Sin Estados Unidos al timón: Europa improvisa en el estrecho de Ormuz

La iniciativa del Reino Unido para coordinar a casi 40 países ante el bloqueo del estrecho de Ormuz revela algo más que una crisis energética: evidencia el vacío estratégico dejado por Donald Trump y la dificultad de Occidente para articular una respuesta eficaz sin una potencia que marque el paso.
Representación del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz. / Mundiario.
Representación del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz. / Mundiario.

Hay momentos en los que las crisis internacionales actúan como un espejo incómodo. Lo que devuelve el bloqueo del estrecho de Ormuz no es solo la imagen de una arteria energética colapsada, sino la de un sistema internacional descoordinado, donde las grandes potencias dudan y los aliados improvisan. La reunión telemática impulsada por Yvette Cooper, con la participación de decenas de países, es un intento de llenar ese vacío. Pero también deja al descubierto sus límites.

El estrecho de Ormuz no es un punto cualquiera del mapa. Por sus aguas transita una quinta parte del petróleo mundial, lo que convierte cualquier interrupción en un shock inmediato para la economía global. Sin embargo, la magnitud del atasco —miles de buques inmovilizados y decenas de miles de marineros atrapados— no ha encontrado aún una respuesta proporcional. La diplomacia va por detrás de los acontecimientos, y las decisiones se anuncian con más cautela que convicción.

El Reino Unido ha tomado la iniciativa, en parte obligado por el impacto directo en su economía doméstica. El encarecimiento de la energía, la presión inflacionista y el riesgo de contagio a los mercados financieros han acelerado una reacción que, en otras circunstancias, habría liderado Washington. Pero la actitud de Donald Trump —más inclinada al repliegue que a la coordinación— ha alterado ese guion tradicional.

Este desplazamiento del liderazgo no es menor. Durante décadas, la seguridad de las rutas marítimas estratégicas ha sido un pilar del orden internacional respaldado por Estados Unidos. Hoy, en cambio, la propuesta estadounidense de que cada país proteja sus propios intereses en la zona ha sido recibida con escepticismo. No es solo una cuestión de voluntad política, sino de viabilidad: operar militarmente en un entorno de alta tensión sin un marco común roza la temeridad.

La alternativa que se dibuja desde Europa es más prudente, pero también más difusa. La declaración final de la reunión, deliberadamente ambigua, habla de presión diplomática, posibles sanciones y coordinación internacional. Es el lenguaje habitual cuando no hay consenso suficiente para medidas más contundentes. Se invoca a organismos multilaterales, se apela a la cooperación con la industria energética y se promete una estrategia futura que, de momento, no existe.

El problema es que el tiempo juega en contra. Cada jornada con el estrecho parcialmente bloqueado agrava las distorsiones en los mercados y aumenta el coste para consumidores y empresas. La advertencia sobre el impacto en la seguridad alimentaria global añade una dimensión aún más preocupante: lo que empieza como una crisis energética puede derivar en una crisis humanitaria de alcance global.

En este contexto, la postura de Emmanuel Macron introduce una dosis de realismo. Reabrir el estrecho por la fuerza no solo es arriesgado, sino potencialmente desestabilizador a una escala mayor. La única salida viable pasa por la negociación con Irán y por un alto el fuego que rebaje la tensión en la región. Pero esa vía exige algo que hoy escasea: una arquitectura diplomática sólida y un liderazgo claro.

La paradoja es evidente. Nunca ha sido tan necesario un esfuerzo coordinado y, sin embargo, nunca ha sido tan difícil articularlo. La proliferación de actores, intereses y agendas nacionales convierte cada decisión en un ejercicio de equilibrio precario. La reunión convocada por Londres es, en ese sentido, más un primer paso que una solución en sí misma.

A medio plazo, la crisis de Ormuz puede tener consecuencias que trascienden lo inmediato. Si las potencias occidentales no logran garantizar la seguridad de una ruta tan estratégica, el mensaje que se envía al resto del mundo es inquietante: el orden global ya no está asegurado. Y cuando esa percepción se instala, otros actores —estatales o no— pueden sentirse tentados a ponerlo a prueba.

Lo que está en juego no es solo la reapertura de un estrecho, sino la credibilidad de un sistema. El Reino Unido ha intentado tomar las riendas, pero la magnitud del desafío exige algo más que voluntad. Sin una estrategia común y sin un liderazgo capaz de sostenerla, el riesgo es que Ormuz deje de ser una excepción para convertirse en precedente. @mundiario

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