El nuevo orden económico mundial y el fin del multilateralismo

Protagonistas: Estados Unidos, China y una Unión Europea atrapada en la incertidumbre de un cambio estructural global.

Ilustración del planeta con las banderas de EE UU, China y la UE. / Mundiario
Ilustración del planeta con las banderas de EE UU, China y la UE. / Mundiario

El panorama mundial se presenta como una mezcla de preocupación y volatilidad. Lo que está pasando no es una oscilación pasajera ni una disputa bilateral por un tema concreto, sino un giro profundo en el equilibrio global. Es decir, no estamos ante un episodio coyuntural, sino ante un cambio estructural del orden internacional. La prensa y los políticos se centran en las disputas arancelarias, los acuerdos comerciales o los enfrentamientos puntuales. Lo ven como un shock puntual y manejable. Pero el verdadero problema radica en que se está rompiendo el marco de la cooperación multilateral.

Asistimos a un giro espectacular y extremo de los Estados Unidos de América. De haber sido el pilar del multilateralismo y el garante del sistema basado en reglas, ahora se presenta como una víctima del orden global que él mismo ha promovido. Con un lenguaje agresivo e impropio de la diplomacia, el presidente Trump, en su segundo mandato, busca desarrollar una estrategia que mezcla economía, geopolítica, comercio, finanzas y seguridad, con el objetivo de obtener ventajas en una lógica de suma cero. Esto es, si yo gano, tú pierdes.

El resto de los países, incluida la Unión Europea, creían que el poder comercial que poseían constituía la base para cualquier negociación. Ahora, al mezclar comercio con geopolítica, muchos países se convierten en unidades políticas frágiles. De este modo, la UE pensaba que, dada su potencia comercial, podría definir estándares globales en lo tocante a regulación, sostenibilidad, protección social, etc. Sin embargo, hoy la Unión Europea vive de la “ilusión Bruselas” o, como dirían otros expertos, Europa está grimpada.

Antes, los EE UU, al ejercer una hegemonía benevolente, lideraban e influían, pero no buscaban la sumisión. Ese mundo está desapareciendo. Ahora observamos cómo una superpotencia utiliza todos sus instrumentos para extraer concesiones de sus aliados y adversarios por igual. Incluye desde aranceles a sanciones, desde transferencia de tecnología a la sumisión al dólar y al poder militar, lo que significa que el poder comercial ya no es suficiente para la administración norteamericana, sino que debe existir, al mismo tiempo, un poder político. Dicho de otra forma, el poder económico no basta para sobrevivir en el mundo actual; este se organiza en torno al poder político, con lo que los países han de adaptarse a dicho mercado abierto, que no se rige por las reglas antiguas.

EE UU, China, la UE... y Rusia

En la medida en que el mundo se desmorona, puesto que emergen tratos diferenciales según simpatías políticas y se ha puesto fin a la neutralidad del sistema de reglas, los nuevos escenarios globales están llenos de incertidumbres. El nuevo orden mundial no se va a entender sin la rivalidad territorial y estratégica. Existe, por un lado, una confrontación EE UU-China, dos potencias con poder económico, tecnológico, militar y financiero; y, por otro, la UE no está preparada para dicho mundo bipolar, ni política ni institucionalmente, dada la fuerte división interna y la falta de planteamientos de futuro en su seno. En otro plano se sitúa Rusia y la emergencia de un grupo de países dispares en torno a conceptos reivindicativos diferentes: los denominados primero BRICS y, ahora, Sur Global.

Las tensiones geopolíticas entre las grandes potencias seguirán creciendo y no es fácil entrever un aterrizaje suave o un acuerdo firme para evitar confrontaciones sucesivas. Hay bastante acuerdo entre los analistas internacionales en que el mundo está entrando en un régimen de dinámicas propias que pueden desembocar en peligrosos accidentes económicos. Advertimos tensiones energéticas, tecnológicas, fiscales y climáticas. Ante esto, resulta difícil subrayar una estabilidad a largo plazo. Lo normal serán periodos de inestabilidad recurrentes, aunque dichas tensiones no se sabe si vendrán del mundo financiero, de un conflicto geopolítico, de una disrupción tecnológica o de un movimiento social masivo. De ahí que se empiece a resaltar la entrada en una década intranquila.

La Unión Europea gestiona y regula desde la improvisación. Suele llegar tarde a los acontecimientos y, en los momentos difíciles, demuestra que carece de marcos compartidos y es incapaz de responder colectivamente. En cambio, sí ha demostrado poseer resiliencia, pero a costa de acumular desequilibrios —deuda elevada, fragilidad energética, dependencia tecnológica, unión bancaria incompleta— e incapaz de adoptar decisiones clave, como las necesarias para afrontar el cambio climático. Europa necesita, pues, un nuevo entorno con una mayor integración política y estar dispuesta a hacer esfuerzos para convertirse en un poder político. Puede quedar atrapada, fragmentada y vulnerable ante shocks futuros en un mundo menos cooperativo y más volátil. En suma, debe dejar de estar paralizada y sin capacidad de respuesta ante los nuevos desafíos globales.

Polarización y populismos

Asistimos, igualmente, a una polarización y al nacimiento de populismos. La primera consecuencia es la fragmentación social. Hay una clara división entre las sociedades —urbanas y rurales, clases medias y élites, cosmopolitas y nacionalistas—. Los electorados se radicalizan y se inclinan hacia los extremos. Se debilitan los conceptos de tolerancia y aumentan los de frustración y desconfianza hacia las instituciones. El resultado final no es halagüeño. Las razones de dichas tendencias hay que radicarlas en los componentes económicos y en la esperanza de formas de vida. Luego le añadimos un componente cultural y tecnológico y completamos el cóctel final. Estas variables amplifican la percepción de desigualdad y, al mismo tiempo, muchos ciudadanos sienten que su propia identidad cultural está en riesgo. Cuando existe una sensación de estancamiento económico y merma de las condiciones futuras de vida, entramos en un terreno fértil para los discursos que buscan culpables y son abono para posiciones extremistas.

Por otro lado, la inmigración se ha convertido en un fenómeno positivo en la mayoría de los casos. Pero en algunos países, y para algunos dirigentes políticos y económicos, se percibe como un peligro, generando rechazo. Se interpreta que se pierden posiciones, cuando lo que se gana es posicionamiento. Lástima que algunos lo hayan incorporado como arma política y electoral para incrementar el nerviosismo social y procurar atraer a extremistas.

En suma, son pasos atrás, en los que el liderazgo vira hacia el autoritarismo, como se viene explicitando en la Estrategia Nacional de Seguridad con la que Trump marca el diseño de su nuevo mandato, subrayando el concepto de autoritarismo competitivo. @mundiario

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