Plato del día

Cuento de Navidad en la ciudad led de Vigo

Lejos de mí la intención de aguarles las fiestas a mis convecinos y convecinas de Vigo, pero me remordería la conciencia si no recordase que, los cuentos,  algunas veces acaban bien y otras, como el rosario de la aurora.
Luces de Navidad en Vigo. / X.
Luces de Navidad en Vigo. / X.

Anochecía en Vigo, mi ciudad y la de otros 300 mil convecinos y convecinas y, sin embargo, una dana de luces de todos los colores, en todos los rincones, barrio por barrio, calle por calle, prolongaba la claridad en medio hemisferio, provocaba un nuevo episodio de insomnio al alcalde de Nueva York, deslumbraba a los astronautas de guardia alrededor de la luna, atraía a miles y miles de poliglotas polillas humanas, dicho sea con todos los respetos, mientras resonaba un sinfonía de clics de las insaciables cámaras y móviles, que me río yo del pertinaz Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena.

No me pregunten ustedes cómo y porqué, partiendo de este paisaje de Navidad que cada año pone a Vigo en el mapa, se cuela en los telediarios, provoca a alcaldesas y alcaldes de distintos y distantes rincones de España, miradlos, a un duelo a ver quien la tiene más grande: la noria, el árbol, el tren Chu Chu, la madre que parió a las dichosas y, por momentos empalagosas bombillas led, me he puesto a leer de nuevo El cuento de Navidad de Chales Dickens.

Solo les puedo confesar que no ha sido casualidad, sino algo inevitable. Que la conmovedora avaricia material del conmovedor Ebenezer Scroogue (el personaje de Dickens), salvando las distancias, claro, me ha trasladado a la conmovedora avaricia de poder, de notoriedad, de ser el novio en la boda, el niño en el bautizo, el muerto en en el entierro, de ese conmovedor Abel Caballero obsesionado con no pasar inadvertido en la vida, pero incapaz de asimilar, de discernir, que el precio personal que puede haber pagado, que  tal vez sigue pagando, en mi humilde opinión, es que la vida no pase por él.

Sería prácticamente improbable que lo considerase mi amigo, pero es absolutamente imposible que lo considere mi enemigo. Y, de hecho, aunque un servidor no lo considere su alcalde y él esté en su derecho de no considerarme, y con razón, uno de sus leales ciudadanos, cada año por estas fechas le deseo, por lo visto sin éxito, que se le aparezcan los tres fantasmas de la Navidad: el del pasado, para que recuerde esta ciudad de los astilleros, las conserveras, el ombligo pesquero del mundo, la Citroën en pleno auge de empleo de calidad; el del presente, para que le vaya mostrando parados, colas del hambre, seres humanos sin techo, autónomos con el agua al cuello, invisibles entre el despliegue resplandeciente de bombillas led; el del futuro, para un propósito de enmienda que, a riesgo de perder tifosi en las urnas, ¡hay que ir indo, Abel¡, le permita dejar huellas en la historia de mi ciudad y la de otros 300 mil convecinos y convecinas que, año tras año, cuando se produce el apagado de las luces, se sume en las sombras de una decadencia, sin prisa, pero sin pausa, que amenaza a esos deslumbrados niños y niñas que, estos días, en esta ciudad donde vive la Navidad, no sospechan la posibilidad de que, en esa misma ciudad, pueda llegar un momento en el que no puedan vivir ellos.

Los cuentos, Don Abel, ya se sabe: pueden acabar bien, como el de Mister Dickens, o fatal, como los de Edgar Allan Poe. @mundiario 

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