Puig Antich y el verdugo

Salvador Puig Antich fue juzgado por un tribunal militar, en lugar de uno ordinario, que lo sentenció a muerte.
Protesta en defensa de las víctimas del franquismo. / RR SS.
Protesta en defensa de las víctimas del franquismo. / RR SS.

En una fecha como la de ayer de hace cincuenta años, en la madrugada del 2 de marzo de 1974, en la cárcel Modelo de Barcelona se vivía una gran conmoción. 

En todas las celdas, tanto los presos políticos como los que eran comunes, no hablaban de otra cosa. Incluso a los guardias de la prisión se les notaba más nerviosos que de costumbre y con expresión de disgusto, lo que llamaba la atención en unos funcionarios habitualmente impasibles y que ya parecían estar hechos a todo.

Unas horas antes, uno de los guardias había acompañado a tres mujeres jóvenes a una de las celdas. Un rumor corrió por toda la Modelo de celda en celda: ¡Son las hermanas de Salvador! ¡Dejan pasar la noche en su celda a las hermanas de Salvador! 

Efectivamente, esa madrugada, tres de las hermanas de Salvador Puig Antich pudieron pasar con él la última noche de su vida. Salvador se negó a que la hermana pequeña, que contaba trece años, también entrara en la cárcel.  No quería que, a tan corta edad, su hermana más pequeña tuviera que pasar por aquello. 

Esa noche, en la celda 443 de la Modelo, los hermanos vieron fotos familiares que había traído la hermana mayor. Contaron anécdotas y estuvieron abrazando a Salvador en sus últimas horas de vida.

A las ocho de la mañana, llamaron a la celda de Salvador y avisaron a sus hermanas que tenían que abandonar la Modelo. La ejecución de su hermano estaba prevista para las nueve de la mañana. 

Al salir de la cárcel, algo despeinadas, con los ojos hinchados y sintiendo algo de frío en el cuerpo, cruzaron la calle y entraron en el bar donde las esperaba la pequeña de los Puig Antich. Allí, juntas y rotas por el dolor, esperaron que ocurriese lo inevitable. 

Quedaban atrás muchos meses de lucha y sufrimiento. Esperanzas que se habían ido rompiendo poco a poco, conforme nuevos acontecimientos iban poniendo palos en las ruedas de aquel proceso, hasta que se conoció la sentencia y posteriormente se supo que Franco no indultaría la pena. 

Los detalles son bien conocidos: Salvador Puig Antich formaba parte de un grupo anarquista que realizaba atracos a bancos. En uno de ellos, al intentar detenerlo, se produjo un forcejeo y varios disparos y resultó muerto un policía. Aunque dicha muerte pudo ser accidental y por parte de sus compañeros en el cruce de disparos, sin embargo, se atribuyó su muerte a Salvador y se inició un proceso lleno de irregularidades, con múltiples peticiones y protestas por parte de los familiares y abogados de Salvador que no fueron atendidas. Nada de ello se tuvo en cuenta siendo además juzgado por un tribunal militar en lugar de uno ordinario, que lo sentenció a muerte.

Franco, con su España nacional-católica hizo oídos sordos a las numerosas protestas internacionales y ni siquiera quiso escuchar al Papa Pablo VI en su petición del indulto. 

Salvador tuvo muy mala suerte. Primero en aquel atraco que se acabó complicando, pero sobre todo en que todo aquello ocurría en un país con un régimen agonizante que pensaba que el inmovilismo y la dureza le permitiría mantenerse en pie un poco más. Era un régimen que quería morir matando, o quizás pensaba que seguir matando y demostrar firmeza le permitiría resistir más tiempo.

Estando ya preso en la Modelo, cuando el 20 de diciembre de 1973 la banda terrorista ETA asesinó a Carrero Blanco, jefe del Gobierno y mano derecha del Dictador, Salvador y su familia perdieron las pocas esperanzas que les habían mantenido en pie. Comprendieron que el régimen franquista sería implacable. 

Cuando poco antes de las 9 de la mañana de aquel 2 de marzo, Salvador Puig Antich entró en la sala de la prisión que se había preparado para su ejecución, nada más entrar pudo ver el garrote vil con el que se cumpliría la sentencia. 

