Messi o Marsé

Juan Marsé, escritor. / RR SS.
Juan Marsé, escritor. / RR SS.
Nuestros chavales deberían poder respirar en casa, pero sobre todo fuera de ella, ese aroma e incentivo que les mueva a ir al teatro, a leer a Marsé, a oír un concierto de piano de Mozart o a ver una película de John Ford.

Hace pocos días, mientras en Galicia se abrían los colegios electorales para que sus gentes decidieran si quieren cambiar o prefieren más de lo mismo, yo leía con mucho interés un artículo en el País sobre María Dueñas, una joven nacida en Granada y que con sus 21 años ya es hoy una estrella fulgurante del violín a nivel mundial. 

Grandes orquestas y auditorios de todo el orbe tienen ya cerrados sus conciertos en los próximos dos años y ya hay quién la equipara a la grandísima violinista Anne-Sophie Mutter que marcó una época en los años setenta de la mano de su mentor Herbert von Karajan.

De ese artículo, que les recomiendo, sobre esta joven prodigio del violín, de origen español, hubo especialmente dos reflexiones de María Dueñas que me dejaron perplejo, por su madurez y su acierto y me dieron que pensar. Probablemente sean el origen de esto que escribo.

María Dueñas salió de España a perfeccionar sus estudios musicales. Se acabó instalando en Viena donde vive con su familia y decía con emoción que una de las razones de seguir viviendo allí es porque: “es una ciudad en la que la música es el centro de la sociedad”.

A continuación, al hablar de España comentaba con sinceridad y tristeza: “hay otras cosas menos importantes que están por encima de la música en mi país y siento que no debería ser así”.

Me pregunto si esta joven virtuosa del violín, de apenas 21 años no está poniendo el dedo en la llaga en una cuestión para mí trascendental para nuestro país y sus gentes. Esa llaga, cada vez más crónica, siempre abierta y mal curada es la educación y especialmente, la cultura de este país y cómo participan en ella los jóvenes. Y evidentemente no me refiero aquí sólo a la cultura musical. En esa herida cada vez con peor olor, también supuran la literatura, la pintura, el cine…

Pero, ¿Por qué se respira música en Viena? ¿Cómo han conseguido allí que la música sea el centro de la sociedad? Es cierto que en una gran parte pueda deberse a la herencia de esa gran tradición musical centroeuropea que se ha ido agrandando siglo tras siglo y de la que nuestro país ha sido ajeno.  

Pero entonces, por esa misma regla de tres y siendo que España posee un enorme y rico poso cultural literario, arquitectónico o pictórico, ¿no debería dejarse notar todo eso también? ¿No nos tocaría estar respirando algo de eso en nuestro ambiente?

En cambio, si echamos una ojeada, no da la impresión que ese gran legado constituya, ni tan siquiera forme parte, del centro de nuestra sociedad. Yo diría que ni siquiera de su periferia. Vamos, que por mucho que busquemos; respirar, lo que se dice respirar, no sé si en nuestro país se respira otra cosa que no huela a fútbol, que sí da la impresión de ser el que ocupa una posición central y hegemónica en la vida de nuestro país. 

La razón de porqué nuestra gran tradición literaria y artística ha quedado eclipsada por el deporte y en especial por el fútbol quizás tenga algo que ver con el hecho de que en España parece que nos hemos quedado la mar de satisfechos contemplando a lo lejos nuestro siglo de oro y nuestra generación del 27, nuestro Goya y nuestro Velázquez; contentándonos con sacarlos a pasear de vez en cuando como a los pasos de Semana Santa. Da la impresión que pensábamos que teníamos nuestro edificio cultural construido, acabado y prácticamente con la hipoteca ya pagada. Quizás habíamos llegado a la conclusión que, con esas alforjas tan llenas, ahora ya nos podíamos dedicar vivir de las rentas porque lo que es cumplir, ya habíamos cumplido con creces.

Pero ¡ay! Lo cierto es que al igual que a los austriacos no se les ocurre descargar en los hombros de Haydn y Beethoven el sostén de la cultura musical actual, en plena Austria del siglo XXI, tampoco podemos pretender en nuestro país, encargarles esa tarea a Cervantes y Calderón y pensar que, gracias a su legado, ya podemos echarnos a dormir la siesta plácidamente en este siglo.

Porque en ese caso, al despertar de esa siesta nos podemos dar de bruces con una realidad cultural desoladora y descubrir que aquellas inmensas tierras fértiles y productivas se están convirtiendo en un páramo estéril.

