El escorpión Yolanda y la rana Sánchez o viceversa
Entre ustedes y yo, es imposible anunciar con humildad que un ser humano aspira a ser presidente o presidenta de 47 millones de ciudadanos. En mi tierra gallega, la misma en la que se ha criado Yolanda Díaz, cuando un paisano o una paisana pronuncia la palabra humildad, se le apunta inmediatamente entre las personas a las que no conviene darles la espalda. La palabra humildad y la palabra poder, si se mezclan con la palabra política, tienen más peligro que el ácido nítrico y el ácido sulfúrico en contacto con la glicerina.
Pero quedó bonito, oye, la voz de Yolanda Díaz retumbando en el polideportivo Magariños anunciándole al mundo, en aquel lejano abril preelectoral de 2023: “Hoy, con toda humildad, voy a dar un paso adelante. Hoy, me presento para ser la primera presidenta de la historia de España” Nada que objetar a su legítimo deseo de ser la primera presidenta de la historia de España, naturalmente. Pero, casi dos abriles después, ni Tezanos puede aderezar sus platos cocinados con esa especia de humildad a la gallega que deja al descubierto el talón de Aquiles de la peculiar condición humana de nuestra Vicepresidenta segunda: su aterciopelada voz, que cada vez clama en una extensión mayor del desierto demoscópico, viene siendo una variante de la vaselina cuando el doctor esta a punto de hacerle uno una exploración anal, dicho sea en términos versallescos.
Vamos a ver, Doña Yolanda: nadie aspira a presidenta de gobierno de un país, con 47 millones de seres gobernables, si no tiene muy claro en su interior que le cabe el Estado en la cabeza y no descarta, a su alrededor, todo tipo de cabezas de esas tan susceptibles de que no les quepa el Estado en sus cráneos. Nadie, que no sea una ególatra camuflada, una iluminada del dios Breogan o una creyente a pies juntillas en las encuestas edulcoradas de Tezanos, se habría atrevido a dar a dar (humildemente, claro) aquel osado y primer paso adelante, con el currículo político que usted puede presentar a los españoles y españolas que se tomen la molestia de mirar hacia atrás, ni sin ira, ni con ella.
Usted, para Esopo, al que se le atribuye la fábula del escorpión y la rana, sería el alacrán que le ha pedido primero a José Manuel Beiras, después a Pablo Iglesias, que le ayudaran a atravesar el río de aguas revueltas de la política. Cierto es que Beiras accedió porque se pasó de bueno e, Iglesias, porque se pasó de listo. El caso es que pasó lo que siempre pasa cuando un depredador en la orilla de un río pide ayuda para alcanzar la otra orilla:
(El escorpión le pidió a la rana que lo cargara para cruzar el río, la rana le dijo —¿Cómo sé que no me picarás? El escorpión respondió: —porque haría que ambos nos ahogáramos. La rana aceptó; y a la mitad del río el escorpión picó a la rana. Cuando la rana le preguntó ¿por qué, si los dos vamos a morir?; el escorpión respondió: —es mi naturaleza.)
El escorpión, humildemente, claro, le pedirá ahora a Pedro Sánchez que la cargue para cruzar su Rubicón y, francamente, señoras y señores, no sé cuál de los dos, Pedro o Yolanda, acabará más arrepentido. A Sánchez es que le va la marcha: ha demostrado que le gusta, que le pone no poder dormir tranquilo. @mundiario


