Cómo asombrarse del auge ultra entre los jóvenes
Yo, que apenas escribo de política; que me refiero a mis aventuras y desventuras de un cascarrabias próximo a la jubilación, que me gusta escribir de mis cosas y las cosas de la gente normal, corriente ysencilla, resulta que mis tripas no me dejan. Siempre he sido como Groucho Marx en I’m against it, aquí estoy, poniendo colofón con la reunión de presidentes. O algo así.
Hay quien aún se lleva las manos a la cabeza —con retardo teatral y ceja arqueada— al descubrir que una parte muy creciente de nuestra juventud está cayendo, sin demasiada resistencia, en brazos del ultranacionalismo. La noticia los sorprende tanto como si un gato cayera de pie o si el agua mojara. Se preguntan, con dramatismo casi operístico, cómo ha podido ocurrir esto. ¿Cómo pueden estos jóvenes formados en democracia, rodeados de información y globalizados hasta el tuétano, caer en discursos simplistas, belicosos y excluyentes? ¿No fue suficiente con el siglo XX?
Pero, en realidad, la pregunta más honesta sería: ¿cómo no iba a pasar?
Si uno se asoma a la escena política contemporánea —y por escena no hablamos de metafísica sino de teatro, vodevil o, en ocasiones, circo de baja estofa—, es difícil no ver que la reacción juvenil al despropósito institucional no solo es comprensible, sino hasta previsible. Algunos lo llaman reacción pendular; otros, hartazgo. Pero, como en toda buena tragedia, los síntomas estaban ahí desde hace tiempo. Lo que faltaba era el desenlace.
Una clase política para llorar (o reír)
El primer ingrediente de esta receta es, naturalmente, la clase política. Esa galería de rostros que, salvo honrosas excepciones —existen, aunque tienden a extinguirse como los pandas—, se ha dedicado con fervor a desautorizar el principio básico de la representación democrática: que se debe gobernar para el pueblo, y no para la propia supervivencia electoral o, peor aún, para el aplauso del plató.
Hemos visto ministros que no conocen sus competencias, diputados que confunden el Congreso con un karaoke mal iluminado y senadores cuya única misión parece ser alcanzar la mayor viralidad en X con ocurrencias de nivel parvulario. La política se ha transformado en una maquinaria de ruido constante, donde lo importante no es lo que se hace, sino cómo se parece que se hace. A base de insultos que zahieren.
Con este clima, ¿qué modelo de conducta se está ofreciendo a un joven de 16 años – que fuma, bebe, y pega tiros, nos guste o no - y que intenta entender el mundo? ¿El del político que cambia de opinión como quien cambia de filtro de Meta? ¿El del diputado que insulta más alto que su contrincante? ¿El de la ministra que utiliza su cargo para hacer activismo de consigna, sin saber ni gestionar lo que le toca?
Y que nadie crea que esto se limita a una ideología u otra: la mediocridad se ha democratizado con entusiasmo. Los partidos de derechas practican la hipocresía con la misma soltura con que los de izquierdas venden utopías fabricadas en Silicon Valley. Los centristas, cuando aparecen, solo sirven para certificar que el vacío también puede ser político.
El relato roto y la esperanza agujereada
A lo largo del tiempo, las sociedades han necesitado relatos compartidos que les doten de cierta coherencia, una línea de puntos que conecte pasado, presente y futuro. En otros tiempos, ese relato podía ser la reconstrucción nacional, la defensa de las libertades, la entrada en la Unión Europea o la esperanza de una movilidad social ascendente. Hoy, todos esos relatos se han roto o han sido troceados y vendidos al mejor postor.
¿Qué le queda, entonces, a un joven? Un sistema educativo lleno de parches, precariedad laboral como horizonte, alquileres imposibles y un futuro medioambiental en caída libre. A eso se suma una constante campaña de desprestigio de las instituciones —a menudo merecida, otras tantas irresponsablemente alimentada desde las propias tribunas políticas—. No es de extrañar que muchos jóvenes acaben desconectados del relato común y empiecen a buscar otros relatos alternativos, por más erráticos o agresivos que sean.
