El poder que no soporta el brillo ajeno

En la política, como en la vida, no siempre son los adversarios los que más incomodan: a menudo, el verdadero obstáculo proviene del interior, de quienes, en teoría, deberían remar en la misma dirección.
Dominó. / Pixabay.
Dominó. / Pixabay.

Como cada año, llegado finales de julio, les dejo descansar una semanas y me despido de ustedes, amables lectores, hasta septiembre. Pero no quiero hacerlo sin hacerles antes partícipes de una serie de reflexiones que me han ido surgiendo a la raíz de los últimos acontecimientos que estamos viviendo en España a nivel social y político.

Una de las sensaciones que he corroborado y han arraigado con fuerza en mí en las últimas semanas es que en política, como en la vida, no siempre incomodan los adversarios. A veces, los verdaderos obstáculos nacen en casa, entre quienes deberían remar en la misma dirección. Porque cuando el enemigo está en casa no se manifiesta con ataques abiertos y, por tanto, previsibles o defendibles, sino que lo hace con algo mucho más calculado: silencios estratégicos, gestos medidos, exclusiones que no se anuncian pero que todos entienden... Son mecanismos sutiles, casi invisibles, que marcan territorio y envían un mensaje claro: “ya no eres de los nuestros”.

El poder frágil -ese que no descansa sobre el mérito, sino sobre equilibrios internos y favores cruzados- no tolera aquello que no controla. No tolera a quien aporta valor sin pedir permiso, quien demuestra independencia y capacidad, porque desestabilizan el relato de quienes necesitan uniformizarlo todo a su alrededor. Así vemos frecuentemente, tanto en un espectro de la política como en el otro, como en lugar de sumar talentos, se les relega. En lugar de abrir espacios, se cierran puertas. No importa que compartas principios, ideas o incluso proyecto. Si no entras en la lógica de la obediencia, te conviertes en incómodo. Y en política, ser incómodo no es un adjetivo neutro; es una etiqueta que justifica el aislamiento.

Con todo, no solo me preocupa quien actúa con mezquindad. Me preocupa tanto o más la complicidad silenciosa de quienes, por miedo o comodidad, miran hacia otro lado. La política se llena de personas que saben que algo es injusto, pero prefieren callar para no contrariar al que ostenta el poder, por muy efímero que pueda ser. Se pliegan por conveniencia, aunque en el fondo sepan que contribuyen a perpetuar un modelo mediocre. Y así, con esa cadena de silencios, se consolidan liderazgos que no nacen de la autoridad moral o de la capacidad demostrada por la experiencia y la trayectoria, sino del miedo y la conveniencia.

Lo curioso es que quienes operan de esta forma siempre creen que ganan. Se sienten fuertes al reducir el círculo, al apartar a quien les incomoda, al controlar cada detalle. Pero no entienden que, en realidad, se están empobreciendo. Porque la política que excluye el talento no se fortalece, se debilita. Se vuelve una maquinaria endogámica, incapaz de abrirse a nuevas ideas y condenada a repetirse a sí misma hasta agotarse.

Sin embargo, mi irrenunciable condición de optimista -no exento de realismo- me lleva siempre a creer que lo auténtico, lo valioso y lo valiente, por mucho que se pretenda tapar, termina imponiéndose. Podrá demorarse, podrá verse eclipsado por maniobras oscuras, pero no desaparece. La coherencia, el trabajo bien hecho y la honestidad tienen una fuerza que trasciende vetos y exclusiones. Y muchas veces es precisamente en la adversidad cuando más claramente se revelan.

Quien necesita empequeñecer a los suyos para aparentar grandeza ya ha fracasado de antemano, aunque aún no lo sepa. Porque la verdadera autoridad no se impone; se reconoce. Y por más que incomode a algunos, por más que se intente forzar un relato contrario, el tiempo acaba poniendo cada cosa en su sitio. Lo ha hecho siempre. Y no dejará de hacerlo.

Disfruten del mes de agosto. Nos reencontramos en este mismo lugar el primer martes de septiembre. @mundiario

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