Plato del día

El comodín de los lados buenos de la historia

Nixon y Mao, Kennedy y Jruchov, Aznar y Bush, Sánchez y Xi Jinpings, siempre hubo y siempre habrá extraños compañeros de fotos enarbolando contradictorias versiones de sus lados buenos de la historia. Luego se marchitan las fotos, pasa la vida y llegan los historiadores, meticulosos, claro, para meter sus dedos, mejor dicho, sus plumas, en las respectivas llegas.
Utopías fotogénicas.
Utopías fotogénicas.

Ni es el primero, ni será el último de los hombres y mujeres que han hecho cumbre en el poder, durante siglos, utilizando métodos de sugestión colectiva para convencer a sus pueblos de que estaban avanzando por el lado bueno de la historia. De hecho, en los sucesivos códigos de circulación por la vida, a imagen y semejanza de los códigos de circulación por las carreteras, los pueblos han ido asumiendo, ¡a ver qué remedio!, las imposiciones de conducirse por la derecha o por la izquierda según sus distintas y distantes Direcciones Generales de tráfico por la historia.

Solo así se explica, por ejemplo, que la llamada cristiandad organizase sanguinarias cruzadas contra los infieles; que los vicarios de Alá prometiesen escaleras hasta el séptimo cielo a los alistados en los ejércitos de las Guerras Santas; que los Robespierre de turno asfaltasen los caminos, hacia el lado bueno de la historia, claro, con cabezas separadas de sus cuerpos por el ingenioso invento de Joseph Ignace Guillotin. En la época llamada Victoriana, sin ir tan lejos, los británicos vivián convencidos de que su lado bueno de la historia consistía en agrandar el imperio arrasando vidas, haciendas, tribus, al grito de ¡Dios salve a la Reina! Y llegó la I Gran Guerra, y la Segunda, y millones y millones de caídos en actos de servicio a dos lados de la historia separados por un muro, no sé te acuerdas, entre cuyos dos lados, practicando una innovación bélica bautizada como Guerra Fría, practicaron un pulso por ocupar el papel de los buenos en las páginas sucesivas de la historia de la humanidad.

A Pedro Sánchez, por ejemplo, le está sonando bien en los últimos tiempos esa música, y le ha puesto letra para intentar llevar a su manada ideológica por el camino correcto hacia las urnas. Lo que pasa es que, la historia, sus lados buenos, malos, correctos, incorrectos o regulares, qué quieres que te diga, es inescrutable. A un pueblo que dio a luz a Goethe, a Kant, a Beethoven, gente así, le salió de repente un cabo chusquero, carne genocida de psiquiatra que, por caminos inauditos, se inventó una tierra prometida regada por ríos de sangre y lágrimas de judíos. A un pueblo que dio a luz a Tolstoi, Dostoievski, Chaikovski, gente de esa, le salió de repente un tal Stalin que le prometió un cielo comunista y, ya ves, acabó recluyéndolo en un purgatorio, o sea, un estado de purgas masivas indiscriminadas a todos y a todo lo que se movía sin su permiso.

Esto es el compendio reducido a la mínima expresión de individuos, inexplicablemente convertidos (a puro huevo o a puro voto) en dioses de los diferentes olimpos que, irremediablemente, con alguna que otra excepción, confunden su personal e intransferible lado bueno de la historia con los genuinos y colectivos lados buenos de la historia de sus pueblos. Ahora mismo, un tal Donald Trump y su peculiar lado bueno de la historia, que ha pasado por el detector popular de las urnas, nos está demostrando a la humanidad que obras son amores y no buenas razones, grandilocuentes anuncios desde una Casa Blanca, cartas desde una Moncloa o cuentas y cuentos chinos, curiosamente desde el país con la inexpugnable muralla más larga jamás construida, por parte de un señor aficionado, casualmente, a levantar MUROS. Debe ser que Dios los crea y ellos se juntan: Nixon y Mao, Kennedy y Jruchov, Aznar y Bush, Sánchez y Xi Jinping

El problema de la historia es precisamente ese, oye: que no se entera uno mientras la está viviendo, pero luego, con el paso de los años, sus descendientes descubren las costuras, los zurcidos, los agujeros negros que salen a la luz cuando, un metódico y meticuloso historiador, de esos apasionados por la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, la plasma, negro sobe blanco, dejando en evidencia ¡tal como éramos!, ¡tal como estamos siendo!, en estos años de luces y sombras entre dos siglos (el XX y el XXI), y a merced de tantas siglas. @mundiario

Comentarios