Feijóo entre la moderación y el ruido: el reto de no quedar atrapado por Vox
Alberto Núñez Feijóo escogió Sevilla para cerrar el congreso del PP andaluz con un mensaje de equilibrio: “se puede ser moderado y tener determinación”, dijo, elogiando la fórmula de Juan Manuel Moreno Bonilla, a quien presentó como ejemplo de una derecha tranquila, sin fanatismos ni estridencias. Pero, apenas unas frases después, el tono cambió. Feijóo se lanzó a un ataque frontal contra el Gobierno de Pedro Sánchez, al que calificó de “vergüenza internacional” por la crisis del fiscal general del Estado, la ruptura con Junts y la investigación sobre los pagos en metálico en el PSOE. La apelación a la moderación acabó ahogada en los decibelios de un discurso bronco.
La contradicción no es nueva. El líder del PP lleva meses atrapado entre dos polos: la moderación que predica y la radicalización que le exige una parte de su electorado. La escena de Sevilla coincidió con un nuevo problema interno: la crisis abierta en la Comunidad Valenciana tras la dimisión forzada de Carlos Mazón. La negociación entre el PP y Vox para buscar un candidato que sustituya al expresidente regional reabre una herida aún fresca.
Hace poco más de un año, el pacto exprés que permitió a Mazón llegar al Palau de la Generalitat supuso una cesión ideológica al partido de Santiago Abascal. Los populares asumieron entonces buena parte del programa ultra, desde el cuestionamiento de la agenda climática europea hasta un discurso duro contra los menores migrantes no acompañados. Aquella decisión, tomada en plena campaña de las generales, reforzó el relato de Pedro Sánchez sobre el “riesgo de involución” y movilizó el voto progresista.
Hoy, el escenario es incluso más delicado. Vox llega a esta negociación con ventaja y con el PP valenciano en su punto más bajo. La formación de Abascal aspira a imponer de nuevo su agenda —cierre de centros para menores migrantes, revisión del Pacto Verde, discursos de caza en las escuelas— o, en caso de no lograrlo, forzar elecciones anticipadas que podrían darle un crecimiento significativo en la provincia de Valencia. En cualquiera de los dos supuestos, Vox gana.
Una ecuación sin solución sencilla
Feijóo se enfrenta así a un dilema que trasciende lo autonómico. Si su partido cede de nuevo a las exigencias ultras, perderá autoridad moral para reivindicar el “centrismo” que intenta proyectar a nivel nacional. Si, por el contrario, se niega y se abren las urnas, corre el riesgo de una derrota que fragilizaría aún más su liderazgo interno. La ecuación no tiene una solución sencilla, y el laboratorio valenciano puede convertirse en el espejo de lo que aguarda en Extremadura, Castilla y León o incluso en Madrid.
El problema de fondo no es solo estratégico, sino identitario. Feijóo reivindica la España del diálogo y la estabilidad, pero convive con un partido que en varios territorios depende de Vox para gobernar. Cada pacto, cada concesión, diluye la frontera entre ambos y confunde el mensaje de un PP que dice aspirar a representar el centro reformista.
Andalucía es hoy su escaparate de éxito: una derecha templada, solvente, que gobierna con mayoría absoluta sin ruido ni sobresaltos. Valencia, en cambio, amenaza con ser su espejo deformado: un PP que busca sobrevivir entre la moderación que proclama y la radicalidad que le condiciona. Si Feijóo no logra resolver esa tensión, el relato de la moderación podría quedar reducido, una vez más, a un eslogan sin reflejo en la realidad. Tal vez debería mirar más al PP en Galicia, donde Vox no pinta nada. @mundiario



