Deriva peligrosa contra la libertad de expresión en EE UU
El asesinato de Charlie Kirk, un comentarista ultraconservador, ha vuelto a poner sobre la mesa dos de las mayores heridas abiertas de Estados Unidos: la violencia con armas de fuego y la fragilidad de la convivencia democrática en un país cada vez más polarizado. La investigación aún no ha encontrado pruebas concluyentes sobre motivaciones políticas del crimen. Sin embargo, el trumpismo ha aprovechado el suceso para cargar contra la oposición, la prensa crítica y cualquier organización progresista, en una espiral retórica que apunta directamente a uno de los pilares de la democracia estadounidense: la libertad de expresión.
En el homenaje radiofónico al fallecido, el vicepresidente J. D. Vance llegó a instar a los ciudadanos a denunciar a quienes “celebrasen” la muerte de Kirk. En el mismo espacio, Stephen Miller, asesor presidencial, prometió emplear “todos los recursos del Estado” contra una supuesta “extrema izquierda terrorista”. No se aportaron pruebas, pero sí un mensaje claro: identificar discrepancia política con delito.
Las consecuencias no tardaron en llegar. La cadena ABC canceló el programa nocturno de Jimmy Kimmel, después de que un comentario crítico con el movimiento MAGA fuera interpretado como inadmisible. Trump celebró la decisión y advirtió de que otros presentadores críticos serían “los siguientes”. Se suma así a una cadena de episodios recientes que incluyen la presión sobre Paramount para despedir a Stephen Colbert y modificar la línea editorial de CBS, así como la demanda multimillonaria contra The New York Times, un periódico progresista considerado la biblia del periodismo en el mundo.
El patrón es evidente: el uso del poder político y económico para silenciar a voces críticas bajo la excusa de proteger la memoria de Kirk o de combatir el “sesgo mediático”. La ironía es que se erosiona así el derecho más básico de todos: disentir.
¿Vuelve el macartismo?
Estados Unidos ya vivió un ciclo similar en el pasado. El macartismo, en plena Guerra Fría, impuso censura, prohibió organizaciones, persiguió opiniones y condenó injustamente a inocentes en nombre de la seguridad nacional. Hoy, el paralelismo inquieta: otra vez el miedo se utiliza como arma para justificar el recorte de libertades.
La defensa de la libertad de expresión no implica justificar el odio ni la mentira. Pero sí exige poner límites claros a cualquier intento de amordazar la pluralidad ideológica, venga de donde venga. La historia demuestra que los excesos terminan siendo corregidos, porque las instituciones y la ciudadanía tienen la capacidad —y la responsabilidad— de rebelarse contra ellos.
La tragedia de Kirk merece justicia, no manipulación política. Que no se repita la lógica perversa de convertir un crimen execrable en coartada para cercenar derechos fundamentales. @mundiario



