Galeno: la medicina encarnada… y la arrogancia también
Mientras otros médicos de su tiempo procuraban mantener cierta modestia pública (por pura prudencia si no por virtud), Galeno se permitía el lujo de despreciarlos abiertamente.
Cuando uno piensa en Galeno, inevitablemente lo hace con una mezcla de reverencia y fastidio. Reverencia, porque el médico nacido en Pérgamo en el año 129 d.C. fue, sin discusión , uno de los pilares fundacionales de la medicina occidental. E incordio, porque, si había en el mundo antiguo un ser humano incapaz de padecer de humildad, ese era precisamente Galeno de Pérgamo. Era una de esas personalidades tan grandiosas y tan insoportablemente convencidas de su superioridad que uno sospecha que hasta Hipócrates, de haberlo conocido, habría abandonado el ágora en mitad de una de sus charlas.
GALENO: EL MÉDICO, EL FILÓSOFO, EL SEMIDIÓS
No se puede negar la magnitud de su legado. Galeno era médico, sí, pero también filósofo, anatomista, y una suerte de líder de la naturaleza humana. Estudió minuciosamente el cuerpo —aunque, dicho sea de paso, con más monos y cerdos que humanos, porque en su época abrir cadáveres humanos estaba muy mal visto— y escribió tratados que, recopilados, llenarían bibliotecas enteras. Sus teorías dominaron la medicina europea durante más de mil años. Cualquiera que pretendiera curar una fiebre, extirpar un absceso o corregir un desequilibrio de humores (sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema) tenía que pasar primero por las páginas de escritas e impuestas `por Galeno.
El problema, claro, es que Galeno también lo sabía. Y no había fuerza humana ni divina que se lo hiciera olvidar. Estaba convencido no solo de ser un médico brutal, sino la manifestación más refinada del intelecto humano, una suerte de obra maestra de la naturaleza. Leer sus escritos es asistir a un interminable desfile de auto-elogios disfrazados de ciencia: cada diagnóstico acertado, cada cirugía exitosa, cada hipótesis teórica era para él una nueva prueba de su genius invencible.
HUMILDAD, ESA DESCONOCIDA
Mientras otros médicos de su tiempo procuraban mantener cierta modestia pública (por pura prudencia si no por virtud), Galeno se permitía el lujo de despreciarlos abiertamente. A su juicio, la mayoría de sus colegas eran poco más que carniceros ignorantes. No dudaba en tacharlos de ineptos en sus tratados, ni en corregir públicamente sus errores con la magnanimidad implacable de quien se siente predestinado a la perfección.
Su presunción no conocía límites. Cuentan las fuentes antiguas que en Roma —donde terminó su carrera como médico personal del emperador Marco Aurelio—, Galeno seleccionaba cuidadosamente a sus pacientes para maximizar su gloria. Solo aceptaba casos difíciles, incurables para otros, en los que su intervención pudiera brillar como un milagro de la ciencia y de su inmensa sabiduria.
Curar una tos cualquiera o una torcedura de tobillo no era digno de su grandeza; Galeno quería salvar vidas desahuciadas, corregir deformidades imposibles, resolver enigmas médicos que dejaran a todos boquiabiertos... y rendidos a sus pies.
LA ESCENA DEL ANFITEATRO: UN ACTO GALÉNICO DE AUTO-PROMOCIÓN
Uno de los episodios más reveladores de su vanidad ocurrió en el anfiteatro de Roma (o sea, en el Coliseo), donde Galeno realizaba disecciones públicas.
Allí, ante la mirada atónita de la élite intelectual y política, abría animales para demostrar, de manera teatral, su vastísimo conocimiento anatómico. A cada corte, a cada revelación de tendones, arterias y nervios, añadía largas explicaciones cargadas de referencias filosóficas y auto-elogios apenas disimulados. Era una mezcla de ciencia, oratoria y espectáculo que tenía un único objetivo: reforzar la idea de que Galeno no era simplemente un médico, sino el médico por antonomasia.
Resulta casi enternecedor imaginar la expresión de algún joven médico romano, soñando con aprender algo nuevo, mientras recibía, en cambio, una hora y media de glorificación personal galénica.
UN SABIO INCAPAZ DE RECONOCER UN ERROR
Si algo distinguía a Galeno aún más que su talento era su absoluta incapacidad para admitir equivocaciones. Para él , evidentemente no hubiese funcionado la célebre frase de Joyce: «Fracasa. Fracasa más. Fracasa mejor...».
Aunque muchas de sus teorías sobre anatomía humana eran erróneas (producto inevitable de diseccionar más animales que hombres), jamás reconoció el más mínimo desliz. ¿Que un órgano no era exactamente como él lo había descrito? No era culpa suya: era culpa de la naturaleza, que había decidido variar a última hora. ¿Que un tratamiento no surtía efecto? El fallo era del paciente, que no había seguido adecuadamente sus sublimes instrucciones. Galeno era infalible; todo lo demás, perfectible.
Este rasgo, admirablemente irritante, prolongó su influencia durante siglos, mucho más allá de lo razonable. Porque, si bien sus errores anatómicos podrían haberse corregido con la observación directa, el peso de su autoridad era tan colosal que nadie se atrevía a contradecirlo abiertamente. Era más seguro (y mejor para la carrera de uno) afirmar que los cuerpos humanos se habían desviado misteriosamente de los ideales galénicos que sugerir que Galeno podía, eventualmente, haber estado equivocado.
GALENO Y LA POSTERIDAD: EL PRECIO DE LA PERFECCIÓN
Tal vez el aspecto más fascinante de la presunción galénica sea su éxito póstumo. Durante siglos, Galeno fue el médico de referencia, el "príncipe de los médicos". Y su arrogancia se convirtió, por ósmosis, en parte del carácter de la medicina académica medieval: un sistema rígido, poco dado al cuestionamiento, en el que la autoridad de los antiguos pesaba más que la evidencia directa.
Paradójicamente, fue el mismo orgullo de Galeno —su incapacidad para aceptar críticas o correcciones— lo que terminó por lastrar el progreso médico. Solo en el Renacimiento, cuando sabios como Andrés Vesalio se atrevieron a abrir cuerpos humanos y a contradecirlo, comenzó a deshacerse la madeja de errores que su inmenso ego había tejido en torno a la anatomía.
EL GENIO Y SU SOMBRA
Así pues, sería injusto negar la grandeza de Galeno. Sin él, la historia de la medicina sería otra: más pobre, más lenta, más oscura. Pero sería igualmente injusto silenciar el coste de su vanidad desmedida. Su vida es una lección doble: sobre la importancia del talento... y sobre los peligros de creerse infalible. Galeno fue, en suma, la cumbre de la medicina antigua, y también la cumbre del narcisismo profesional. A él debemos, al mismo tiempo, siglos de avances y siglos de estancamiento. Y si pudiera leer estas líneas, sin duda asentiría satisfecho, convencido de que incluso las críticas confirman su grandeza.
Porque, al fin y al cabo, en su mundo —y quizá también en el nuestro— no había nadie como Galeno. Y nadie que lo creyera más que él mismo.
A fuer de ser sincero, no me hubiese agradado nada de nada si hubiera tenido que ser discípulo del genio. Las continuas peloteras se harían interminablemente tediosas. @mundiario