Al vuelo de Calderón de la Barca y de la cultura en nuestro país, les comento algo que me ocurrió también aquel mismo día, mientras los ciudadanos gallegos seguían llenando las urnas con sus papeletas.

La cosa es que un amigo me mostró, como si fueran un tesoro, las entradas de teatro con la que toda su familia al completo, habían ido a ver “La vida es sueño”. 

Y aunque para él lo importante era compartir conmigo su emoción por haber visto esa gran obra, para mí en cambio, lo admirable era que tres de esas entradas pertenecían a sus hijos de 19, 18 y 16 años. Esos chavales fueron a ver esa obra maestra de nuestro siglo de oro y lo triste y paradójico probablemente sea que ese hecho constituía una especie de proeza. 

Ciertamente no hay duda de que se trata de algo excepcional; totalmente inusual. Y el que lo sea nos puede ayudar a entender las palabras de María Dueñas cuando hablaba de que hay otras cosas mucho más importantes en este país y sobre todo para nuestros jóvenes que disfrutar de la música clásica, querer conocer nuestro mejor teatro o iniciarse en la lectura de Juan Marsé.

Cualquiera que eche una ojeada al público de una sala de conciertos o al de la platea de un teatro probablemente sepa de que hablo. No es fácil encontrar veinteañeras ni jóvenes imberbes y es lógico preguntarse dónde quedará el relevo de los espectadores actuales.

¿Qué hay que hacer pues? ¿Cómo arreglamos esto?

No sería justo pretender pedirle a la escuela que sea ella la que lidere la tarea de abrir y mantener el apetito por esas manifestaciones culturales. 

Sin duda, aunque su papel es muy importante, hay una responsabilidad mayor que debería corresponder a las familias. Pero será estéril pedírsela si antes no hemos logrado construir un ambiente más favorable en el conjunto de la sociedad; un hábitat que permita que todo eso pueda cuajar y así poder conseguir que no sea anecdótico que tres adolescentes vayan a ver a Segismundo y oírle hablar de lo que es real o no en nuestras vidas. 

Nuestros chavales deberían poder respirar en casa, pero sobre todo fuera de ella, ese aroma e incentivo que les mueva a ir al teatro, a leer a Marsé, a oír un concierto de piano de Mozart o a ver una película de John Ford. 

Esos jóvenes deberían crecer aprendiendo en casa y también fuera de casa que Ford, Mozart, Marsé y Calderón son al menos tan importantes como Messi. Y sin perder un segundo habrá que aclararles que el astro argentino está realmente a años luz de esas otras verdaderas estrellas. 

Pero me da la sensación que nuestros jóvenes están a otra cosa. Probablemente porque viven y crecen en una sociedad que también lo está. Si uno asoma la cabeza, puede contemplar con desconcierto el solitario monopolio del deporte en general y del fútbol en particular, que se ha ido convirtiendo en una especie de agujero negro que atrapa a todo lo demás, consiguiendo que ese todo lo demás se convierta en algo colateral y casi inexistente. Y es posible que el problema no sea sólo, que el deporte haya fagocitado casi todo a su alrededor, sino que la hipertrofia de éste, ha ido de la mano del empobrecimiento y la atrofia del mundo cultural. 

Súmenle a esto, la proliferación y adicción a móviles, redes sociales y similares y encontraremos un sustrato poco propicio para que arraiguen otros hábitos más saludables, ya de por sí en retroceso. 

Y no vayan a pensar que vivo inmerso en una terrible inquina a lo deportivo. Les prometo que no es así. Disfruto viendo jugar a mis hijos en sus partidos de la temporada. Entiendo perfectamente que el fútbol es un espectáculo que ofrece una gran diversión y disfrute a muchísima gente y no considero un problema el que pueda coexistir en compañía de las diversas manifestaciones culturales. Pero creo que ha acabado robándoles el oxígeno necesario para subsistir y de ahí que intente defender la cultura a gritos, por medio de este escrito e intentando llamar su atención.

De todas formas, entiendo que se puedan preguntar a qué viene tanta llamada de auxilio y a qué cuento todo este discurso con aire de pepito grillo cultural. ¿Es de verdad tan importante todo este tinglado de la cultura? ¿nos sirve realmente de algo? ¿nos hace mejores personas acaso?

No, desgraciadamente la cultura no es una vacuna contra la maldad. Una sociedad con niveles elevados de cultura no exime ni inmuniza para que pueda llegar a convertirse en algo tan espantoso como los regímenes fascistas europeos del siglo XX, por poner un ejemplo. Y, sin embargo, la cultura no deja de ser algo fundamental incluso en esas situaciones. 

