EE UU acelera con la inteligencia artificial mientras Europa mira a Berlín
La historia económica reciente demuestra que las crisis siguen llegando con formas y causas difíciles de prever. La diferencia entre regiones no radica tanto en su capacidad para evitarlas como en la rapidez y eficacia con que logran adaptarse. En ese terreno, EE UU parece seguir llevando ventaja, mientras Europa busca todavía el motor capaz de impulsar su próximo ciclo de crecimiento. A finales del siglo XX, algunos economistas creyeron ver el amanecer de una nueva era económica. La expansión de internet y el salto tecnológico asociado a la digitalización prometían una etapa de crecimiento continuo, con aumentos de productividad capaces de suavizar o incluso eliminar los ciclos económicos. Era la época en que se hablaba del fin de las crisis, en paralelo al optimismo político que proclamaba el fin de la historia tras la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989.
La realidad se encargó pronto de desmentir aquel entusiasmo. El estallido de la burbuja tecnológica a comienzos del milenio inauguró un siglo que, lejos de la estabilidad prometida, ha estado marcado por sacudidas sucesivas. La crisis de las puntocom dio paso a la recesión de comienzos de siglo, agravada por los atentados del 11-S y las tensiones geopolíticas que siguieron. Poco después llegó la mayor crisis financiera desde la Gran Depresión, desencadenada por el colapso de los mercados inmobiliarios y bancarios en 2008. Y cuando la economía global parecía haber recuperado el aliento, una pandemia paralizó el planeta en 2020.
La sucesión de episodios críticos continuó con la crisis energética derivada de la invasión rusa de Ucrania y con el retorno de la inflación tras décadas de estabilidad de precios. Hoy, un nuevo foco de inestabilidad en Oriente Próximo vuelve a poner a prueba la resiliencia de la economía mundial. Cada episodio ha sido diferente, pero todos comparten un rasgo común: la confirmación de que el sistema económico global sigue expuesto a shocks imprevisibles.
No sin dificultades, la economía de EE UU mantiene su dinamismo gracias al impulso de la inteligencia artificial y la innovación tecnológica
En este contexto de incertidumbre permanente, los mercados han desarrollado una notable capacidad de adaptación. Incluso las tensiones geopolíticas más graves tienden a ser absorbidas con relativa rapidez por los inversores, salvo cuando afectan de forma directa a variables clave como la energía. La posibilidad de interrupciones en el transporte de petróleo a través del estrecho de Ormuz, por ejemplo, vuelve a colocar el precio del crudo en el centro de las preocupaciones económicas.
Un encarecimiento prolongado de la energía tendría efectos globales inmediatos. El petróleo y sus derivados influyen en el coste del transporte, la producción industrial y la cadena alimentaria. Aun así, la reacción de los mercados sugiere que muchos inversores consideran que el impacto económico puede ser limitado si el conflicto no se prolonga o si el suministro energético logra mantenerse estable.
Más allá de estas tensiones coyunturales, el contraste entre las grandes economías occidentales resulta cada vez más evidente. Estados Unidos continúa mostrando un dinamismo que sorprende incluso a sus propios analistas. Tras la pandemia y el ciclo inflacionario posterior, la economía estadounidense ha logrado mantener un crecimiento sólido, con un mercado laboral robusto y una capacidad de innovación que sigue atrayendo capital y talento. Eso no quiere decir que vaya todo bien en EE UU, donde también se observa una cierta desaceleración económica debido al rumbo de su política comercial y fiscal.
Europa gira hacia el gasto en defensa y depende cada vez más de la capacidad fiscal de Alemania para sostener el crecimiento
Una de las claves de esta resistencia se encuentra en el papel creciente de la inteligencia artificial y de las grandes empresas tecnológicas. El desarrollo acelerado de estas tecnologías ha reavivado el debate sobre una nueva revolución productiva capaz de transformar sectores enteros de la economía. Silicon Valley vuelve a situarse en el centro de las expectativas de crecimiento global, con inversiones masivas en infraestructuras digitales, centros de datos y aplicaciones basadas en aprendizaje automático.
Este impulso tecnológico no está exento de riesgos, desde la posible sobrevaloración de determinados valores bursátiles hasta la concentración de poder económico en un reducido número de empresas. Sin embargo, el efecto agregado sobre la economía estadounidense es evidente: innovación, inversión y una capacidad de adaptación que refuerzan su posición como principal motor económico del mundo occidental.
Europa, por contraste, afronta una situación más compleja. La eurozona ha recuperado la estabilidad tras las crisis de la última década, pero su crecimiento sigue siendo más moderado y dependiente de factores externos. Además, el giro estratégico hacia el refuerzo de la defensa, acelerado por la guerra en Ucrania y el deterioro del entorno geopolítico, introduce nuevas prioridades presupuestarias. En este escenario, la capacidad fiscal de los Estados miembros adquiere un papel decisivo. Y aquí aparece un desequilibrio evidente: entre las grandes economías europeas, Alemania es prácticamente el único país con margen suficiente para impulsar un estímulo de gran escala sin comprometer su sostenibilidad fiscal.
Alemania, el único gran país de la UE con capacidad inversora a gran escala
El ambicioso programa de inversión pública anunciado por Berlín se interpreta como un intento de reactivar no solo la economía alemana, sino también el conjunto de la eurozona. La industria, las infraestructuras y el sector de la defensa figuran entre los principales destinos de ese esfuerzo inversor. Alemania tiene aprobados unos presupuestos con la mayor creación de nueva deuda desde la pandemia. En total, junto con el presupuesto ordinario y los fondos especiales para inversiones y defensa, el Gobierno de Friedrich Merz podrá gastar unos 630.000 millones de euros.
La paradoja es que, en un momento en que Europa busca reforzar su autonomía estratégica, su recuperación económica vuelve a depender en gran medida de la capacidad de Alemania para ejercer como locomotora. El problema no es nuevo, pero se vuelve más visible en un contexto de disciplina fiscal europea que limita el margen de actuación de otros países, entre ellos España. Así, mientras EE UU avanza impulsado por la revolución tecnológica y el dinamismo de su sector privado, la UE se enfrenta al desafío de combinar estabilidad presupuestaria, inversión estratégica y crecimiento sostenible. El equilibrio entre estos tres elementos determinará su posición en la economía global de las próximas décadas. @J_L_Gomez en @mundiario



