Francisco no fue perfecto, pero fue un hombre justo

El papado de Francisco ha sido más transformador en el lenguaje y los gestos que en la doctrina. El catolicismo que deja poco se diferencia, en lo formal, del que recibió.
El papa Francisco. / Mundiario
El papa Francisco. / Mundiario

Nos cuenta MUNDIARIO que a las 7:35 de la mañana de este lunes, en el corazón de Roma, se apagó la voz serena y firme de Jorge Mario Bergoglio. Murió como vivió: con discreción, sin buscar el centro de la escena, ofreciendo como último gesto una imagen que nos acompañará durante mucho tiempo: la de un anciano visiblemente agotado, fiel hasta el final, saludando desde el papamóvil a los fieles reunidos en la plaza de San Pedro este pasado Domingo de Resurrección. Fue una despedida sin palabras, pero no sin mensaje.

Francisco, el Papa llegado poco menos que del fin del mundo, deja tras de sí un legado lleno de contradicciones, heridas abiertas y esperanzas sembradas. Con 88 años y tras una enfermedad larga que lo tuvo postrado en un hospital durante más de un mes, partió en silencio, pero su huella ya es imborrable. A pesar de los límites, de las resistencias, de las sombras que no consiguió disipar, Bergoglio fue –y será recordado como– una bocanada de aire fresco para una Iglesia fatigada por sus propias estructuras.

Desde el primer día, su elección fue una sacudida. No solo por el gesto simbólico de rechazar los oropeles del Vaticano y establecerse en la sencilla residencia de Santa Marta, sino por el nombre que eligió: Francisco. En honor al poverello de Asís, el santo de la paz, de la naturaleza, del amor sin condiciones. Aquella elección fue una declaración de intenciones. Su opción por los pobres no fue un gesto estético ni una estrategia de comunicación, sino una brújula. Una dirección de viaje.

Francisco entendió su misión no como la de custodiar una fortaleza doctrinal, sino como la de abrir puertas y ventanas. Habló de una Iglesia “hospital de campaña”, capaz de acompañar, sanar y abrazar. Denunció con claridad el capitalismo salvaje, la devastación ecológica, el clericalismo autorreferencial y los nacionalismos que levantan muros. Los poderosos lo miraban con distancia; los descartados, con esperanza. Su palabra atravesó las fronteras del catolicismo y se coló en foros laicos y políticos como una voz de humanidad.

Tuvo resistencia interna

Pero no todos lo acompañaron. Su propuesta de una Iglesia más samaritana que farisea desató una feroz resistencia interna, especialmente desde los sectores más conservadores, muy activos y bien organizados, sobre todo en Estados Unidos. La paradoja quiso que su última audiencia pública fuera precisamente con J. D. Vance, símbolo de ese mundo que nunca terminó de aceptarlo, pero que hoy observa con impaciencia el desenlace del próximo cónclave. La batalla por el alma de la Iglesia sigue viva.

Y es que el papado de Francisco, pese a todo, ha sido más transformador en el lenguaje y los gestos que en la doctrina. El catolicismo que deja poco se diferencia, en lo formal, del que recibió. Pero no deberíamos minimizar el poder del tono, de las prioridades, del estilo. En una institución tan antigua como la Iglesia, el cambio real es lento y requiere de una siembra paciente. Francisco plantó semillas. Algunas germinarán con el tiempo; otras serán arrancadas por quienes ya preparan, quizá, su damnatio memoriae.

Una de las ironías más dolorosas de este tiempo es que, mientras los Papas y muchos obispos parecen hoy más abiertos, los seminaristas –los pocos que quedan– muestran una inclinación clara hacia posiciones ultraconservadoras. La restauración acecha, y no es seguro que el colegio cardenalicio, moldeado mayoritariamente por Francisco, continúe su camino. El Espíritu sopla donde quiere, pero ahora parece inclinarse hacia la nostalgia de los mármoles y las certezas inamovibles.

Y sin embargo, Francisco ha sido, incluso con todas sus limitaciones, una figura profundamente necesaria en este mundo herido. Como observa Ignacio Peyró desde El País, en tiempos donde el debate público está dominado por liderazgos autoritarios, entre Trumps y Putins, fue un hombre de fe quien se atrevió a hablar con compasión, a invocar la fraternidad, a pedir diálogo donde otros solo siembran división. El Vaticano es un Estado minúsculo en tamaño, pero descomunal en influencia simbólica. Y Francisco supo usar esa plataforma con sentido profético.

Su muerte ha llegado en el marco del Jubileo de la Esperanza. Un término que también da título a su autobiografía recién publicada. No parece casual. La esperanza fue para él no una consigna vacía, sino una virtud activa, comprometida, incómoda. Charles Péguy, poeta católico, escribió que la esperanza es la virtud más difícil, la más grata a los ojos de Dios, y la única que consigue sorprenderle. Quizá eso quiso hacer Francisco con su vida: sorprender a Dios. Con sus pasos lentos, con su ternura incorruptible, con su coraje callado. Con su terquedad en amar a los que no cuentan.

Nos deja en una hora incierta. Se abre ahora un escenario complejo para la Iglesia: volver hacia el pasado o seguir el camino que él intentó abrir. Pero su voz –esa voz pausada, grave, firme– seguirá resonando en quienes aún creemos que otra Iglesia es posible. Una Iglesia sin miedo a mirar al mundo, sin miedo a tocar sus heridas.

Francisco no fue perfecto, ni infalible, ni revolucionario. Pero fue, en muchos sentidos, un hombre justo. Y eso, en estos tiempos, ya es casi un milagro. @mundiario

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