Las guerras olvidadas (7): Ruanda

Ruanda. / Wikiepdia Commons.
Ruanda. / Wikiepdia Commons.
Ruanda hoy con Kagame (dirigente tutsi) en el poder es un régimen autoritario en el que los dirigentes, con el apoyo de occidente, se dedican a saquear al país.
Las guerras olvidadas (7): Ruanda

En este pequeño país (Ruanda tiene una extensión de 26.338 kilómetros cuadrados, más pequeño que Galicia: 29.575) pero muy poblado (13,5 millones de habitantes) vivieron históricamente dos grupos étnicos: los hutus (mayoritarios: 85% de la población) y los tutsi (minoritarios: 15%). Estos a pesar de ser una minoría gozaron inicialmente de los favores de la potencia colonial (Bélgica), que con sus políticas sectarias crearía el caldo de cultivo necesario para la división y el enfrentamiento posteriores. Un clima que se calentaría cuando aquella, animada por la iglesia católica, cambió de bando pasando a apoyar a los hutus que eran menos beligerantes con el imperio que los independentistas tutsis. Un apoyo que se prolongaría luego de la independencia del país (1962) y que llegó a adquirir un marcada carácter racista de apartheid: los tutsis pasarían a tener menos derechos que los hutus en materias como la educación, la sanidad, el empleo.

Durante los años setenta (70) se desarrollaría en Ruanda una autentica operación de limpieza étnica en la que el gobierno (hutu) contó con el apoyo de Bélgica, la iglesia católica, potencias extranjeras (como Francia, Egipto…) y la propia ONU.

Apoyados por los países vecinos (Uganda básicamente) los refugiados tutsis, que huían de la persecución, crearon la guerrilla RPF (Frente Patriótico Ruandés) que emprendió negociaciones con el gobierno ruandés pero que remataron en rotundos fracasos por falta de voluntad de acuerdo tanto del gobierno como de Francia (que con el apoyo financiero del BM lo estaba armando). Un gobierno que durante todo este tiempo se estuvo preparando para lo que la propia ONU calificó como “matanzas” pero que sería mejor denominar “exterminio” de la minoría tutsi. La chispa que encendería el fuego sería el atentado sufrido por el presidente ruandés, que viajaba acompañado de su homólogo burundés, cuando su avión fue derribado por un misil causando la muerte de todos los viajeros (6 de abril de 1994).

A pesar de que todo apuntaba a que el atentado fuera obra de la guardia presidencial, el gobierno aprovechó el magnicidio para llevar a cabo las matanzas de tutsis que llevaba tiempo programando (abril de 1994). Matanzas que también alcanzarían a tutsis moderados y a políticos liberales y que se extendieron por todo el país en lo que se convirtió en una autentica “orgía de sangre” que provocaría más muertes “que el holocausto nazi” y que fuentes independientes cuantificaron entre 800.000 y 1 millón de victimas mortales (la cifra exacta nunca se conocería). Unas matanzas que buscaban el exterminio total del enemigo tutsi y que tuvo lugar “ante la indiferencia de las grandes potencias coloniales, la incompetencia de Broutros-Galli (secretario general de la ONU) y la negativa de los Estados Unidos y Gran Bretaña a intervenir para evitar la masacre” (JOSEP FONTANA: Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945). Una matanza que solo se detuvo cuando el RPF apoyado por el gobierno de Uganda invadió el país (1994) y se hizo con el poder. Una ocupación que también tendría su corolario de abusos y represión.

Por su parte los países occidentales (liderados por Francia), en una misión que llamaron “humanitaria”, se dedicaron a crear en el sur de Ruanda una serie de “campamentos” para los combatientes hutus (que continuaron armados), entre los que estaban los auténticos responsables de las matanzas y que “pensaban en volver a empezar la guerra en cuanto pudiesen con el fin de concluir la tarea de exterminio de todos los tutsi” (JOSEP FONTANA). De esta forma los “campamentos humanitarios” (en los que se llegaron a contar más de 400.000 residentes), que estaban controlados por las milicias hutus, acabaron convirtiéndose en un auténtico estado en el que el negocio del tráfico de armas y alimentos se convirtió en una fuente de ingresos para los dirigentes de los refugiados hutus y del ejército zaireño que llegaron a formar una alianza.

Si profundizamos más en las raíces de estas tragedias encontramos otras explicaciones mucho más materiales, y en las que los organismos financieros internacionales (FMI, BM) también juegan un papel no menos decisivo. Ruanda, que en los años 70 era un país financieramente solvente y hasta cierto punto potente a nivel comercial, sufriría grandes cambios a partir de los años 80 bajo un régimen dictatorial. Si en 1976 la deuda externa era de 49 millones de dólares, en 1994 ascendió a 1.000 millones para alcanzar los 2.000 millones en el año 2000. Una deuda que era mayoritariamente con el FMI y el BM, que no tuvieron ningún reparo, sino todo lo contrario, en financiar la dictadura que provocaría las matanzas relatadas pues cumplía con sus famosos PAE (Planes de Ajuste Estructural).

Un cumplimiento que provocaría los efectos ya conocidos de estas políticas, y que se repitieron y se repiten en todas partes, tales como la ruina de las pequeñas explotaciones familiares (que en Ruanda se dedican al café para la exportación, principal ingreso del 90% de la población) provocada por la caída de precios exigida por el FMI y El BM con el pretexto de lanzar las exportaciones y el encarecimiento de los créditos (también exigido por los mismos para evitar que se disparar la inflación), el despido de trabajadores y la congelación de los salarios en la administración pública, el incremento disparado del gasto militar (por compras masivas de armamento y un incremento de los efectivos militares) y la fuga de capitales (las ayudas del FMI conforme entraban salían hacia bancos occidentales a cuentas de las autoridades ruandesas).

Estas políticas (PAE) y su muy desigual impacto (el 10% de la población llegó a acumular el 50% de la riqueza) provocarían un enorme descontento entre la población ruandesa. “El impacto social catastrófico de las políticas dictadas por la pareja BM/FMI y de la caída del precio del café en el mercado mundial (caída que tiene relación con las políticas de las instituciones de Bretton Woods y de los Estados Unidos que hicieron estallar el cartel de los productos del café en aquella época) jugo un papel clave en la crisis ruandesa. El enorme descontento social  sería canalizado por el régimen de Habyarimana (hutu) para la realización del genocidio” (ERIC TOUSSAINT: La bolsa o la vida. Las finanzas contra los pueblos).

Ruanda hoy con Kagame (dirigente tutsi) en el poder no es un país en paz, ni mucho menos democrático sino un régimen autoritario en el que los dirigentes, con el apoyo de occidente, se dedican a saquear al país. Según nos informa Human Wrights (2023) “el RPF, desde que llegó al poder en 1994, ha respondido enérgicamente y a menudo violentamente a las críticas, desplegando una serie de medidas para tratar con opositores reales o presuntos, incluyendo ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, torturas, procesamientos políticos y detenciones ilegales, así como amenazas, intimidación, acoso y vigilancia física. Tales medidas no se limitan a los críticos y opositores dentro del país".  Por si esto no fuera suficiente la región (Ruanda, Burundi, Uganda, Congo….) es hoy un autentico polvorín: guerras civiles, inseguridad alimentaria, crisis humanitarias, epidemias, cambio climático... @mundiario

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