Es cierto que no hace tanto tiempo, una parte de esa sociedad centroeuropea tan culta y educada, que escuchaba a Schubert mientras cenaba, tenía pocos escrúpulos y escasas objeciones al ir viendo desaparecer a su alrededor a sus conciudadanos socialistas, comunistas, homosexuales o judíos, cuando no colaboraban eficazmente en su desaparición. Eso sí, con el cuarteto de cuerda de fondo. 

¿Cómo encajaba la cultura en esa sociedad atroz? ¿Es compatible dirigir un campo de exterminio con disfrutar de un concierto de Brahms? Sí, sí que lo es y la culpa no hay que ponerla en el lado de la cultura, sino que ese encaje perverso puede explicarse con el concepto de la “banalidad del mal” de Hanna Arendt y que pone en imágenes la magnífica película “la zona de interés”.

La cultura quizás no pueda impedir esos escenarios, pero paradójicamente, será la herramienta imprescindible que nos permitirá mejorar como humanos. No lo harán las ciencias. No lo hará la economía. 

Para ayudar a entenderlo, es importante recordar una de las primeras cosas que esos regímenes fascistas se dedicaron a hacer una vez alcanzado el poder: borrar o reescribir la cultura y con ello la historia de sus países.

No es casual qué en la Italia de Mussolini, en la Alemania nazi o en la España de Franco se censuraran e incluso quemaran libros que no gustaban o incomodaban al régimen. Que se prohibieran e hicieran desaparecer las obras de artistas plásticos, compositores, cineastas. Probablemente porque gran parte de ellos ponían en cuestión los fundamentos de esos estados totalitarios. 

En nuestro país sin ir más lejos, la España que Franco pone en pie tras la guerra civil es un verdadero erial cultural, que entierra en dos paladas, un periodo de esplendor como la generación del 27, sin parangón desde el siglo XVI. La historia cultural del franquismo comienza con la muerte y el exilio de muchos intelectuales españoles y sigue con la censura férrea e impermeable de sus obras y de las de otros muchos que pudieran considerarse perniciosas. 

Ver que la primera tarea a la que se dedicaban con urgencia aquellos regímenes era anular o transformar la cultura en poco más que propaganda, da una buena idea de lo fundamental que es o quizás, debiera ser, para nuestras sociedades el hecho de preservarla y potenciarla.

Antes de aquella guerra civil, Federico García Lorca, al inaugurar una biblioteca del pueblo granadino donde había nacido, dijo al que le quisiera oír: “Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro”.

Por eso hoy, en nuestro tiempo, ya en democracia y con menos hambre que cuando Lorca pronunciaba su discurso, no podemos permitirnos el lujo de no pedir un libro. No podemos aquí y ahora dejar aparcada en un rincón algo tan importante como la cultura, sin reclamarla, sin exigirla.  

No puede quedar medio olvidada o cedida para uso y disfrute de una élite minoritaria. Es algo demasiado valioso para dejarlo en un baúl del que sólo unos pocos tengan la llave. Y sería imperdonable que los jóvenes de esa sociedad no tuvieran una copia.

Pero tengo que confesar que no me embarga un gran optimismo. Pienso con pesar que la conclusión a todo este asunto, no será muy diferente a la de las elecciones gallegas de hace unos días. 

Viendo su resultado, da la impresión que hayan dado la vuelta a la sentencia lampedusiana y en vez de cambiarlo todo para que todo siga igual, parece que seguiremos sin atrevernos a cambiar nada para seguir, obviamente, igual o peor.

Si el conde de Salina paseara hoy por tierras gallegas, pasaría por un revolucionario radical a la vista de una sociedad tan inmutable. 

He de decir con pena que no veo a una sociedad furiosa que pida cuentas de porqué se ha dejado languidecer poco a poco la cultura de su país. 

Parece lejano el momento en que como sociedad y desde nuestras familias convirtamos en algo primordial esa cuestión. 

No veo mucho entusiasmo en abrazar esta bandera ni tampoco convencimiento de que el héroe indudable para nuestros hijos no puede seguir siendo Messi sino Juan Marsé.

Por lo pronto, a pesar de mi escasa fe, pero para evitar caer en la desesperanza, creo que encenderé una vela a San Judas Tadeo y seguiré apostando por las causas perdidas: He pensado regalar a mis hijos “Ultimas tardes con Teresa” y esta noche intentaré convencerlos para ver juntos “Centauros del desierto”. 

Eso sí, por si las moscas, he decidido pincharles el balón de fútbol. @mundiario

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