Joan Manuel Serrat: el trovador que camina a mi lado
Así fue el día que conocí a Joan Manuel Serrat., agazapado en el asiento de un coche para evitar ser visto e hincharse a dar autógrafos, después de un concierto.
Hay encuentros que no caben en la estadística del destino. Hay momentos que se quedan a vivir en un rincón tibio del alma, donde se cuelan apenas con una canción o una mirada franca. Así fue el día que conocí a Joan Manuel Serrat., agazapado en el asiento de un coche para evitar ser visto e hincharse a dar autógrafos, después de un concierto. No sabría decir si fue más un descubrimiento que un encuentro, porque a Serrat, de alguna manera, uno lo conoce mucho antes de darle la mano. Honesto es decir que fue Lola quién lo consiguió.
Ya nos ha dicho cosas que no sabíamos cómo decir, ya ha tejido nuestras emociones con palabras suyas, ya ha puesto música a escenas que creíamos solo nuestras. Él ya nos habitaba.
Yo, que he pasado mi vida auscultando corazones ajenos, tengo que confesar que el mío latió distinto cuando me lo encontré cara a cara. No era solo el artista, el cantautor, el trovador de generaciones; era el hombre. Con esa sonrisa un poco irónica, un poco sabia, y esos ojos que miran con la ternura de quien ha vivido intensamente, pero sin perder la fe en la gente. Desde ese instante, nos entendimos con la naturalidad de los que no necesitan demasiadas palabras. Quizá porque él ya me había hablado tanto desde sus canciones. Quizá porque su humanidad se impone como un susurro que abraza.
Desde entonces, Serrat no es solo el poeta de lo cotidiano que admiro. Es también el amigo que acompaña, el confidente sereno, el cómplice de silencios y nostalgias. Es de esos amigos que no se agotan en la presencia, que incluso cuando están lejos, siguen ahí, en el eco de una frase, en la cadencia de una melodía, en la ironía justa que le da sabor a la vida.
¿Y cómo no admirarlo?, si ha sabido escribir lo que muchos sentimos y no pudimos nunca decir. Cómo no quererlo, si ha hecho del idioma (catalán y castellano) un puente entre almas.
Siempre he pensado que hay artistas que pintan con colores, otros que esculpen en mármol. Serrat, sin embargo, escribe con pan de cada día. Sus canciones alimentan. No solo el espíritu, también la memoria. Le da voz a lo que somos, sin retórica, sin artificio, con la honradez de un artesano de palabras. Para uno, es el mejor poeta de lo cotidiano, porque entiende que en lo pequeño se esconde lo eterno. Que la belleza de la vida no está en los fuegos artificiales, sino en la luz temblorosa de una lámpara encendida - "Una balada en otoño" - por alguien que espera. Serrat canta lo que duele, lo que alegra, lo que pesa, lo que redime.
Recuerdo una tarde en la que hablamos de Machado, de Hernández, de Benedetti. Hablamos de exilios y de amores, de política y de vino. Porque con Serrat, la conversación nunca es banal. Incluso lo más liviano adquiere peso. Tiene esa rara virtud de hacerte sentir que cada minuto cuenta. Que la vida, como él mismo canta, no es más que cuatro días, y uno ya va por los tres cuartos. Entre copa y copa, carcajada y verso, me di cuenta de que estaba en presencia de alguien que ha hecho de la dignidad un oficio. Que nunca se arrodilló ante la comodidad ni claudicó ante la moda. Que ha defendido sus convicciones con el mismo tono con el que acaricia un verso: firme, pero sin estridencias. Valiente, pero sin soberbia.
Serrat ha sido el espejo donde muchos quisimos vernos. Ha sido la voz que ha encarnado nuestras dudas y nuestras certezas. Y lo sigue siendo.
Es el último juglar que no necesita autotune ni efectos especiales. Solo una guitarra, una silla y una historia que contar. Y siempre tiene una. Porque ha vivido con los ojos bien abiertos y el corazón aún más.
Hay algo en Serrat que me recuerda al mar. Tal vez sea esa mezcla de fuerza y serenidad. O su forma de decir las cosas, como quien arroja una botella con mensaje, sabiendo que llegará a la orilla que debe llegar. Es un mar que no abruma, que acoge. Y en ese mar he navegado muchas veces, acompañado de canciones como Mediterráneo, De cartón piedra, Pleny al mar, De mica en mica, y...Paraules dámor , que era mi sintonía radiofónica del programa que uno hacía durante años tanto en RNE como en la SER. Canciones que son como amigos leales, que no preguntan, no juzgan, solo están.
Cuando el camino se vuelve espinoso, cuando los tiempos parecen empujarnos hacia lo trivial, hacia lo fugaz, me basta con escucharle para reencontrarme con lo esencial. Porque Serrat, como los grandes maestros, enseña sin alardes. Y su enseñanza es, sobre todo, una lección de sensibilidad. De saber mirar al otro. De ponerle nombre a la emoción ajena. De dignificar al ser humano. Si eso no es poesía, que venga Neruda y lo desmienta.
A su lado, la vida es un poco más comprensible. Y más hermosa. Porque su amistad no es solo una anécdota para contar en sobremesas nostálgicas. Es una convicción.
Saber que está, que existe, que sigue creyendo en la palabra y en el amor, en la memoria y en la justicia, me reconcilia con un mundo que a veces duele demasiado.
Y si Serrat es el poeta de lo cotidiano, Sabina es su hermano de verso, el «rimador »de las madrugadas, el alquimista del castellano canalla y brillante. A veces pienso que si Miguel Hernández hubiera tenido una guitarra, habría terminado escribiendo con Sabina. Y si Antonio Machado hubiera conocido el rock de las tabernas, habría terminado cantando con Serrat. Porque ambos, Joan Manuel y Joaquín, se necesitan y se explican. Uno riega las flores de la infancia, el otro las orquídeas del desencanto. Juntos, componen el mapa sentimental de toda una generación, que no fue la mía. Fue la de mi hermana, fue la de...”Como un gorrión”.
Pero si tengo que elegir el refugio, la voz que más veces me ha devuelto el equilibrio, es la de Joan. Porque hay un cariño en su música que no necesita ser explicado. Porque me recuerda que no estamos solos, que alguien más sintió lo que sentimos y no supimos escribirlo. Y lo cantó, para que no se nos olvide.
Hoy, al mirar atrás y ver la suerte de contarle entre mis amigos, siento que la vida me ha sido generosa. No por el privilegio del trato, sino por lo que él representa. Porque Serrat no es solo un cantautor: es una saeta, un candil, un compañero de viaje. Es un hombre que, sin quererlo, ha mejorado mi forma de mirar la vida.
Y si algún día el tiempo me alcanza con sus manos frías, y mi voz ya no tenga fuerza, sé que una canción suya me sostendrá. Que Serrat, con esa voz de padre sabio y vecino entrañable, seguirá hablándome desde el rincón más íntimo de la música.
Gracias, Joan. Por la amistad, por el arte, por la poesía que nos das sin pedir nada.
Por ser, sencillamente, tú.
Y ustedes, móntense en el Carrusel de la vida… súbanse: ¡dos boletos por un duro! @mundiario


