Sánchez y Gaza: una voz que clama en el desierto del multilateralismo
Pedro Sánchez ha vuelto a situarse en el centro del debate internacional con una declaración firme y poco habitual entre los líderes occidentales: “Gaza pertenece a los palestinos”. Desde su doble papel como presidente del Gobierno español y líder de la Internacional Socialista, el mandatario socialista ha exigido a Israel el cese inmediato de su agresión sobre la Franja, en un alegato que también incluyó críticas a la ultraderecha, al nacionalismo excluyente y al debilitamiento del sistema multilateral. Pero la contundencia de sus palabras contrasta con la fragilidad de sus apoyos, tanto en Europa como en el marco de las relaciones internacionales.
El escenario fue la reunión del Consejo de la Internacional Socialista en Estambul, donde Sánchez trazó un discurso que mezcla principios humanitarios, defensa del derecho internacional y apuesta por una renovada solidaridad global. Su denuncia del desplazamiento forzoso de civiles palestinos, del bloqueo que amenaza con provocar una hambruna masiva, y su defensa del acceso urgente a la ayuda humanitaria, le colocan como una de las voces más visibles en Europa contra la deriva bélica del Gobierno de Benjamin Netanyahu. Aun así, no está claro hasta qué punto estas posiciones conseguirán algo más que titulares.
España y Palestina han promovido una resolución en la Asamblea General de la ONU. Sin embargo, la capacidad real de esa resolución para alterar el curso de los acontecimientos en Gaza es limitada. Ni Estados Unidos ni la Unión Europea parecen dispuestos, por ahora, a ejercer presiones efectivas que frenen a Israel, y las estructuras multilaterales –de las que Sánchez aún espera mucho– están desbordadas, si no directamente paralizadas.
Más allá del conflicto en Oriente Medio, Sánchez quiso ampliar el foco y advertir del ascenso de la extrema derecha en todo el mundo. Señaló, sin rodeos, que esta ideología está “minando las instituciones internacionales y el sentido global de comunidad”. En su crítica incluyó a la nueva administración estadounidense, que según él ha agravado la actual “policrisis” con su abandono de acuerdos climáticos y organismos internacionales clave. El mensaje fue claro: el futuro del planeta necesita menos repliegue nacionalista y más cooperación global.
Los límites del idealismo
Sin embargo, el propio acto en Estambul evidenció los límites de este idealismo. La ausencia de una mención explícita a Ekrem Imamoglu, el líder opositor turco encarcelado, fue una concesión diplomática evidente. Sánchez levantó el cartel de “Libertad para Imamoglu”, pero evitó nombrarlo en su discurso, en una señal inequívoca de que también él está atrapado en las contradicciones de la geopolítica. Reunirse con Erdogan –un socio estratégico para España en temas energéticos y migratorios– implicaba medir cuidadosamente cada palabra.
Así, Sánchez aparece como un dirigente que se esfuerza en rescatar una cierta ética internacional, pero condicionado por las realidades de poder. Su discurso moral es valiente, su diagnóstico sobre la ultraderecha es certero, y su defensa de Palestina es de las más firmes entre los líderes europeos. Pero el interrogante es si logrará traducir ese discurso en resultados tangibles o si, una vez más, el multilateralismo acabará siendo solo un decorado para discursos sin consecuencias.
En suma, Sánchez ha hecho lo que muchos no se atreven: señalar con claridad la injusticia. El problema es que en la escena internacional, la claridad no basta. Hará falta saber si consigue aliados dispuestos a pasar de las palabras a los hechos. Porque, como él mismo dijo, pedir justicia humana básica no es estar en contra de nadie. Pero, hoy por hoy, puede no ser suficiente para cambiar nada. @mundiario



