Cogobernanza: todos al mando, nadie al frente
En España hemos elevado la cogobernanza a dogma político. Se repite en discursos, se reivindica como fórmula de modernidad y se presenta como el camino natural en un Estado descentralizado. Y, sin embargo, cada vez que una tragedia golpea —un incendio que devora miles de hectáreas, una dana que arrasa pueblos enteros o una crisis sanitaria que pone en jaque al sistema—, la cogobernanza se revela como lo que, en la práctica, ha llegado a ser: un laberinto competencial donde todos están al mando, pero nadie al frente.
Basta repasar cómo gestionamos las emergencias. En los incendios forestales, la prevención y extinción recaen en las comunidades autónomas, mientras el Estado actúa de apoyo con medios aéreos, brigadas y la UME. Sobre el papel, suena equilibrado; en la realidad, los huecos entre un nivel y otro se llenan con reproches. Si se reacciona tarde, la culpa es de quien no pidió ayuda antes. Si los refuerzos no llegan a tiempo, es que Madrid no movió ficha. El fuego avanza más rápido que la burocracia.
Con las inundaciones extremas, como en las recientes dana, el esquema es aún más enrevesado: el Estado gestiona las cuencas intercomunitarias, las comunidades las intracomunitarias, y los ayuntamientos el drenaje urbano. Tres relojes que nunca dan la misma hora. Y cuando el agua se lleva por delante casas, cosechas y vidas, el debate no es qué hacer mañana para que no se repita, sino a quién le tocaba hacer qué ayer.
La sanidad pública durante la pandemia fue otro ejemplo. El Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud se convirtió en una sala de espejos: decisiones lentas, criterios dispares, acuerdos que se anunciaban a la vez que las discrepancias. El “acordar entre todos” acabó significando “esperar a que todos se pongan de acuerdo”, en plena emergencia.
El patrón es claro: anticipación débil, mando ambiguo, datos inconexos y, sobre todo, ausencia de autocrítica. Después de cada crisis, no hay una auditoría pública con nombres, cifras y plazos; hay ruedas de prensa y declaraciones de buenas intenciones. En este modelo, la responsabilidad se diluye porque está compartida, y lo que se comparte demasiado se acaba cuidando poco.
No se trata de cuestionar la descentralización, sino de admitir que, en materia de emergencias, cuando todo es de todos, al final nada es de nadie. La cogobernanza, para ser eficaz, necesita mando claro, protocolos activables en minutos, datos únicos y consecuencias reales para quien incumpla. Mientras sigamos premiando el “yo no fui” por encima del “yo lo resolví”, seguiremos pagando, con vidas y con confianza, la factura de un sistema que, cuando más falta hace, no llega a tiempo. @mundiario


