Los fondos de Israel para Hamás, la punta de un iceberg geopolítico
El conflicto en Gaza ha dejado de ser, hace tiempo, un simple enfrentamiento territorial o ideológico. Es hoy un entramado insoportable de contradicciones, intereses cruzados y cinismo político, cuyo coste –humano y moral– resulta insoportable. La admisión del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, de que su Gobierno facilitó la transferencia de fondos desde Qatar a Hamás para debilitar a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) no es solo una revelación escandalosa: es la confirmación de una estrategia sostenida de manipulación política en la que la población civil es, siempre, la moneda de cambio. Parece la punta de un iceberg geopolítico, ya que las consecuencias son mucho más amplias y profundas de lo que se puede observar a primera vista.
Durante años, desde 2018 al menos, Israel ha tolerado e incluso promovido el fortalecimiento de su principal enemigo declarado en Gaza, Hamás, para dividir al pueblo palestino. Lo que se vendía como una política de contención o pragmatismo –permitir a Qatar financiar servicios en Gaza– era, en realidad, una jugada geopolítica que instrumentalizaba a los civiles gazatíes para deslegitimar a la ANP y, en el fondo, bloquear cualquier vía de solución negociada. Netanyahu lo ha dicho con una franqueza que hiela la sangre: “Queríamos mantener divididos a Hamás y la ANP”.
¿Se puede construir la paz alimentando a uno de los bandos con el fin de mantener la fractura del adversario? El resultado está a la vista: el 7 de octubre de 2023, Hamás desató un ataque brutal sobre Israel. Y desde entonces, la respuesta israelí ha sido demoledora, con miles de víctimas, una Franja convertida en escombro, y un cerco humanitario que raya el castigo colectivo. La paradoja es brutal: la misma fuerza que Netanyahu contribuyó a sostener fue la que desató el infierno. Y la misma política de fragmentación ha resultado en una guerra total donde, a día de hoy, no hay lugar seguro en Gaza: ni hospitales, ni escuelas, ni campos de refugiados.
Mientras tanto, en Europa se abre otra brecha. España, Francia y Bélgica piden una reacción más firme ante Israel, que sigue adelante con su ofensiva y rechaza cualquier amonestación exterior. Alemania, sin embargo, se alinea con Washington y prefiere mantener el acuerdo de asociación. La Unión Europea, otra vez, dividida y temerosa, atrapada entre su retórica humanitaria y sus intereses estratégicos. Aun así, Europa presiona para tratar de detener la matanza y la hambruna en Gaza, donde están entrando más camiones, pero no los suficientes.
Más camiones y dos asesinatos en Washington
La ayuda humanitaria entra en Gaza con cuentagotas. Naciones Unidas confirma la entrada de 198 camiones, de los que solo 90 han podido distribuirse. El hambre y la sed crecen entre las ruinas, mientras los bombardeos no cesan. El dilema es inhumano: bombas o hambre.
Y fuera del escenario de guerra, el odio se extiende como una metástasis. En Washington, dos empleados de la Embajada de Israel han sido asesinados a tiros frente al Museo Judío. El agresor gritó “Palestina libre” antes de ser detenido. Las autoridades hablan de crimen de odio. El conflicto ha cruzado fronteras y se filtra en sociedades que se polarizan cada vez más.
La división entre palestinos
Gaza no es solo una guerra. Es una prueba de hasta qué punto la política puede prescindir de la ética cuando conviene. Netanyahu ha reconocido algo que muchos sospechaban: que la división entre palestinos fue promovida deliberadamente como táctica de Estado. Pero cuando la táctica se impone al principio, cuando los pueblos se utilizan como piezas sacrificables, el resultado es la tragedia sin fin que hoy se vive.
Ni Israel ni Hamás tienen el monopolio de la razón. Pero no puede haber equidistancia entre el derecho a defenderse y la devastación sistemática de un territorio sitiado. Tampoco puede la comunidad internacional seguir apelando a una solución de dos Estados mientras algunos actores trabajan activamente para impedir que tal solución sea siquiera imaginable.
Gaza es un espejo de las miserias de la política global. Y cada vez que se permite que una estrategia como la de Netanyahu prospere sin consecuencias, ese espejo nos devuelve el reflejo de nuestra propia impotencia y, peor aún, de nuestra complicidad. @mundiario



