Un mundo que se fractura

Este es uno de los problemas neurálgicos de la época (que dura décadas): que el mercado ha degenerado en campo de batalla y, una vez destruido todo, en negocio reconstructor con beneficios extraordinarios.
Donald Trump, presidente de EE UU; y Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. / Imagen creada con IA.
Donald Trump, presidente de EE UU; y Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. / Imagen creada con IA.

El mundo está en una grave crisis y la élite que nos ha tocado ha decidido resolverla agudizándola. Uno de esos diarios que inventan su propia realidad, dice lo siguiente: Zeta traicionado. Be compra sus aviones a Ce. El diario no puede escapar a la permanente intriga. Sin embargo, no hay tal traición: la compraventa no formaba parte de ningún proyecto místico–ideológico en el que cupiera traición. Comprobado que los aviones de Ce ofrecen mejores prestaciones que los de Zeta para determinadas funciones, Be cambió libremente de vendedor, sin que hubiera traición ni ruptura de relaciones ni represalias ni mucho menos guerra de castigo. Sin quererlo el diario retrata a su propio mundo.

Este es uno de los problemas neurálgicos de la época (que dura décadas): que el mercado ha degenerado en campo de batalla y, una vez destruido todo, en negocio reconstructor con beneficios extraordinarios. A no ser que una inmensa riqueza en materias primas baste. Raro que los defensores del libre comercio no se afanen en denunciar la abominación de que la mano invisible haya degenerado en misil. Que la Mercedes no vende, no hay problema, hará tanques. Busquemos una guerra.

Medio mundo se revuelve

Ya medio mundo cuestiona que los negocios impliquen vasallaje bajo la amenaza de consecuencias traumáticas (como dijo Felipe González para mermar el no a la OTAN). Una de las finalidades de la OMC es que el comercio sea beneficioso para los países en desarrollo. La lesión constante de este principio ha sido una de las causas del nacimiento de los BRICS. Todo esto era posible (y sigue siéndolo en parte del mundo) cuando el poder era absoluto y unívoco. Pero nada es eterno. Decepciona que quienes se consideran civilizados acepten este tipo de relaciones. Más cuando se llega al extremo de que un país haya de desaparecer porque está en medio del camino comercial de otro. Aquellos piratas que asaltaban los galeones españoles siguen navegando.

Hay que señalar que ese poder desproporcionado devino gracias a una paz que hoy se boicotea. Mientras otros países se destruían absurdamente en dos guerras, endeudándose, los EE UU permanecían prácticamente al margen de la guerra (la IGM terminó en 1918 y ellos entraron en 1917; la IIGM en 1945 y ellos entraron en 1944. Su territorio nunca sufrió y sus exportaciones aumentaron extraordinariamente).

¿Tienen personalidad propia los europeos?

Cuando parte importante del mundo comienza a desembarazarse de esas prácticas abusivas, ¿vamos los europeos, incluidos los españoles, a luchar por consolidarlas? No hay que olvidar que ese otro mundo ya representa el 55 % de la población y el 44 % del PIB; frente al 10 y 29 por ciento del G7. ¿Qué haremos, levantar un muro para protegernos? Sería la más absurda de las soluciones.

Sorprende que, en todo este reparto de bondades y maldades, el Trump que prometía acabar con las guerras fuera generalmente aborrecido. Y ahora que amenaza con distribuir iniquidades y castigos sea daddy. A tal nivel ha llegado la cosa que esta Europa en crisis moral y económica está dispuesta a endeudarse en gastos militares para engrosar por tercera vez las arcas estadounidenses. Pero no hay problema, ya Francia ha encontrado una fuente de ingresos recortando derechos a sus ciudadanos. En Inglaterra Starmer hizo lo mismo, sólo que el gallinero se le alborotó y sólo pudo recortar la mitad.  

Por cierto, esa Europa que lo hace todo previo sermón moralizante, no se aplica sus propias reprimendas. Recientemente, v. d. Leyen, amonestaba severamente a España por el caso Koldo. Nos pedía transparencia. Ahora ella desobedece al dictamen del Tribunal General de la Unión Europea no permitiendo que la justicia acceda a los mensajes de texto que intercambió con la farmacéutica Pfizer, asunto covid-19. ¿Por qué?

Las reglas del jefe

Que los EE UU se nieguen a renunciar a un sistema que los privilegia es comprensible. Que los europeos consoliden ese sistema a su costa, no. No es cierto que EE UU haya regalado nada a Europa. Ni que Europa deba nada. No sólo existen las balanzas comerciales.

