa más esclerotizada en los esquemas de hostilidad y repliegue que ya dibujaba Plantu para Le Monde antes de que en 2021 se jubilara. Al resultado de estas elecciones, alimentado por las guerras en Ucrania y Palestina, y sus repercusiones en la producción, la energía y la alimentación, también han contribuido cuestiones migratorias y, en mayor profundidad todavía, las que arrastra consigo el cambio climático.
Sobre este magma ambiental, han venido a caer las inquietantes pesadillas que suscita la poco halagüeña expectativa electoral de noviembre en EE UU. La puso de manifiesto el absurdo debate electoral entre un señor al que las circunstancias biomédicas mostraron débil e incoherente como presidente, y un aspirante a serlo al que la Justicia sitúa en su punto de mira como delincuente múltiple. Si Tocqueville lo viera, desesperaría de que ese país pudiera dar lecciones de democracia al resto del mundo, y la ciudadanía, por muy entretenida que esté en gadgets electrónicos y alardes tentaculares de la IA para el ocio distractor, haría bien en repasar las lecciones de vida que le está proporcionando una crisis capaz de emular la de los emperadores del Bajo Imperio Romano, antes de que llegara el año 476 d.C.
Aquí cerca está también Francia, con su historia de las revoluciones democratizadoras modernas, y su aliento a los primeros pasos del federalismo a que tiende la Unión Europea. En esta semana, veremos cómo, después de aflorar un gran descontento con sus dirigentes actuales, se plasma una difícil convivencia con las tendencias de los reformismos ultras. Los probables desencuentros entre el poder legislativo y el ejecutivo-presidencial complicarán, a buen seguro, decisiones que, para sacar el país de sus problemas, hayan de tomarse. Algo parecido se avecina en el Reino Unido, aunque parezca de otro signo lo que allí se presagia; la supuesta inclinación actual del voto hacia el laborismo expresa, ante todo, cansancio frente a los ensayos fallidos que, desde 2010, han protagonizado sucesivos líderes conservadores, quemados en su soberbia.
La ceguera de la Hibris
Aquí, en España, el suflé de la Hubris, o de la Hybris que los griegos mencionaban como problemática para la convivencia en la Polis, sigue atronando la palestra mediática. Empezó a brillar con motivo del “váyase señor González” en marzo de 1993; prosiguió con la supuesta regeneración que, tras la crisis que se llevó por delante a Zapatero, indujo a los líderes del PP a situarse como redentores de los males de la patria, y se ha agudizado más su acento ensoberbecedor en cuantas intervenciones han tenido desde que perdieron poder en la moción de censura de 2018. En estos seis últimos años, en cuntos foros les ha sido posible, no han cesado de mostrarse indignados. Ya sea en el Parlamento, ya sea en declaraciones a los medios –y en la continuada línea editorial de muchos-, dan la sensación de ofendidos; como si cuantos gobiernan desde algún puesto relevante sin ser de su marca ideológica les hubiera robado un histórico privilegio patrimonial. Desde las elecciones generales de hace un año, esta arrogancia y orgullo, despreciativo de los demás e hiperbólico en expresiones irracionales, actores como Isabel Díaz Ayuso compiten entre sí por ver quién sea el más pomposo. No es difícil ver cómo marca la gestualidad desmedida de este teatro, en que –como decían los griegos- cuando los dioses quieren destruir a alguien, primero lo vuelven loco; no le dejan ver sus limitaciones reales y, lo peor es, que su ciego egocentrismo arrastra consigo a cuanto ciego le encanta ser guiado por otro; lo normal es que ambos acaben cayendo en el precipicio.
Para el refranero también es normal aconsejar moderación, humildad y modestia, hábitos a los que exhorta en balde. La Hybris lleva a algunos y algunas –en muchos ámbitos- a la ambición desmesurada, a la exageración irracional y a una sobreactuación desmedida que les impide ver su desnudez. Antes de que Andersen fabulara con el cuento del “rey desnudo”, ya eran muchos los personajes de la mitología griega y romana, a los que los dioses habían castigado por su soberbia, algunos tan relevantes como Ulises, Ícaro, Prometeo, Sísifo, Casandra o Niobe. Y en la tradición judeo-cristiana también son ejemplarizantes los pasajes de Adán y Eva en el Paraíso (Génesis, 2 y 3) o el de los constructores de la Torre de Babel (Génesis, 11, 4-9), en que la altiva soberbia de unos no era apropiada para guiar a otros. En la Biblia judía no hay un relato canónico sobre los ángeles rebeldes y su expulsión del cielo, pero a la mención indirecta de Lucas, 10, 18, el Apocalipsis (12, 4-9) añade pormenores de la batalla que Miguel y otros ángeles sostuvieron contra Lucifer y los suyos. Sirvió a Milton para El Paraíso perdido, y la figura del ángel caído inspiró a muchos autores, entre otros Dante Alighieri, para hablar de situaciones políticas que les eran bien conocidas.
Poder y soberbia también andan entrelazados en muchos de los personajes y personajillos que pululan hoy por la vida social estrictamente doméstica, intensamente alentados por un sistema que gobierna el mundo en plan competitivo e individualista. Dada la especial intensidad de crisis que concurren en este momento histórico, parece que no hubiera otra salida que el sálvese quien pueda. No obstante, quien entienda que así no se va a ninguna parte, empiece por reconocer que no hay etapa del pasado en que otras generaciones no hayan tenido que afrontar crisis diversas, y hasta “cabronadas” como las que trajo la Guerra, recogidas muchas en poemas de Celso Emilio Ferreiro recién rescatados del olvido. En segundo lugar, si admite que es virtud social desconfiar de pseudonoticias y falsos debates -causantes de miedos apocalípticos-, algo deberá pensar para que la enseñanza que financia el Estado con el dinero de todos genere -en todos- conocimiento adecuado; no lo será si la moral consiguiente contradice la convivencia plural. @mundiario


