Un nuevo sheriff pretende cambiar las reglas del sistema

Los años del nuevo mandato de Trump serán decisivos para comprobar la fortaleza de los valores democráticos de la sociedad norteamericana.
Un sheriff. / Mundiario
Un sheriff. / Mundiario

En los sistemas políticos democráticos existe una regla no escrita según la cual los gobiernos disponen de 100 días de margen para contrastar sus líneas de actuación y, por tanto, ser evaluados por las fuerzas de la oposición. Con Donald Trump todo es diferente. No rigen los códigos conocidos. Desde el primero minuto de su llegada a la Casa Blanca está ejerciendo, de manera compulsiva, todo el poder que le proporcionó su victoria electoral del pasado mes de noviembre.

Ciertamente, en este caso no estamos ante el modelo tradicional de alternancia registrado en los comicios presidenciales celebrados en los EE UU  durante las últimas décadas. Nos encontramos ante una situación donde predominan los factores novedosos. Para empezar, el bipartidismo habitual (Partido Demócrata-Partido Republicano) ha sufrido una metamorfosis significativa a causa de la  reconversión practicada por Trump en su partido para promover el nacimiento del movimiento MAGA, una herramienta mas adecuada al estilo autoritario de esta figura. Y para seguir, la política exterior de la nueva Administración muestra pruebas irrefutables de importantes discontinuidades respecto a la practicada anteriormente: apuesta explícita por la limpieza étnica y el genocidio en los territorios de la Palestina histórica; priorización del entendimiento con Putin en la guerra de Ucrania; mayor beligerancia con los países latinoamericanos; ignorancia y/o desprecio de la UE como interlocutor preferente en el concierto internacional; política comercial agresiva con quien no acepte el hegemonismo norteamericano; amenazas a Panamá, Canadá y Dinamarca; abandono de la Organización Mundial de la Salud (OMS); demonización e insumisión ante el Tribunal Penal Internacional...

En el ámbito de la política interior, Trump está cumpliendo con el guion trazado durante la campaña electoral: expulsión de inmigrantes y derogación de las normas que posibilitaban la entrada legal de contingentes procedentes de otros países del continente americano; eliminación de las medidas adoptadas en favor de los sectores menos poderosos de la sociedad; puesta en libertad de los golpistas condenados por el asalto al Capitolio; represalias contra los fiscales y jueces que trataron de sustanciar las responsabilidades penales que pudo cometer en los últimos cuatro años...

La mejor manera de resumir el despropósito que estamos viviendo desde el pasado mes de Noviembre queda recogido en esta afirmación indiscutible: en la actualidad, los EE UU  están presididos por un delincuente. Este era el grave dilema al que se enfrentaba el cuerpo electoral norteamericano hace casi tres meses: permitir o impedir la llegada a la presidencia de una figura que pretendía romper con una buena parte de los valores asociados a la cultura democrática reivindicada tradicionalmente en los EE UU y en otros espacios geográficos del mundo.

La retórica populista exhibida en los últimos meses en defensa de aquellos sectores de la población blanca norteamericana penalizados por la lógica económica dominante dio paso a un singular cambio en las formas de gestionar la Administración pública. Si hasta el momento existía una división de papeles entre los gobernantes y los máximos detentadores del poder empresarial, ahora se instaló una inédita simbiosis. Elon Musk personifica esta nueva manera de ejercer el poder político: un multimillonario aplicando en el seno de las estructuras administrativas del Estado los criterios que se manejan en la búsqueda de la maximización de los beneficios en los conglomerados empresariales privados. Como si hubiesen querido rendir un homenaje póstumo a las palabras de Marx y Engels escritas en 1848 en el Manifiesto Comunista: "Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa".

El vicepresidente de Trump, J.D. Vance, utilizó recientemente su estancia oficial en una ciudad históricamente tan simbólica como Munich para expresar su afinidad con la ultraderecha europea y, singularmente, con la fuerza neonazi AFD que comparece en las elecciones alemanas del 23 de Febrero . Su discurso oficializó la ruptura de los nuevos dirigentes norteamericanos con la cultura democrática europea construida después de la II Guerra Mundial. Fue, sin duda, una de las pruebas demostrativas de que nos encontramos ante una época desconocida hasta ahora y llena de preocupantes interrogantes.

Si el momento histórico actual no contuviese tantas amenazas para el bienestar y la salud democrática de las sociedades occidentales, la actitud de los dirigentes del PP resultaría cómica. Un mes después de la llegada de Trump a la Casa Blanca, Núñez Feijóo guardia un patético silencio respecto a la nueva situación creada, ocultando su incapacidad para formular una identidad política diferenciada de Abascal, el monaguillo oficial trumpista bautizado en la ceremonia celebrada el mes pasado en Washington.

El tiempo que ahora comienza va a ser una prueba de fuego para comprobar la fortaleza de los valores democráticos presentes en el cuerpo social norteamericano y en los que conforman el viejo territorio europeo. Lo que está en juego es muy trascendente y el resultado de esta batalla no está asegurado. @mundiario

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