Las mil y una 'lecturas' de Barcelona en el 17-J
No creo que Jaume Collboni haya salido ni feliz ni satisfecho del salón de plenos del ayuntamiento de Barcelona tras su elección como alcalde. Aunque sí creo que lo que se ha producido allí dentro es altamente significativo, y que pude tener muchas lecturas que revelan la poliédrica situación social y política española.
Hay muchas personas -no pocas que se pueden considerar ilustradas- a las que los pactos y los acuerdos políticos, sean implícitos o explícitos, les desconciertan y enseguida se lanzan a decir que esto es un cambalache sin sentido, y que cada cual busca sus intereses, que no hay principios, y otras conclusiones apresuradas o desconcertadas. El ejemplo más claro ha sido el de la reacción destemplada de Xavier Trías que, con sus 75 años, ha visto cómo se le pasaba el arroz, o cómo se le escapaba el posible último tranvía.
Trías increpó a todos como si le hubieran robado un derecho obtenido con una mayoría aplastante, cuando se presentaba al pleno con sólo 17.000 votos (y un concejal) más que el PSC, y con los 223.955 votos y un total de 16 concejales que suma con la aportación de ERC. Cuando el PSC y los Comunes suman 263.329 votos y 19 concejales.
A quienes hiperventilan cuando ven que los partidos políticos hacen pactos y suman sus fuerzas hay que explicarles que, con toda certeza, detrás de esos acuerdos hay lógica, negociación y un propósito que hay que tener en consideración, incluso aunque la conclusión sea no estar de acuerdo.
La elección de Collboni puede tener muchas lecturas. Y personalmente me voy a permitir aportar la mía.
En primer lugar -y a pesar de que algunas interpretaciones radicales puedan considerarlo un pacto contra natura- tiene una consecuencia importante: ha roto la deriva, que Junqueras forzó apasionadamente, de intentar convertir a Barcelona en el baluarte de la reconstrucción del independentismo, utilizando para ello la institución municipal. Junts quería llevarse ese gato al agua, y ERC intentaba volver al redil, colocándose en el poder institucional. Y eso se ha frustrado con el resultado de una votación difícil de asimilar.
En segundo lugar, el PSC ha sido consecuente con la política que ha desarrollado, de alternativa permanente al independentismo. Y ha llevado esa consecuencia hasta aceptar los votos del PP, que es su principal contendiente en las próximas elecciones generales. Ha puesto, por tanto, sus principios por delante de la contradicción de sumar sus votos con los de su principal adversario. Dejando claro que, al margen de sus posibles conveniencias particulares -como después veremos- da prioridad a sus convicciones.
En tercer lugar, los Comunes -cuyo papel durante el procès tuvo sus facetas contradictorias- ha optado por apoyar una opción claramente progresista, dejando clara cuál es su posición de cara al futuro, si leemos el mensaje en la inevitable clave de las próximas elecciones generales. Y ha demostrado una generosidad encomiable, aceptando quedarse fuera del gobierno municipal para no espantar los apoyos necesarios de los concejales del PP.
En cuarto lugar, el PP ha antepuesto su posición anti-independentista a su rivalidad con los socialistas. No se puede olvidar que, intentando tal vez desmarcarse de las barbaridades de los abundantes pactos con la extrema derecha, y tratando de mostrarse, de cara a los barceloneses, y ante las elecciones generales como un partido con sentido de Estado. Creo que sincero en el caso de su oposición al independentismo, aunque contradictorio respecto a las alianzas y a los programas que está pactando con Vox en algunas Comunidades Autónomas y en otros ayuntamientos.
En quinto lugar, quien peor parada queda en toda esta ecuación es ERC, que -mientras pacta con los socialistas para las diputaciones de Tarragona y Lleida- les niega el apoyo en el ayuntamiento de Barcelona, y rompen la opción de un gobierno municipal robusto y de progreso con PSC y Comunes. Pero es que, mientras la generación del procês, encabezada por Junqueras, siga en la dirección, no perderán esa contradictoria mezcla de progresismo e independentismo que, en muchas ocasiones, tanto en Cataluña como en Madrid les hace caminar como pollo sin cabeza. Y mientras Ernest Maragall -como típico converso- no desaparezca de la dirigencia en Barcelona, van a estar lastrados por un sectarismo difícil de digerir.
Después viene el dilema de la gobernabilidad de Barcelona. Porque los votos de la investidura para la alcaldía no se van a repetir prácticamente en ninguna de las medidas de gestión y de gobierno que se pretendan adoptar en el futuro. Aunque en ese tiempo queda la esperanza de que ERC pueda entrar en razón, de forma que se puedan lograr mayorías suficientes para sacar adelante unas adecuadas y eficaces decisiones que favorezcan la gobernanza.
De cara a las elecciones generales, la opción adoptada por los socialistas les puede resultar favorable porque, junto con posiciones similares en Euskadi y en Pamplona, desmienten claramente a quienes les acusan de actuar al dictado de los independentistas. Otra cosa es cómo puede repercutir la disensión de la investidura barcelonesa en la formación de un consenso progresista de investidura, en el muy posible caso de que los resultados electorales lo permitan y aconsejen.
Es de esperar que, una vez pasada la tormenta local, se imponga la racionalidad, en una coyuntura en la que todos nos jugamos algo tan importante como el cara o cruz de continuar construyendo un futuro concreto, sólido y progresista, o permitir que las fuerzas de la regresión hacia un pasado antidemocrático y rancio deroguen y aplasten los avances logrados tanto en los derechos democráticos y sociales como en el ámbito económico y medioambiental. @mundiario



