Una España que no consta con políticos que no se acuerdan
En plena pandemia de presunciones de inocencia, en un Senado que presagiaba unos Idus de Marzo, Bruto erró la puñalada mortal y, el César, se salió del guión y salió por piernas protegido por sus guardia pretoriana. No ha ganado nadie; hemos perdido todos…
Tras cinco horas permaneciendo atento a la pantalla de un televisor, con la ingenua intención de despejar alguna de tantas incógnitas que nos asolan, me fui ayer a la cama con más posibilidades de culminar el dichoso cubo de Rubick (¡tela, oye!) que de encajar las piezas del proceloso Caso Koldo.
Nos habían anunciado, nada más y nada menos que una trascendente sesión de una Comisión de Investigación en la solemne cámara alta del Senado y, chico, fue anunciar el presidente de la cosa que, colorín colorado, aquel nuevo cuento había terminado, y me hice un lío intentando discernir quién había sido el lobo, cual de la Caperucitas, las rojas o la azules, habían sido devoradas y qué coño llevaban cada una de ellas en las respectivas cestitas para sus abuelas.
Estas tipas y tipos que se ganan la vida apretando botones, dicho sea, esta vez, sin todos los respetos, deben estar convencidos, y quizá con razón, que legislan, investigan, argumentan en representación de 49 millones de ciudadanos que son, que somos como niños, oye. Se pasan los días contándonos cuentos y obviando las cuentas, y nos dejan después arropados en las cunas ideológicas al compás de nanas de la cebolla Hernandianas: Vuela niño en la doble luna del pecho / tú, triste de cebolla / él, satisfecho. / No te derrumbes. / No sepas lo que pasa/ ni lo que ocurre.
Y, sin embargo, en mi ingenuidad, sigue uno convencido de que podemos y deberíamos volver a interesarnos por lo que pasa y lo que ocurre. Que, en vez de estar hablando de las gafas de Pedro Sánchez, al que nada menos que un ministro ha declarado icono de la estética socialista, deberíamos estar hablando, con cierta inquietud, del exceso de cosas y de casos que no le constan al Presidente de un gobierno de todas y todos los españoles. Pienso en un piloto de avión al que no le constan las instrucciones de la cabina de mando; en un capitán de transatlántico al que no le constan los mapas de navegación; en un conductor de AVE al que no le constan curvas de un Angrois; en el presidente de una comunidad al que no le constan los barrancos del Poyo ni alertas rojas, y cosas así y, francamente, señoras y señores, le entran a uno escalofríos.
Pero, ya ves, después de ayer, hoy la vida sigue igual: los tertulianos tienen de qué hablar; en las sedes de los partidos han ganado todos; en las redes sociales pescan todos en aguas revueltas y, si ha pasado algo, en plena pandemia de presunciones de inocencia, No me acuerdo, en espera de lo que recuerden o acuerden en los tribunales de justicia. Hemos aceptado, como animales de compañía, a incisivos senadores conservadores haciendo el papel, mejor dicho, el papelón de Sherlock Holmes y a un divino líder progresista a lo Nerón, tocando la lira, mientras España, como in ello tempore Roma, arde por los cuatro costados. @mundiario



