A pesar de la polarización, la Europa de los valores resiste
La continuidad de Ursula von der Leyen al frente de la Comisión Europea no necesita votos ultras.
La antesala de las grandes convocatorias electorales en Occidente sigue dominada por intentos de magnicidio: el reciente atentado contra Donald Trump, en las vísperas de su nominación como candidato a la Casa Blanca, y los disparos contra el primer ministro eslovaco, el proruso Robert Fico, días antes de las elecciones al Parlamento Europeo, celebradas del 6 al 9 de junio. Lamentablemente no han sido las únicas agresiones execrables. En Alemania, un policía murió tras el ataque de un afgano en una manifestación antiinmigración y un candidato socialdemócrata resultó herido en plena campaña electoral. Deplorables síntomas de la polarización que viven las democracias, en las que la violencia no debe tener cabida.
Las recientes entrevistas desleales del húngaro Victor Orban, otro mandatario prorruso de la Unión Europea, con los autócratas represores Putin y Xi Jinping, y con el expresidente norteamericano Trump, que incomprensiblemente desprecia la UE y la OTAN, tampoco fueron el mejor augurio para la constitución de la nueva Eurocámara, este 16 de julio. Bajo la presidencia de Roberta Metsola, sus 720 eurodiputados afrontan cinco años de legislatura, dominada por el martirio de Ucrania, asediada por Moscú desde febrero de 2022, y el aumento de la xenofobia contra emigrantes que buscan el sueño europeo.
Sin embargo, a pesar del crecimiento de la extrema derecha en países fundamentales de la UE, como Francia y Alemania, y otros Estados miembros como Italia o Austria, sus votos no son determinantes para ratificar a la democristiana alemana Ursula von der Leyen en la presidencia de la Comisión Europea. La candidata del Partido Popular Europeo fue la triunfadora de las elecciones al único parlamento plurinacional elegido por sufragio universal directo del mundo. Y aunque los socialistas redujeron sus escaños, siguen siendo, junto con los populares, los dos grandes grupos políticos en los que se han basado las siete décadas de integración comunitaria, contando, según las ocasiones, con votos de liberales o verdes.
Es importante, por lo tanto, que prevalezcan los valores democráticos, el Estado de Derecho, el respeto de los derechos humanos, la integración de las minorías, la defensa del medio ambiente y la solidaridad para la cohesión y el desarrollo económico. El grupo socialista protagoniza ya una iniciativa importante: pedir a la nueva Comisión Europea un programa de promoción de vivienda al alcance de los ciudadanos.
La deriva autoritaria de Hungría
Pero la Unión Europea tiene que hacer frente a desafíos internos y externos. Bajo una impostada misión de paz, el primer ministro Orban, nada más asumir la presidencia de turno del Consejo de la UE este semestre, sin ningún mandato del resto de los 26 Estados-miembros ni tampoco, por supuesto, del presidente ucranio Volodomir Zelenski, se desplazó al Kremlin y a Pekín, cómplice de la agresión rusa contra Ucrania, y a Estados Unidos, para hablar con Trump, líder de los congresistas republicanos opuestos al apoyo armamentístico de Washington a Kiev.
A Orban, ese caballo de Troya moscovita, se han unido los eurodiputados españoles de Vox para formar un nuevo grupo político en el Parlamento de Estrasburgo: Patriotas por Europa, en el que están la ultraderecha francesa de Marine Le Pen, La Lega italiana de Salvini, los populistas austriacos y eslovacos o los nacionalistas flamencos, amigos del fugado de la justicia Carles Puigdemont; el independentista catalán, cuyos diputados de Junts en el Congreso de los Diputados se oponen al reparto de inmigrantes menores entre las autonomías españolas; ejemplo de nacionalismo xenófobo. De ahí que los Patriotas por Europa quieran reforzar la soberanía nacional y retroceder en los avances supranacionales logrados en la construcción comunitaria.
A pesar del bloqueo de fondos comunitarios al país magiar por sus ataques al Estado de Derecho, su jefe del Gobierno se opuso a que la Unión Europea aprobara 50.000 millones de euros destinados a Ucrania para hacer frente a los ataques rusos. Las trabas húngaras y los retrasos republicanos estadounidenses fueron oro para Moscú. El tiempo juega a favor de Putin. En los últimos meses ha logrado importantes victorias en Donetsk, territorio ilegalmente anexionado por Rusia, al este de Ucrania, y ha seguido bombardeando objetivos civiles, como el reciente contra el Hospital pediátrico de Kiev. Mientras, Zelenski implora urgentemente la ayuda occidental para hacer frente a la superioridad militar rusa.
Pero la agresión rusa contra Ucrania no es la única amenaza. El Kremlin practica la llamada guerra híbrida con los desplazamientos de emigrantes: la llegada de cientos de asiáticos a Finlandia, a los tres meses de haber ingresado en la OTAN, a través de los más de mil kilómetros de frontera conjunta. La injerencia rusa por medio de los ciberataques y la desinformación busca asimismo desestabilizar las democracias occidentales. Putin nos quiere rotos y desunidos, en opinión del socialista Ramón Jáuregui.
Además, Orban, ante las elecciones europeas y locales que se celebraron conjuntamente en Hungría, puso en marcha una llamada ley de soberanía nacional para, “intimidar, disuadir y silenciar” voces críticas, según denunciaron la oposición y numerosas organizaciones de la sociedad civil. Según el PE, Hungría ya no es una democracia plena, es un régimen híbrido de autocracia electoral. Por eso es esencial que la señora Von der Leyen no necesite los votos ultras.
La impactante campaña audiovisual del Parlamento Europeo se basó en los ataques que ha sufrido la democracia a lo largo de la historia. Supervivientes de los campos de concentración o de la represión rusa de la Primavera de Praga nos dijeron claramente que la democracia no está garantizada. No hay que darla por hecho. Hay que defenderla respetando el Estado de Derecho y el acervo comunitario y participando en sus procesos electorales. @mundiario



