El coro de los colegiados en el conservadurismo desentona

Los selectos dan el cante; cuando más se los necesita se empeñan en dar la nota con sus cantinelas.
Pleno del Senado. / RR.SS.
Pleno del Senado. / RR.SS.

Para todos los melómanos, no hay peor cosa que el desconcierto: que el programa de mano diga una cosa y que lo que se está oyendo y viendo no concuerde, y suene mal, desaforadamente mal. No obstante, también sucede que el barullo y el ruido  pueden ser, a veces, muestra de alguna performance museística destinada a reflexionar y aprender. En lo que toca a la vida sociopolítica en que estamos inmersos,  cada vez es más difícil distinguir la línea divisoria entre lo uno y lo otro. Actores políticos hay que ensayan cómo remedar a las provocadoras piezas de arte contemporáneo y lo que corearon en el Senado ante el ministro Félix Bolaños debió ser  para que meditáramos en el presente incierto. El problema es que fue áspero y desnortado, mucho más que cuando en conciertos supuestamente transgresores, la ejecución orquestal resulta insufriblemente mala.

Estos saraos hacen recordar antiguas experiencias de veladas escolares, más o menos voluntariosas; frecuentes en centros privados en los años cuarenta y cincuenta, eran parte del currículum de “los selectos”. Uno de los  mentores de sus colegios había mostrado  predilección por el alumnado de las capas medio altas de la sociedad, porque podría ser portador de sano influjo al resto de la sociedad, en gran parte apenas escolarizada. Su aristocracia espiritual –decía- se extendería  “sobre la servidumbre, sobre los subordinados, sobre las amistades, sobre la sociedad, en la política, en la literatura” y en todo. Con esta inclinación de arriba abajo –cual nuevo despotismo ilustrador-, el orden social impregnaría las familias y las organizaciones; los asuntos que importan –los que marcan la jerarquía del poder real en la sociedad- seguirían estando como siempre en las manos debidas. Las genealogías culturales y educadoras de muchos de los responsables de eventos recientes como los que han tenido lugar  en el entorno del Senado, los vinculan a estas pedagogías nacidas, a comienzos del siglo XX, con preocupación por colonizar al resto de la sociedad.

Estos días, aparte de la performance mencionada, ha habido otro espectáculo en la misma Cámara, que trajo al recuerdo aquel pasado, empeñado en regresar. Sus protagonistas, de parecido pedigree, aprovecharon la ocasión para mostrar su fuerte intención de modificar el rumbo de cuanto haya avanzado la democracia cultural, científica y social en más de 200 años. “Avanzar” se refiere aquí simplemente a la renovación cognitiva y científica, legislativa y cultural, pedagógica y social, habida en el transcurso de generaciones anteriores a la actualmente más activa. Ponga cada cual en ese hilo del tiempo los que considere cambios relevantes. Por ejemplo, que la primera ley social española es de 1900 para atender  los problemas que generaban los Accidentes de Trabajo –sobre todo, las frecuentes muertes de los asalariados-; hasta entonces nadie se responsabilizara de nada, tampoco de los problemas que pudieran sobrevenir a las familias. Piénsese, igualmente, en cambios producidos por avances en el estudio de la salud a causa de descubrimientos como  el de la Penicilina en 1928, fundamental para erradicar bacterias peligrosas. Para acertar en la tendencia que quieren imprimir a la evolución social y política estos profetas de los tiempos nuevos, no se olvide, asimismo, lo incompleta y excluyente que ha sido la educación española desde 1857, en que subió a La Gaceta la Ley general de Claudio Moyano. La erradicación del analfabetismo fue tan lenta, que la extensión completa de la enseñanza universal obligatoria hasta los catorce años apenas se logró hacia 1989-1990, lo que no ha impedido que el semianalfabetismo llegara hasta hoy ampliamente. Como si no causara múltiples problemas individuales y sociales, la cantidad de fracasos y abandonos del sistema escolar a destiempo siguen esperando quien los atienda.

Para potenciar esa tradición –en un momento en que asuntos como la dana debieran centrar la atención en cuestiones urgentes- estos selectos alumnos y alumnas, en coherencia con las doctrinas en que fueron educados de críos, han escenificado su inquietud en la sala más histórica del Senado. A algún avispado debió parecerle que el ambiente sociopolítico del momento, más el despiste de no pocos de los que frecuentan el lugar, propiciaban  emitir sin rubor su nostalgia de los años de colegio, rodeados de colegas de su nivel y sin mezclas con estratos sociales inferiores. No se entiende, si no, que hayan podio emitir en lugar tan principal su discurso en torno al origen de la Tierra y, de seguido, tanta frustración por que los derechos humanos se hayan equilibrado algo; que haya leyes que han ampliado significativamente la libertad de vivir de modo menos coaccionado, les produce sarpullidos. Tienen “cargo de conciencia” por no ser suficientemente “carcas” –es decir, ultras-, reacios a que haya quienes puedan vivir sin pedirles permiso, liberados de miedos y torpezas.

Lo más extraño de este evento –y de otras formas demostrativas del poderío de sus protagonistas- es que, en vez de haber acontecido en un espacio privado, haya tenido lugar en  un espacio público, cuya dignidad como cámara de representación democrática para el debate de los problemas de todos ha sido suplantada. No parece que el Senado -con tantos hechos nefastos por medio antes de la restauración política actual-, hubiera nacido en 1835 para que en 2024 se invocara la necesidad de volver a una “Red política de valores” propia de las constricciones feudales anteriores a la caída del Antiguo Régimen. Este lugar de la soberanía popular, en vez de ser utilizado para promover proyectos que favorezcan la convivencia de españoles y no españoles,  ha valido para promocionar negacionismos y cerrazón en casi todos los campos de la existencia. Mayor Oreja, preboste de este club internacional de ultras selectos, dijo: “Estamos ganando”.

Hubo, asimismo, quien invocó “la libertad de expresión” para explicar lo acontecido, fuera por estar acorde o por favor a este lobby. Pero este desvergonzado pretexto es tan exótico como dar preferencia a la ignorancia, aunque sea aberrante, sobre cualquier conocimiento sólido y contrastable. Tanta complicidad concuerda con políticas como las que promueve la Comunidad de Madrid –punta de lanza de muchas otras-, donde a la Universidad pública se la asfixia mientras se da cancha a una variedad de privadas, ansiosas de negocio rápido y sin obligación de investigar, decisiones estas protegidas, además, por las que hacen que el sistema público escolar no sea de todos y para todos. El conjunto muestra un proyecto ideado para que quienes tengan hijos e hijas en edades de estudiar entiendan que el que quiera saber algo ha de pagárselo, y que quien no pueda está destinado al “fracaso”. En esta cruzada preventiva no interesa que la ciudadanía aprenda si le interesa votar a alguien o no, sino que, cuando la convoquen a las urnas, se deje llevar por las redes sociales e influencers de los selectos. Lo explicaba Luis Vives ya en su Epistolario (1514-1520): a este tipo de clanes, que viven de rentas de un rancio pasado, les encantan “los ciegos adeptos”. @mundiario

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