Europa: una comunidad y una oportunidad

¿Es belicismo apoyar la guerra de la República española contra los militares golpistas? ¿Es belicismo apoyar la guerra contra el nazismo y el fascismo? Pues estamos en una situación semejante.
Mapa de Europa. / Mabel Amber. / Pixabay
Mapa de Europa. / Mabel Amber en Pixabay

Desde una posición pacifista que llevo toda una vida cultivando, me atrevería a preguntar a quienes en estos momentos en los que el modo de vida democrático y de defensa de los derechos civiles y sociales, construido en Europa a lo largo de los años, está siendo agredido y puesto en peligro, tanto por las continuadas amenazas y actuaciones de Trump como por la constante acción de propaganda de la ultraderecha europea: ¿hasta dónde alcanza vuestro anti-belicismo a ultranza? ¿En 1936 vuestro “no a la guerra” os habría llevado a negarle a la República española que armara al pueblo, que entrenara a los milicianos y que fuera a la guerra contra el golpe ilegítimo de los militares sublevados? ¿Habríais negado a la Europa invadida por los nazis que organizaran la guerra y la resistencia contra la agresión imperialista de Hitler y Mussolini?

Ya sé que me responderéis que no es lo mismo. Pero por mucho que argumentéis, será imposible que podáis demostrar que no es lo mismo. A no ser que no hayáis entendido lo que está pasando en el mundo.

La torpeza ultranacionalista de Trump daña profundamente el sistema democrático internacional y enturbia peligrosamente los mecanismos de relación entre las naciones.

Lo que él, sus aliados, sus imitadores y hasta aquellos teóricos antagonistas que juegan a la apariencia de aliados coyunturales pretenden no es solamente la imitación del sistema autoritario y totalitario del nazismo y del fascismo, sino que va más allá al introducir una ideología disruptiva que me atrevería a denominar anarco-ultranacionalista.

Quieren acabar con cualquier sistema democrático organizado, aunque mientras les sirva se valdrán formalmente de él. Quieren transformar las relaciones entre los individuos, entre las instituciones y entre los pueblos, en una relación de mero negocio, pulverizando cualquier principio (igualdad, solidaridad, justicia social, humanitarismo, derechos humanos…) que les dificulte la pretensión descarnada y burda del beneficio privado. Pretenden el más brutal liberalismo en el que el único “derecho” que prevalece es el del poder y el del enriquecimiento. De ahí su inquina contra la Europa Democrática, cuyos dirigentes hoy nos llaman a defender.

Trump y sus muy diversos seguidores, en el sumo grado o en versiones mitigadas, acaban de descubrir ni más ni menos que el salvaje oeste, erigiéndose en sheriff y eligiendo como sus ayudantes a una pandilla de cuatreros y de forajidos, dispuestos a los mayores desmanes, porque la vida es breve y urge llenarse los bolsillos y sacar provecho al mundo. Como todo lector mínimamente avisado entenderá, no parece que haya que hacer la lista de hechos que demuestran esta afirmación, porque los medios informativos de toda índole y condición están plagados de evidencias y actuaciones en este sentido.

Da lo mismo que sea a costa de la vida de 50.000 palestinos, o de 30.000 inmigrantes bajo peligro de ser encerrados en el campo ilegal de concentración de Guantánamo, o en las corruptas cárceles de Bukele. Da lo mismo que sea amenazando con anexionarse Canadá o con la advertencia de que se harán, sea como sea, con Groenlandia, que es un territorio bajo la administración de un país europeo como Dinamarca.

Ante esta especie de brote enloquecido (que venía gestándose desde antes de 2016, y que ha mantenido su urdimbre durante el miope mandato de un partido Demócrata ensimismado en sus delirios progres, y en el único empeño de ganarle a China el campeonato del mundo) Europa se despierta con una guerra en su propio patio de vecindad, y con la realidad de que -aunque se esté gastando en armamento más que la Rusia imperialista de Putin- no tiene estructurada su propia defensa y seguridad, porque se ha fiado de la organización militar de la Alianza Atlántica, que hoy el presidente del país que la lideraba hegemónicamente, está desarticulando en la práctica.

