Soy el juez Peinado

El juez Peinado se despide de la carrera judicial con un estilo que desafía toda discreción: quince meses de intrigas, imputaciones estratégicas y titulares estratégicamente filtrados lo han convertido en protagonista de un auténtico espectáculo mediático.
El martillo de un juez. / Freepik.
El martillo de un juez. / Freepik.

Qué glorioso final de carrera. Me queda un año, uno solo, y no pienso irme como un funcionario gris que pasó sin pena ni gloria por el escalafón judicial. ¿Discreción? ¿Templanza? ¿Sentencias silenciosas? Por favor, eso es para jueces de provincias. Yo he venido a por la eternidad. A por la posteridad. A por la portada de ¡Hola! .

He pasado años entre peleas por lindes y denuncias por estafas . Pero ahora, al final, como un Messi judicial, me ha llegado el partido grande. El caso de mi vida. Un caso de Estado. Un caso que no resuelves con jurisprudencia, sino con luces, cámaras y abogados que tiemblan cada vez que entro en la sala y si no tiemblan, les meto una multa que les hace temblar.

Hay quien me acusa de alargar las investigaciones. Qué simpleza. Solo llevo 15 meses buscándole las cosquillas a esa señora. En octubre pediré seis meses más. Un pequeño esfuerzo y llegamos al momento de cobrar la pensión. No entienden nada. Mis supuestos errores son solo pausas dramáticas. No confundan la incompetencia con la estrategia. Yo domino el tiempo como un director de ópera. El poder de un juez no está en la ley, está en la agenda mediática. Y en eso soy el número uno.

Hasta el presidente ha tenido que hacer juegos de manos para sacarme de las portadas. Que si gasto en defensa, que si visitas a China, que si cumbres europeas. Pura pirotecnia. Pero ahí sigo yo, el juez Peinado, desafiando a la Moncloa desde mi despacho con flexo torcido. No hay presupuesto que compita con una buena instrucción judicial aderezada con filtraciones y titulares ambiguos.

No me digan que no ha sido brillante lo de la esposa del presidente. Un giro de guion perfecto. Como Hitchcock con toga. ¿Quién se atreve a implicar a la mismísima pareja presidencial en pleno mandato? Yo. ¿Y quién se atreve a presentarse en la Moncloa para interrogar al presidente como testigo ? Yo otra vez. Primero él, que se negó a declarar —detalle que se filtró estratégicamente—, y luego su superministro, que tuvo la osadía de sonreír. Una sonrisa sutil, pero imperdonable. Lo amonesté con toda la contundencia de mi autoridad, y para que no le quedaran dudas, le recordé que su cargo, por muy triple que sea, está por debajo del mío en el escalafón moral. Porque aquí, el único que puede sonreír soy yo. Y solo en los autos.

El Supremo no me dejó investigarlo, pero el objetivo estaba cumplido. Me han quitado el caso Air Europa, pues imputo a la asistente de la mujer del presidente, que tuvo la osadía de mandar varios correos en su nombre y de paso imputo a esta por quinta vez por permitirlo.

Y que no me vengan con que mis acusaciones son endebles. ¿Desde cuándo una gran causa necesita pruebas robustas? Lo importante es el relato. Que me dicen de citarla precisamente el 11 de septiembre para recordarla que torres más altas han caído en ese día. Con cuatro informes de asociaciones ultras, tres tuits y dos columnas editoriales he montado un caso que tiene en vilo al país.

Llegué a tener cinco imputados. Uno se me escapó por la puerta de atrás, pero me quedan varios fijos y alguno calentando en el banquillo. ¿Los cargos? ¿Pruebas? ¿Conexiones directas? Bah, detalles técnicos. Aquí lo que importa es el arte de la sospecha. Se les acusa, y basta. Porque en este país, una imputación es más potente que una condena. Y eso, no nos engañemos, es oro puro para un juez a punto de jubilarse que aspira a pasar del BOE a los libros de historia.

Me preocupa, eso sí, que alguien en el CGPJ empiece a hacer preguntas incómodas. Pero tengo tiempo. Y talento. Lo justo para seguir lanzando autos como quien reparte leña en una verbena. Si hace falta imputo a otro hermano lejano, que seguro que descubro o al vecino del cuarto si me sonríe sardónicamente al coger el ascensor. El sumario es como una cebolla: cuantas más capas, más lágrimas.

Algunos colegas dicen en voz baja que estoy forzando los límites. Que la justicia no es un espectáculo. Que la imparcialidad se debe presumir, no exhibir. Pobres ilusos. No entienden que estamos en el siglo XXI. Aquí los jueces modernos no escribimos sentencias, escribimos guiones. Y el mío es épico.

Sé que mi figura divide. Que tengo haters. Que hay quien me llama activista togado. Pero también tengo fans. Y con frecuencia mis actuaciones son trending topics. Incluso me han acusado de tener un chalé construido ilegalmente o de dejar prescribir otras causas. Disculpas. Yo a lo mío.

Mi plan es simple: mantener la atención hasta que suene la campana del retiro. Salir del juzgado como los toreros retirados, con la plaza en pie. No quiero medallas ni bustos en mármol. Me basta con saber que cada vez que alguien encienda la televisión y escuche mi apellido, sabrá que la justicia española, al menos por un rato, fue espectáculo puro.

Así que sí: soy el juez Peinado. Y mientras tenga boli, folios y algún medio de dudosa fiabilidad a mano, seguiré escribiendo mi gran obra. No sé si será justicia. Pero será inolvidable. @mundiario

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