La cuestión es que cuando los EE UU producían más y mejor, la receta era la del libre comercio. Cuando ya no es así, aranceles y, lo más insólito, mandatos al competidor para que no produzca tanto ni tan bueno ni tan barato, así como prohibición a los demás de que compren esos productos. Puro liberalismo.

Decíamos que decreten así quienes lo disfrutan es asimilable; que bajo presión lo acepten otras potencias más débiles, también. Lo que no es tan comprensible es que personas inteligentes se conviertan voluntariamente en mayordomos de ese pensamiento, incluso en detrimento de su propio país.

El lado correcto de la Historia es fóbico

Lo que podría ser “sólo” comercio injusto (en contra de los principios de la OMC, que dice procura un comercio libre, justo, predecible, no discriminatorio, abierto) ha ido más allá y se ha convertido en un mecanismo cuasi totalitario, afectando a la filosofía, a la cultura, a la opinión, y expandiendo el malestar entre los pueblos. De esto, nosotros, víctimas de la hispanofobia, algo deberíamos haber aprendido.

Las prácticas abusivas de ese mundo unipolar deben desaparecer. Provocar guerras para reactivar la economía es de dementes. Podía cuando representaba la mitad de la producción mundial. Hoy, perdida esa primacía, tiene que buscar fórmulas para convivir. No se puede decir o yo o el caos… cuando el caos le afectaría como a uno más.

El mundo se resquebraja porque tales reglas asfixian a las economías. Parte importante de él no tiene más remedio que buscar reglas más justas. Sanciones (ilegales bajo la luz del derecho internacional), boicots económicos (tiránica advertencia al patio trasero); reglas cambiantes según capricho del policía de turno, no son admisibles ni producirán frutos. Si acaso la destrucción mundial. Europa ya no es un peón, ha decidido ser un tablero.

No pedimos la verdad

Denunciar las carencias, las arbitrariedades, las injusticias internas de cada país es esencial. Pero también hay que señalar las causas exteriores. Política exterior e interior están estrechamente vinculadas. La UE, con unos criterios que ningún pueblo ha votado expresamente, vigila nuestros presupuestos, leyes, sentencias, incluso moral. ¿Dónde se decidió esto? Si no denunciamos las verdaderas causas del 2 o del 5 %, por ejemplo, nuestros derechos sociales enflaquecerán sin remisión, y sin saber que tal enflaquecimiento era innecesario. En muchos casos nos dirigen gentes que en su día perdieron las elecciones en su país, donde los conocían bien. Si no fueron buenos allí, ¿qué los ha remozado?

En la nación no pedimos a nadie la verdad, sería prejuzgarla. Ya tenemos bastante con la verdad europea, la cual hay que aceptar sin rechistar. Lo nunca visto hasta ahora.

En esto momentos de verdades intolerables pedimos un concepto fundamental, el de pluralismo. No un pluralismo organizado en banderías que se miran en el ombligo de su verdad. El ciudadano debe encontrar en cada uno de los ríos afluentes diversos que lleven a la misma orilla: la del beneficio común. Cada cual a su forma, pero en una misma panoplia que permita comparar las diversas soluciones. Hoy se lee más para reafirmar convicciones que para despertar la duda sobre si estamos realmente acertados.

La forma de iniciar esa búsqueda es no prejuzgando nada. Se trata de una labor de análisis colectivo. Como decían los filósofos chinos de 700 a.C. “que cien escuelas de pensamiento se abran”. Y que en cada escuela se abran a su vez otras tantas secciones, paralelas, fácilmente comparables. Es la única forma de salir de este monólogo que tanto beneficia a los encumbrados.

El otro día decíamos con una frase absurda, por un error incomprensible, que el antónimo de desigualdad era inequidad. Corregimos tal despiste para aprovechar la idea: entre otras, la antinomia de la igualdad es la inequidad. ¿Hay en nuestro país múltiples inequidades? Pues comencemos por ahí (por lo nacional) para que el hilo nos lleve de la madeja menor a las madejas europea y mundial. Dejémonos de teorizaciones tecnocráticas fracasadas y recuperemos principios morales, como el de la ejemplaridad. A esos que exigen, incitan, recortan, azuzan, etc., ¿cómo les afectarán sus decisiones? En este punto, ¿nada tenemos que decir los españoles y demás europeos? ¿Encima vamos a colaborar en que nos cieguen, ensordezcan, enmudezcan? Pero ¿quiénes son todos ellos, ahora retoños de daddy? @mundiario

Comentarios