Los multimillonarios y la filantropía global: los que más tienen no son los que más donan
La filantropía de los grandes multimillonarios se ha convertido en uno de los fenómenos más visibles –y también más controvertidos– del capitalismo contemporáneo. En un mundo atravesado por desigualdades persistentes, crisis sanitarias, emergencias climáticas y conflictos, las aportaciones de las grandes fortunas suscitan una pregunta recurrente: ¿estamos ante un ejercicio genuino de responsabilidad social o ante una forma privada de gestionar problemas que deberían resolverse desde lo público?
Los datos son elocuentes. Según estimaciones globales, los 25 mayores filántropos del planeta donaron más de 30.000 millones de dólares solo en 2024, elevando el volumen total de aportaciones de por vida por encima de los 240.000 millones. Sin embargo, esa cifra impresionante oculta una realidad menos homogénea: la mayor parte de ese esfuerzo se concentra en un grupo reducido de personas, mientras otros miembros del selecto club de los más ricos del mundo mantienen una implicación mucho más discreta. Los que más tienen no son los que más donan, como acredita este informe de MUNDIARIO.
Bill Gates es, probablemente, el paradigma del gran filántropo contemporáneo. A través de la Gates Foundation, ha anunciado su intención de donar prácticamente toda su fortuna antes de 2045. Desde su creación, la fundación ha desembolsado más de 100.000 millones en campañas de vacunación, lucha contra enfermedades infecciosas, salud materno-infantil y programas contra la pobreza extrema, especialmente en África y Asia. Su impacto es tangible y, en términos de vidas salvadas, difícilmente discutible.
Gates, Buffett o MacKenzie Scott concentran buena parte de la filantropía global frente a otros ultrarricos con aportaciones mucho más limitadas
En una línea similar, aunque con un estilo distinto, se sitúa Warren Buffett. El veterano inversor ha donado ya más de 60.000 millones de dólares, principalmente mediante la cesión de acciones de Berkshire Hathaway a fundaciones, entre ellas la propia Gates Foundation y las gestionadas por sus hijos. Educación, salud y alivio de la pobreza han sido los principales destinos de unas donaciones sostenidas y previsibles, poco habituales entre las grandes fortunas.
Desde México destaca Carlos Slim, cuya fundación ha canalizado recursos masivos hacia la salud, la educación y el desarrollo comunitario en América Latina. Otros nombres del ranking presentan perfiles más especializados o regionales. Bernard Arnault concentra su filantropía en el ámbito cultural y patrimonial, sobre todo en Francia. Amancio Ortega, cofundador de Zara junto a su primera mujer, Rosalía Mera, ha centrado sus donaciones en la sanidad y la educación en España, donde no ha podido eludir la controversia. Michael Dell, Steve Ballmer o la familia Walton sostienen fundaciones estables orientadas a educación, empleo y desarrollo comunitario, principalmente en Estados Unidos. En Asia, figuras como Gautam Adani o Mukesh Ambani combinan proyectos sociales con fuertes controversias empresariales y políticas. Junto a ellos destacan figuras como George Soros, que ha destinado decenas de miles de millones a la defensa de la democracia, los derechos humanos y la educación a través de Open Society Foundations.
Más disruptivo ha sido el enfoque de la escritora y filántropa estadounidense MacKenzie Scott. Alejada de grandes estructuras burocráticas, ha optado por donaciones rápidas, directas y sin condiciones, dirigidas a organizaciones medianas y pequeñas que trabajan en educación, equidad racial, vivienda asequible, salud comunitaria o respuesta a desastres. Su modelo ha permitido que cientos de entidades locales reciban millones de dólares con libertad para decidir cómo utilizarlos, lo que ha reabierto el debate sobre la eficiencia y el control en la filantropía tradicional.
También hay casos menos frecuentes, como el de Laura y John Arnold, que donaron tal volumen de recursos a la justicia penal, la educación y la sanidad que acabaron saliendo de la lista de multimillonarios. El contraste aparece cuando se observa el comportamiento de otros integrantes del ranking de los 20 más ricos del mundo. Elon Musk, actualmente el hombre más rico del planeta, ha realizado donaciones puntuales a educación, ciencia o inteligencia artificial y ha suscrito compromisos genéricos como The Giving Pledge (La Promesa de Dar), pero no destaca por un programa filantrópico sistemático ni por grandes entregas públicas comparables a las de Gates o Buffett. Algo similar ocurre con Larry Page y Sergey Brin, cofundadores de Google.
Jeff Bezos ocupa una posición intermedia. A través del Bezos Earth Fund ha comprometido miles de millones contra el cambio climático y ha impulsado iniciativas educativas y de apoyo a comunidades vulnerables. Sin embargo, su nivel de donación sigue siendo objeto de debate si se compara con el tamaño de su fortuna y con la velocidad a la que esta ha crecido en la última década.
Las donaciones privadas salvan vidas y financian avances, pero no sustituyen a las políticas públicas ni a los sistemas fiscales justos
Este mosaico de MUNDIARIO confirma una tendencia clara: la riqueza está cada vez más concentrada, pero la filantropía no sigue una lógica proporcional. Muchos multimillonarios donan solo una fracción mínima de su patrimonio, mientras unos pocos asumen un papel casi estructural en la financiación de bienes públicos globales. Iniciativas como The Giving Pledge, que anima a donar al menos la mitad de la fortuna, funcionan más como una declaración de intenciones que como una obligación efectiva, y suelen proyectarse a largo plazo, no como una redistribución inmediata.
La cuestión de fondo no es menor. Las donaciones privadas han permitido avances incuestionables en salud pública, educación o respuestas humanitarias. Pero también plantean interrogantes democráticos: quién decide las prioridades, con qué criterios y con qué mecanismos de rendición de cuentas. La filantropía puede complementar al Estado, pero difícilmente puede –o debería– sustituirlo.
En última instancia, el debate sobre los multimillonarios y su filantropía es también un debate sobre fiscalidad, desigualdad y poder. Celebrar las grandes donaciones no debería impedir una reflexión más incómoda: si los problemas sociales dependen de la voluntad de unos pocos, quizá el problema no sea la falta de filántropos, sino el diseño del sistema que los hace imprescindibles. @J_L_Gomez en @mundiario