Una realidad compleja a la que no se puede reaccionar con el simplismo de limitarnos a clamar y exigir la paz, cuando no existe paz a nuestro alrededor, y cuando llevamos varios años experimentando que las meras manifestaciones y proclamas, aunque sirvan para descargar nuestras conciencias, no sirven para construir la paz. Basta con ver la impunidad de Israel, que ha asesinado ya a más de 50.000 palestinos, o la de Rusia, que lleva tres años martirizando al pueblo de Ucrania. La dura realidad exige una actuación más contundente para defender el sistema democrático de derechos que hoy por hoy pasa por garantizar la defensa y seguridad de Europa.

No basta con proclamar un No a la OTAN, que coincide objetivamente con lo que está planteando en la práctica el sheriff Trump. Cuando lo inteligente puede ser plantearse cómo puede ser una transformación de la propia OTAN al margen de la participación de esos Estados Unidos de Trump, haciendo regresar a la Alianza a su propia proclamación de la defensa de la Carta de las Naciones Unidas, contra la que espero que ningún pacifista serio se atreva a oponerse.

Es cierto que el apremio de una amenaza de guerra haya llevado a Europa -especialmente a los países que en estos momentos se sienten más amenazados por el imperialismo ruso- a traducir su objetivo de autodefensa y seguridad en un rearme para el que ha dado por buenas unas cifras que proceden de sobreentendidos proclamados en la OTAN por los Estados Unidos. Y que antes de hablar de 800.000 millones de euros, ni de porcentajes sobra el PIB de los países, debería analizar una estrategia integral e inteligente de su seguridad y defensa, haciendo después los números de lo que cuesta.

Desde una concepción progresista de la vida y de la convivencia, en lugar de oponernos sin más y sacar pancartas y consignas, lo que debemos hacer serenamente es dar la vuelta al debate. Y establecer los fundamentos y prioridades de esa Europa que queremos defender. Ya que no se trata de que nos armemos contra nadie, sino a favor de un modo de vida de una comunidad de 27 países, que podrían incluso incrementarse, en el que imperen los derechos civiles y sociales, donde defendamos con fuerza el medio ambiente, la igualdad y la solidaridad, y donde mantengamos por encima de todo el Estado del Bienestar, estableciéndolo como un modelo que ha de regir nuestra relación con otros pueblos.

Y donde valoremos hacia qué futuro queremos llevar a Europa, midiendo a esa luz los beneficios que puede aportarnos la inmigración; y estableciendo la cooperación con los pueblos más desfavorecidos como el único antídoto para frenarla. Ya que tenemos largamente experimentado que reprimiéndola y persiguiéndola no lograremos jamás impedirla. Lo que ocurre es que para defender todo esto, y el Estado de bienestar y de derecho, Europa necesita hacerse cargo de su defensa de una forma ordenada, y sin depender de Estados Unidos.

Es chocante que sectores políticos que se consideran de izquierdas no alcancen a este razonamiento, y no interpreten que no va de no a las armas, sino de que las armas estén sometidas a la defensa de los fundamentos democráticos de Europa. Y si se centra adecuadamente el debate, mejor se podrá argumentar a favor de que las armas no hagan engordar a sectores reaccionarios, ni haya que adquirirlas en Estados Unidos; y que se estructure mejor y de manera integral y compartida la tecnología necesaria, tratando de que sea de doble uso. Y que una OTAN sin Trump, y en armonía con los países amenazados por Trump puede ser hasta una oportunidad beneficiosa. Siempre y cuando Europa -sin la tutela estadounidense- recupere su vocación multilateralista.

Será más útil situar el debate en estos términos, defendiendo que no se dé ni un paso atrás en los gastos sociales para favorecer los militares, que echar mano de pancartas ya algo mohosas, porque vienen de realidades de hace cuarenta años. @mundiario

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