La UE frente a Rusia: entre sanciones, rearme y un liderazgo a prueba
El último ataque ruso contra Kiev, que dejó al menos 21 muertos y alcanzó incluso la sede de la delegación europea, ha sacudido la estrategia de seguridad de la Unión Europea. En vísperas de que los ministros de Defensa y Exteriores se reúnan en Copenhague para discutir la ayuda militar a Ucrania y el nuevo paquete de sanciones, Bruselas afronta un momento decisivo: cómo mantener la presión sobre Moscú sin agotar su margen de maniobra política, económica y diplomática.
La alta representante para Política Exterior, Kaja Kallas, no dudó en calificar el ataque como una “decisión deliberada de escalar” y un desprecio a los esfuerzos de paz. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, coincidió en que es “otro recordatorio sombrío de lo que está en juego”. Ambas voces sintetizan la creciente convicción europea de que Vladimir Putin no tiene intención de detener la guerra iniciada hace ya más de tres años.
Entre Kiev, Bruselas y Washington
El atentado llega en un momento delicado para las relaciones transatlánticas. La semana pasada, von der Leyen y varios líderes europeos participaron en una cumbre en la Casa Blanca con Volodímir Zelenski y Donald Trump, de la que salió un compromiso ambiguo: Washington se involucrará “en futuras garantías de seguridad” para Ucrania, pero sin concreciones.
Aun así, en Bruselas hay cierto alivio. Es la primera vez que, bajo el mandato de Trump, Estados Unidos acepta formar parte de las discusiones estratégicas. Hasta ahora, las reuniones de la llamada “coalición de voluntarios para Ucrania” se habían desarrollado prácticamente sin el respaldo norteamericano. Pero Europa sabe que el apoyo estadounidense seguirá siendo inestable y, en consecuencia, refuerza la necesidad de construir una política de defensa autónoma.
El dilema de las sanciones
Los Veintisiete preparan un decimonoveno paquete de sanciones que podría aprobarse en septiembre, apenas dos meses después del anterior. Las discusiones en Copenhague apuntan a una línea más dura: sanciones secundarias para castigar a terceros países que ayuden a Moscú a eludir restricciones, como ya se hizo en julio contra la mayor refinería india de Rosneft y varios bancos chinos.
Además, por primera vez, se contempla activar la “herramienta antielusión”, aprobada en 2023, que permitiría restringir la venta y exportación de bienes estratégicos a países que actúen como intermediarios para sortear las sanciones. Se trata de un mecanismo excepcional y de alto riesgo político, ya que podría tensar las relaciones con socios comerciales clave.
Activos congelados: el nuevo campo de batalla
Uno de los debates más complejos gira en torno a los cerca de 300.000 millones de euros de activos rusos congelados, de los cuales 210.000 millones están en Europa. Actualmente, solo se utilizan los intereses generados para financiar el rearme ucraniano y garantizar un préstamo de hasta 50.000 millones acordado por el G7.
España, junto con otros países, defiende que ha llegado el momento de emplear el capital, pero Bélgica —donde se concentra la mayor parte de los fondos— se opone frontalmente por temor a un impacto legal y reputacional irreversible. Su primer ministro, Bart De Wever, advierte que “no debemos matar la gallina de los huevos de oro” y sugiere reservar esta carta para una eventual negociación de paz.
Rearme europeo y liderazgo en juego
La respuesta de Bruselas no se limita a las sanciones. La Comisión prepara una hoja de ruta para acelerar los planes de rearme de aquí a 2030, con un fondo de hasta 150.000 millones de euros para compras conjuntas de armamento a través del mecanismo SAFE, al que España ya ha solicitado 1.000 millones. Además, von der Leyen iniciará una gira por siete países fronterizos con Rusia para reforzar la unidad comunitaria y subrayar la necesidad de una industria de defensa sólida.
El objetivo es claro: reducir la dependencia de Estados Unidos, aumentar la capacidad de respuesta militar y proyectar un liderazgo europeo más creíble. Pero la tarea no será sencilla. La división interna sobre los activos rusos, las sanciones secundarias y los riesgos de escalada dibujan un escenario complejo en el que cada decisión puede tener consecuencias de largo alcance.
Un equilibrio frágil
El ataque sobre Kiev ha actuado como un catalizador. Europa se enfrenta a un dilema histórico: sostener a Ucrania mientras refuerza su propia seguridad, sin fracturar su economía ni perder apoyos internacionales. La cumbre de Copenhague será clave para medir hasta qué punto los Veintisiete están dispuestos a avanzar juntos y asumir mayores riesgos.
La guerra ha devuelto la política de defensa al centro del proyecto europeo. Y, por primera vez en décadas, la UE parece dispuesta a actuar como un bloque estratégico. Pero todavía está por ver si logrará hacerlo con unidad, determinación y sin depender de los vaivenes de Washington. @mundiario