¡Qué putada!, dicen que dijo al ver todo aquello. Iba a ser la última ejecución del franquismo con aquel método casi medieval. 

El franquismo se quitaba la careta de régimen amable que se había autoimpuesto en los años del desarrollismo, y dejaba ver la patita de la dictadura asesina en que se había convertido España tras el 1 de abril de 1939.

Diez años antes, en febrero de 1964, en esa misma España de militares, curas y policías, donde un omnipresente Franco aceptaba disfrazar su régimen con una piel de cordero tejida de aperturismo para atraer turistas europeos, se estrenaba en nuestro país una película que, sin aspavientos y en tono de comedia; negra, pero comedia, nos enseñaba esas entrañas del régimen que a toda costa se querían disfrazar. 

La película en cuestión es El Verdugo, la segunda magistral colaboración entre Berlanga y Azcona después de Plácido y en ella, el sueño de José Luis Rodríguez, el protagonista de la película era el sueño español de los años sesenta. 

Sueña el protagonista con irse a Alemania para poder tener una vida mejor. La vida y la España que quiere dejar atrás José Luis Rodríguez es triste y sombría. Es la España en la que mientras los turistas empiezan a llenar las costas baleares, un régimen duro, sórdido y antiguo mantiene vigente el asesinato legal con técnicas que parecen traídas directamente de la edad media. 

Pero Berlanga no cargará las tintas enseñándonos al reo, sino que, de la mano inseparable de Rafael Azcona, el gran guionista español, elige mostrarnos, paradójicamente, cómo es el sufrimiento de ese verdugo, indicándonos de una manera cómica y atroz, que él es una víctima más; que el patíbulo es para él casi igual de horrible que para el reo. 

En aquella brillante escena con el reo sereno, aceptando su final y el verdugo detrás, que no acepta su presente, y que tiene que ser arrastrado como si fuera él mismo el ajusticiado, Berlanga y Azcona nos permiten entrever a ese verdugo, tambaleante, miedoso y dubitativo, pero al final cruel, como metáfora de ese estado franquista que, aun siendo patético y esperpéntico, es, al fin y al cabo, implacable y feroz.

El reo en cambio, con su angustia, su tristeza, pero con su terrible serenidad, podría ser el reflejo de esa sociedad española; de esos españoles cautivos y desarmados desde el final de la guerra civil y que ya están acostumbrados a soportar sobre sus hombros todas las afrentas, agravios, torturas y asesinatos que la dictadura, inútil y desalmada, ha ido imponiéndoles desde que los venció.

En el final de la película vemos al verdugo que ha aceptado ya su futuro como matarife del régimen, mientras un grupo de jóvenes turistas extranjeros bailan y se divierten: Berlanga nos muestra en una simple escena la modernidad europea y occidental al lado del anacronismo de esa España negra que aún mata con garrote vil. 

Aquella España de reos, verdugos y garrote vil, necesitaba ser contada en el blanco y negro impecable y riguroso del que hacía gala la película.  

Diez años más tarde del estreno del Verdugo, la realidad le hacía un corte de mangas a la ficción y Salvador Puig Antich era ajusticiado a garrote vil a las 9 de la mañana de un 2 de marzo de 1974

Sus hermanas vieron salir de la cárcel Modelo el ataúd de su hermano en un coche fúnebre y con rabia contenida pero impotentes, lo acompañaron a enterrar en Monjuic.

Igual que ocurría en la escena inicial de aquella película, es posible imaginar también al verdugo de Salvador Puig Antich, recoger sus herramientas con calma; colocarlas con precisión y destreza en un sólido maletín y salir discretamente de la prisión, despidiéndose educadamente de los guardias. 

No sabemos si también hubo alguien que le llevó a casa o si esta vez fue caminando solo en esas horas tempranas de aquel 2 de marzo. 

Al llegar a casa, después de dejar su inseparable maletín en un armario apartado, y mientras se lavaba las manos para después desayunar, es posible que pensase que al igual que aquel régimen, su trabajo también estaba llegando a su fin. @mundiario

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