Felipe González y Juanma Moreno Bonilla mantuvieron una animada conversación en Sevilla
La imagen de Felipe González y Juanma Moreno Bonilla compartiendo una mesa redonda en Sevilla para hablar de la duquesa de Alba adquirió un significado que trasciende el motivo del acto. En un clima político marcado por la crispación, la desconfianza y el enfrentamiento, ver a dos políticos de partidos distintos dialogar con serenidad, discrepar sin estridencias y escucharse con respeto tiene mucho de gesto reparador. No porque representen una nostalgia idealizada, sino porque ambos, con su actitud, recordaron que la política debe ser un espacio de diálogo y convivencia y no un campo de batalla.
“Sevilla tiene un color especial, Sevilla sigue teniendo su duende…”, cantan Los del Río, y en Sevilla mantuvieron una animada conversación dos dirigentes con ideologías y trayectorias distintas, pero con la misma convicción de que el rival no es un enemigo sino el portador de un punto de vista distinto.
González, una figura clave en la modernización de España, y Moreno Bonilla, referente actual en la política andaluza, demostraron que la discrepancia no exige levantar muros, descalificar al adversario o perder la compostura y la cortesía institucional. La fuerza simbólica de su encuentro y diálogo reside precisamente en su normalidad. No hubo renuncias ideológicas ni equidistancias impostadas. Hubo, simplemente, reconocimiento mutuo. Y eso, en tiempos de polarización emocional, se ha vuelto extraordinario.
Para muchos ciudadanos este encuentro fue reconfortante porque se produjo el jueves pasado, al día siguiente del debate bronco y bochornoso en el Congreso que fue una reproducción del “Duelo a Garrotazos” de Goya. Allí predominó el ruido, la descalificación, el matonismo y la degradación parlamentaria que tiene atrapada a la política española en una dinámica que premia el exabrupto, la frase contundente y la incapacidad de pensar que “los otros” pueden tener puntos de vista válidos. En ese ecosistema político no hay lugar para la concordia.
Por el contrario, encuentros como el de Sevilla recuerdan que la democracia no es solo cuestión de mayorías parlamentarias. Necesita un elemental respeto compartido, una voluntad de escuchar y entender también a aquellos con los que no se coincide. No se trata de diluir diferencias, sino de asumir que la pluralidad es consustancial a la vida pública.
Por eso, es triste que no se produzcan en España más gestos como el de González y Moreno Bonilla que rebajan la tensión y recuerdan que la política es un ejercicio de civilidad, escucha y responsabilidad. Ambos políticos no cambiaron el rumbo del país, pero sí dejaron la lección de que la política es un espacio de encuentro y que la convivencia democrática se construye con la capacidad de hablar, aceptar al rival y compartir puntos de vista distintos, lección que, hoy más que nunca, es necesario aprender. @mundiario