Y allí está el ultranacionalismo, siempre dispuesto, como un viejo buitre paciente. Les ofrece una narrativa simple: "la culpa la tienen los otros", ya sean inmigrantes, élites, feministas, ecologistas, burócratas de Bruselas o el vecino que vota diferente. Les ofrece identidad, pertenencia, y sobre todo, culpables. Y lo hace con una estética envolvente, con redes sociales bien aceitados, con influencers patrióticos que saben manejar el algoritmo mejor que muchos profesores de Historia.
Cuando el vodevil sustituye a la política
Hay que decirlo sin ambages: lo que tenemos no es política, sino una prolongación del prime time televisivo. Cada semana es un episodio nuevo de la serie del poder, con sus cliffhangers, sus traiciones, sus giros de guion. El problema es que, a diferencia de las series, aquí el coste no es emocional, sino real: políticas públicas mal diseñadas, gasto descontrolado, polarización social y un debate público convertido en ring de boxeo.
Mientras tanto, la juventud asiste al espectáculo sin participación ni representación. Se les utiliza como excusa en discursos (“lo hacemos por nuestros jóvenes”), pero no se les escucha, no se les consulta, no se les integra. El resultado es una generación que siente que la democracia es un club privado donde solo entran los que ya estaban dentro. ¿Y qué hace el que se siente excluido de un sistema? Lo rechaza. A veces con apatía, otras con rabia. Y esa rabia es combustible perfecto para los discursos radicales.
La ironía final
La ironía de todo esto es doble. Por un lado, tenemos a una clase política que finge sorpresa ante el ascenso del extremismo juvenil cuando ha hecho todo lo posible por alimentarlo. Por otro, tenemos a una parte del electorado que, después de décadas votando a incompetentes, se pregunta ahora por qué el país parece un barco sin timón.
El problema no son solo los jóvenes que giran hacia el ultranacionalismo, sino el ecosistema político y mediático que les empuja en esa dirección. Un sistema que ha perdido toda capacidad de autocorrección, que responde al descrédito con más espectáculo y al fracaso con más promesas vacías.
Se exige a la juventud que confíe en instituciones que no confían ni en sí mismas. Se les pide que respeten reglas que los propios líderes ignoran. Se les conmina a votar cuando todo el engranaje parece diseñado para ignorar sus necesidades. En ese contexto, que busquen alternativas, por muy peligrosas que sean, es tan natural como previsible.
¿Y ahora qué?
Si realmente queremos evitar que las generaciones venideras abracen con fervor ideologías excluyentes, no bastará con rasgarse las vestiduras o con crear campañas institucionales de cartón piedra. Hará falta algo más: ejemplaridad, coherencia, proyectos reales de futuro.
Hay que dignificar la política, no convertirla en entretenimiento. Hay que ofrecer modelos de liderazgo basados en la competencia y el servicio público, no en el narcisismo y el titular fácil. Hay que dejar de utilizar a los jóvenes como herramienta electoral y empezar a tomarlos en serio como ciudadanos plenos.
Pero, sobre todo, hay que dejar de fingir sorpresa. Porque si no hacemos nada, si seguimos asistiendo a este espectáculo grotesco sin cambiar el guion, la verdadera sorpresa será otra: cuando el monstruo que ayudamos a engendrar se sienta cómodo en el poder. Y entonces, sí, será tarde para asombrarse.
El asombro como coartada
En el fondo, la sorpresa ante el auge de los extremismos juveniles no es más que una coartada. Una forma de lavarse las manos y evitar hacerse las preguntas incómodas. Porque si aceptáramos que el monstruo ha crecido alimentado por nuestro propio sistema, tendríamos que mirar al espejo. Y eso, en la política contemporánea, es lo único verdaderamente revolucionario.
Así que sí, sigamos fingiendo sorpresa. Como quien ve llover y se indigna por mojarse. Como quien alimenta al lobo y se extraña de que devore. Como quien prefiere el vodevil al drama, siempre y cuando no le toque pagar la entrada. Pero no pidamos, por favor, que los jóvenes no aplaudan cuando el espectáculo les parece el único sentido posible. Porque de ilusión también se vive, pero de hartazgo se vota.
P.S.- Un aplauso enorme por la acción de Ayuso con Mónica Garcia, si es cierto que los motivos han sido los que dicen que fueron, todos los medios de comunicación. @mundiario