¿Por qué España sigue sin una memoria democrática 50 años después de Franco?
Este 2025 que está a punto de finalizar ha concitado diversos recuerdos históricos especialmente significativos para quienes hoy superamos la edad de jubilación. Por citar algunos ejemplos ilustrativos: se cumplieron 50 años del final de la guerra de Vietnam, transcurrió medio siglo desde los últimos fusilamientos perpetrados por la dictadura franquista y también pasó el mismo tiempo desde la muerte de Francisco Franco.
Existe una abundante literatura académica sobre todos estos acontecimientos y los contextos sociales y políticos en los que se desarrollaron. Por razones obvias, ese no es el propósito de este artículo. El objetivo es aprovechar este aniversario simbólico para aportar algunas reflexiones nacidas de la experiencia de quienes entonces teníamos entre 15 y 30 años.
A la conmemoración se sumó, además, Juan Carlos de Borbón con un libro que no aporta novedades relevantes sobre el periodo 1975-1982. Más allá de reiterar su reconocimiento —y agradecimiento— a Franco por situarlo al frente del Estado, estas páginas intentan recuperar parte de la reputación perdida por quien encarnó la Monarquía durante décadas. La publicación evidencia que su autor es consciente de su progresivo aislamiento social —sobre todo entre los más jóvenes— y certifica que su impunidad judicial sigue vinculada a las complicidades políticas y jurídicas derivadas del pacto constitucional.
El resultado final de la transición iniciada tras el 20 de diciembre de 1975 fue consecuencia de la combinación de dos factores bien conocidos: la fortaleza de los aparatos políticos, policiales y militares heredados de la dictadura y la relativa debilidad de las organizaciones antifranquistas que apostaban por una ruptura total con el pasado. Las elecciones del 15 de junio de 1977 permitieron calibrar la correlación de fuerzas real. Para quienes militábamos en la oposición, los resultados fueron clarificadores y, al mismo tiempo, decepcionantes. Dejaron ver a una mayoría dispuesta a respaldar la orientación política de la UCD de Adolfo Suárez y, simultáneamente, a premiar a un PSOE moderado que había tenido escasa presencia en la confrontación contra la dictadura.
Una paradoja de aquel 15 de junio fue la penalización sufrida por el PCE, cuya implicación en la lucha antifranquista y moderación ideológica no lograron traducirse en apoyo electoral. Otra singularidad fue el fracaso de la mayoría de fuerzas nacionalistas y de la llamada extrema izquierda. Con excepción del PNV, CDC y Euskadiko Ezkerra, ninguna otra formación obtuvo representación en unas Cortes llamadas a debatir el futuro texto constitucional. En Galicia, el panorama fue especialmente contundente: solo UCD, PSOE y AP lograron escaños. Hubo que esperar hasta 1996 para que el BNG —heredero de una parte relevante de la oposición— entrase en el Congreso.
El modelo de transición que triunfó condicionó de manera profunda la vida política y social de las décadas siguientes. Aunque el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 reveló la fragilidad del proyecto impulsado por Suárez, González y Carrillo, tampoco se consolidó una memoria antifranquista lo suficientemente poderosa como para evitar el dato inquietante que hoy revelan los estudios del CIS: la existencia de una minoría significativa de jóvenes que valoran de forma positiva o equidistante la dictadura. Pese a la contundente victoria del PSOE en 1982 y a sus largos años de gobierno, persistió un grave déficit en la recuperación de la memoria democrática y en la creación de normas que cerraran definitivamente el ciclo franquista.
Muchos creyeron que el sistema político estaba vacunado contra el auge de fuerzas de inspiración reaccionaria alimentadas durante décadas. La irrupción de Vox desmintió esa idea y dejó en evidencia la insuficiencia de las defensas institucionales frente al revisionismo. Para PP y Vox, la efeméride de los 50 años de la muerte de Franco es incómoda. El partido de Abascal actúa como caballo de Troya en los espacios institucionales en los que participa, con el objetivo de aumentar su fuerza electoral y avanzar hacia un proyecto abiertamente antidemocrático, que incluye la eliminación de la memoria antifranquista. El malestar de Alberto Núñez Feijóo deriva de la falta de un discurso actualizado sobre el papel de su formación en la transición. Poco tienen que celebrar, especialmente cuando su referente más invocado —Juan Carlos de Borbón— ha perdido la legitimidad que le otorgaron las fuerzas que pilotaron el tránsito hacia el sistema actual.
La mayoría de la Sala Segunda del Tribunal Supremo también ha querido participar en esta conmemoración al emitir una sentencia condenatoria contra el fiscal general difícil de justificar a la vista de la falta de pruebas sólidas exhibidas en el juicio celebrado la pasada semana. Medio siglo después, la sombra del franquismo sigue presente en la vida pública española. @mundiario



