Colaborar es cosa de algoritmos
Colaborar no es una condición exclusivamente humana. De hecho, tejidos, moléculas, máquinas y piezas colaboran continuamente para hacernos la vida más fácil.
Colaborar no es una condición exclusivamente humana. De hecho, tejidos, moléculas, máquinas y piezas colaboran continuamente para hacernos la vida más fácil.
Piense por un momento en la maravilla que supone que usted respire sin darse cuenta, que cuando bebe agua deja de tener sed, o bien en la actividad cotidiana de subir o bajar en un ascensor. Para que este tipo de cosas sucedan, los algoritmos colaboran, participan y comparten sus recursos.
“Colaborar” se refiere a realizar conjuntamente una tarea, mientras que “Participar” matiza que el nivel de implicación debe ser similar. Así, “Compartir” trata de ofrecer a un tercero algo que es de uno.
Así pues, por definición, los algoritmos han nacido para colaborar, participar y compartir.
Para que quede clara la intencionalidad colaborativa de los algoritmos, quizás sea necesario determinar que un algoritmo es una función matemática que trata los resultados como variables de una nueva ecuación.
TODAS LAS PIEZAS SON IMPORTANTES
Un ejemplo muy claro lo tenemos en diversas plataformas de reclutamiento. Su apariencia es fantástica y su capacidad para cruzar o filtrar datos resulta excepcional. Pero cuando analizamos “su cerebro”, nos encontramos con “2 neuronas” envejecidas que sólo alcanzan a sumar y a restar. ¿La razón de dicha debilidad? No tener en consideración los algoritmos del modelo sináptico, o mejor dicho, “falta una pieza”.
Sería muy complicado que una sola entidad se erigiese como líder en todos y en cada uno de los elementos que componen un producto, o este tipo de plataformas. De ahí que lo aconsejable sea que diferentes empresas especializadas colaboren, participen y compartan sus recursos para obtener un beneficio mutuo y ofrecer satisfacción al resto del mundo. Para ello son necesarias dos cosas: Voluntad y Normalización.
Como sabe, la voluntad es el motor de la acción. Así que si carece de ella, poco o nada hará.
En cuanto a la normalización le diré que estamos obligados a estandarizar la mayoría de los criterios para no convertir la construcción de una simple cafetera en un conflicto internacional.
Así, resulta prioritario que las piezas se entiendan entre sí y no tanto las personas. Para ello, hay que renunciar a cierta retórica que se esfuerza en alejarnos de los obvio y hacer lo posible para acercarnos a una integración de sistemas.
No hay nada más inútil que intentar poner de acuerdo a un enchufe español con una clavija inglesa. Lo dicho… Voluntad y Normalización.
Debe saber que “todas las piezas son importantes por pequeñas que sean”. Se lo digo porque si algún día usted sale a practicar buceo, llevará su botella, su regulador, su traje de neopreno, sus gafas, su jacket, sus aletas, etc… pero como le falte la junta tórica (pequeño aro de goma del tamaño de un anillo), no podrá bucear.
Por ejemplo, en el sector informático es sabido que un excelente microprocesador, una magnífica tarjeta gráfica, etc… teóricamente mejoran las prestaciones globales, pero si todas las piezas no están a la altura, difícilmente se podrá mostrar, en la práctica, la valía del conjunto.
ESTAMOS OBLIGADOS A COLABORAR
En los humanos, para colaborar hay que tener un objetivo que convenga a los colaboradores. En cambio, en los algoritmos, el aspecto relacionado con la conveniencia no existe. Simplemente se trata de asumir su cometido y enlazar un input con un output al más puro estilo de una “caja negra” en procesos.
De hecho, este funcionamiento tiene su reflejo en la funcionalidad neuronal. Una neurona, por si sola, no hace gran cosa. Necesita fuentes de apoyo (células gliales), un núcleo que hace de “batidora” y una vía de comunicación con canales de entrada y de salida.
Por lo tanto, los algoritmos no pueden trabajar solos. Necesitan una función concreta para transferir un dato de entrada y así ofrecer otro de salida, el cual será aprovechado por otro algoritmo para generar una cadena finita.
Trabajando con un gran número de cooperativas agrarias, entendí que a menudo colaborar no es compartir. De hecho, la mayoría de estas entidades se generaron como baluarte defensor de los intereses de pequeños agricultores contra los intereses de grandes agentes no cooperativistas. Ya sabe… La unión hace la fuerza, salvo cuando los que se unen carecen de dicha fuerza. Es como la paradoja del náufrago. Le cuento brevemente… “Un náufrago se encontró con otro náufrago y al cabo de dos días sólo quedaba un náufrago”.
Piense por un momento en la maravilla que supone que usted apriete un interruptor y que una bombilla se encienda iluminando una estancia. Debe saber que esto es posible gracias a que diferentes algoritmos se han entendido.
¿Cuánta gente habrá participado en este “milagro”? ¿Cuánta gente habrá colaborado para que usted no tropiece cuando va al baño por la noche? ¿Cuánta gente habrá compartido su conocimiento? La respuesta es: Mucha.
Por lo tanto, tengamos claro que en nuestras fortalezas se fraguan amenazas y que en nuestras debilidades también se cuecen algunas oportunidades. @mundiario


