Giorgia, amore mio: crónica de un flechazo geopolítico y un poco de nicotina

Es ese tipo de persona que desprende una seguridad asombrosa basada en el desconocimiento absoluto de casi todo.
Giorgia Meloni, primera ministra de Italia. / Consejo Europeo
Giorgia Meloni, primera ministra de Italia. / Consejo Europeo

Lo confieso sin ambages, sin red de seguridad y, probablemente, sin el más mínimo sentido común: me he enamorado. Y no de la vecina del quinto, ni de esa actriz de Hollywood que sale en los anuncios de perfume con cara de no haber roto un plato en su vida. No. Lo mío es una tragedia de Estado, un drama transalpino. Me tiene sorbido el seso la capitana de Italia, Giorgia Meloni.

Ya sé, ya sé. No es noticia de apertura. El mundo está ocupado viendo cómo el mapa de Europa se redibuja con la sutileza de un niño de tres años con un rotulador permanente, pero yo estoy aquí, pegado a la pantalla cada vez que sale ella, ignorando los subtítulos y concentrándome en lo verdaderamente importante: ese carácter que, estoy convencido, podría detener un tanque solo con una mirada de "te voy a explicar yo a ti cómo se hace una lasaña".

El tamaño no importa, el temperamento sí

Dicen que es bajita. Vale, aceptamos pulpo. Pero, ¿desde cuándo la magnitud de una mujer se mide en centímetros? Napoleón también era retaco y miren la que lió; la diferencia es que a Giorgia no la veo yo perdiéndose en Waterloo, la veo mandando a Waterloo a paseo si se le ponen por delante. Hay en su forma de caminar, en ese paso decidido de quien va a comprar el pan pero parece que va a reconquistar Cartago, una energía que me tiene hipnotizado.

Es una cuestión de "carácter de no te menees". En un mundo de políticos de plástico, que parecen diseñados por un comité de expertos en marketing con el carisma de un apio mareado, aparece ella. Giorgia tiene esa vibración de mujer que, si llegas tarde a cenar, no te echa una bronca: te fulmina con un silencio de tres segundos que te hace replantearte toda tu existencia desde la primera comunión.

Y eso, amigos, en los tiempos que corren, tiene un atractivo magnético.

El duelo de titanes: Giorgia vs. El Mundo

Últimamente la hemos visto enfrentarse a Trump. Y miren que el caballero del tupé incombustible impone, o al menos lo intenta con ese lenguaje corporal de oso hormiguero en celo. Pero ella no pestañea. Se planta allí, con su metro y poco de pura fibra política, y le sostiene la mirada como diciendo: "Mira, Donald, he lidiado con la política romana desde los quince años; tus torres doradas no me asustan".

Y luego está el tal Vance. J.D. Vance. Qué personaje. Me atrevería a decir que es una de las figuras más ignorantes e insolentes que han osado profanar la pantalla de mi televisor en la última década. Ahora resulta que le dice al Papa que no hable de Teología, porque Teología, lo que se dice Teología, solo sabe él.

Es ese tipo de persona que desprende una seguridad asombrosa basada en el desconocimiento absoluto de casi todo. Ver a Meloni compartir espacio con especímenes de esa ralea es como ver a una profesora de literatura clásica intentando explicarle la sintaxis a un grupo de hooligans después de un partido de tercera división. Ella aguanta, mantiene el tipo y, sospecho, guarda un arsenal de insultos elegantes en italiano para cuando se apagan las cámaras.

Esa voz: El misterio del humo

Pero vayamos a lo mollar, a lo que realmente me terminó de conquistar: la voz.

Ese tono rasgado, esa profundidad que parece venir de un lugar donde el café es negro como el alma de un fiscal y el aire tiene densidad. Estoy seguro, pongo la mano en el fuego (y que ella me la encienda), de que Giorgia fuma. Tiene que fumar. Esa voz no se consigue solo bebiendo agua mineral y cantando en el coro de la parroquia. Es una voz de tabaco, de discusiones nocturnas, de "venga, ponme otro que esto lo arreglo yo ahora mismo".

Y miren, por la parte que me toca, me parece de maravilla. En una era donde fumar está más perseguido que el contrabando de uranio, imaginar a la jefa de Gobierno de Italia echando un humo clandestino entre reunión y reunión me devuelve la fe en la humanidad. Le da un aire de autenticidad, de persona real que tiene vicios reales y no solo algoritmos en la cabeza.

Me la imagino con un cigarrillo en la mano, gesticulando con esa pasión italiana que hace que parezca que está dirigiendo una orquesta invisible mientras decide el futuro del euro.

Un plan sin fisuras: El matrimonio o la felicitación

Llegados a este punto, mi situación es crítica. No tengo su número de teléfono. He buscado en las páginas amarillas de Roma, en los archivos del Quirinal, incluso he pensado en mandar un mensaje en una botella por el Tíber, pero nada.

Si tuviera la oportunidad de llamarla, no andaría con rodeos. Nada de "hola, ¿qué tal el PIB?". No. Iría directo al grano. Le preguntaría, con toda la elegancia de la que soy capaz (que no es mucha, pero le pondría empeño), si querría casarse conmigo. Imagínense la boda: pasta de primera, vino de la Toscana y ella, en el altar, dándole órdenes al cura para que termine rápido que hay que ir a votar una ley de presupuestos. Sería una vida intensa, llena de gestos manuales exagerados y discusiones apasionadas sobre la soberanía nacional, pero nunca, jamás, sería aburrida.

Y si, por un casual (poco probable, lo admito), ella declinara mi oferta matrimonial alegando que "tiene un país que dirigir" o que "no sabe quién soy", no me daría por vencido en mi admiración. Me conformaría con darle mis más sinceras felicitaciones.

Felicidades por no achantarse. Felicidades por mantener ese carácter de acero en un mar de gelatina política. Felicidades por esa voz de contralto fumadora que suena a verdad. Y felicidades por ser, probablemente, la única persona capaz de poner firme a la insolencia internacional sin perder el estilo.

Giorgia, si me lees entre decreto y decreto: aquí tienes a un admirador que aprecia el humo, el carácter y la baja estatura. Italia te tendrá a ti, pero yo... yo tengo mi mando a distancia para ponerte en pausa y admirar esa mirada de "no te menees" un ratito más.

¡Amore, llámame! O al menos, mándame una caja de puros italianos. @mundiario

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