El BBVA tropieza por segunda vez en el Sabadell

El fracaso de la opa hostil deja al BBVA con solo un 25% del capital del Sabadell, un revés que refuerza la independencia del banco catalán y obliga a Carlos Torres a rediseñar su estrategia tras un golpe de reputación y confianza.
El pez grande devuelve el protagonismo al banco del caracol. / Mundiario
El pez grande devuelve el protagonismo al banco del caracol. / Mundiario

El gran duelo bancario de la década en España ha terminado con un desenlace rotundo: el BBVA ha fracasado en su opa sobre el Banco Sabadell. Ni la presión del mercado ni las promesas de eficiencia ni el músculo financiero del banco vasco han servido para conquistar al pequeño, que ha salido de esta batalla más fuerte y más unido. La oferta ha recibido la adhesión de apenas el 25,33% del capital del Sabadell, una cifra muy por debajo del 30% mínimo que el propio BBVA había fijado como condición para seguir adelante. Resultado: operación abortada, lección aprendida y un nuevo equilibrio en la banca española.

El Ministerio de Economía ha respetado la decisión de los accionistas sin aspavientos, pero Sumar, socio del PSOE en el Gobierno, ha celebrado abiertamente el desenlace. También lo ha hecho el presidente catalán, Salvador Illa, que ha aplaudido la continuidad de una entidad “arraigada en el territorio y clave para la economía productiva catalana”. El fracaso, sin paliativos, devuelve a escena la vieja metáfora del pez grande y el pez chico: el primero se lanzó a devorar, el segundo se protegió con su concha, como el caracol, y aguantó hasta que el intento resultó indigerible.

Una oferta que no sedujo a nadie

La historia de este fiasco se escribió con una mezcla de orgullo, cálculo y soberbia. El BBVA pretendía controlar el Sabadell con una propuesta que los analistas definieron como cicatera: una acción del banco vasco por cada 4,8376 del catalán. Desde el principio, Josep Oliu y su consejero delegado, César González-Bueno, defendieron que el Sabadell valía más en solitario que bajo el paraguas de un gigante como el BBVA. La táctica del caracol —replegarse, resistir y dejar pasar el ruido— funcionó.

El mercado, que suele hablar con frialdad matemática, coincidió con ellos. La posible expectativa de una segunda opa en efectivo, más generosa, llevó a muchos inversores a esperar. Pero esa segunda oferta nunca llegó. La indecisión del BBVA acabó por volverse en su contra. “Al dinero no le gusta el ruido”, dice el viejo aforismo. Y el ruido fue ensordecedor: oposición política casi unánime, resistencia sindical, desconfianza de los clientes y una opinión pública reacia a ver cómo otro símbolo financiero catalán cambiaba de manos.

En esas condiciones, los fondos internacionales, que suman cerca de un tercio del capital del Sabadell, optaron por no complicarse. La aceptación de la oferta fue mínima incluso entre aquellos que el BBVA daba por seguros. El resultado deja heridas en la cúpula del banco vasco y, especialmente, en su presidente, Carlos Torres, que ha hecho de esta operación una cruzada personal.

El segundo tropezón de Carlos Torres

No era la primera vez. En 2020, el Sabadell ya había rechazado un intento de fusión amistosa. Torres lo volvió a intentar en 2024, esta vez con una opa hostil, convencido de que el mercado y los accionistas acabarían inclinando la balanza. No ha ocurrido. Y la derrota, esta vez, duele más.

Durante el proceso, el BBVA incurrió en errores de comunicación y de cálculo. Primero, aseguró que no mejoraría la oferta, luego insinuó que podría hacerlo, y finalmente se vio forzado a admitir que no podía seguir adelante. Esa oscilación minó la confianza de los inversores y erosionó la imagen de un banquero que siempre había cultivado la reputación de prudente y fiable.

El propio Torres había explicado, en una entrevista en El País, que la operación solo tenía dos posibles resultados: éxito o fracaso. “No hay escenarios intermedios”, dijo entonces. Pues bien, el desenlace no admite matices. Con solo un 25% del capital y sin posibilidad legal de volver a intentarlo en al menos un año, el BBVA queda atrapado en una tierra de nadie.

El mercado, sorprendido, premia el fracaso

Paradójicamente, las acciones del BBVA han reaccionado al alza tras el fiasco: un 6,7% en Estados Unidos, reflejo del alivio de los inversores internacionales ante el final de una operación de difícil encaje financiero. Los analistas han interpretado el fracaso como una liberación de riesgo. Una segunda opa habría obligado al banco a realizar un gran desembolso en efectivo y a asumir una compleja integración de sistemas, plantillas y culturas corporativas.

Con la operación abortada, el BBVA ha anunciado que retoma su plan de retribución al accionista con fuerza renovada: recompras de acciones, dividendo récord y promesa de mantener la rentabilidad por encima del 15%. La estrategia parece clara: transformar la derrota en una exhibición de fortaleza financiera. Sin embargo, la herida reputacional no se cierra con dividendos. Torres queda tocado en su gran ambición: crear un campeón bancario español con dimensión europea.

La ironía es cruel: el BBVA, con su potencia global y su sólida posición en México y Turquía, vuelve a ser, en términos prácticos, un banco mexicano con sede en España. Y deberá reinventar su relato para reforzar su peso en el mercado doméstico.

El Sabadell gana tiempo y prestigio

El otro lado de la historia es el del Sabadell, que emerge de la opa con su independencia intacta y un liderazgo reforzado. La victoria no es solo simbólica: la entidad catalana ha demostrado que puede plantar cara a un gigante y mantener la confianza del mercado. Ahora deberá gestionar con inteligencia su éxito. Su cotización podría corregirse a corto plazo, pero su posición estratégica se ha consolidado.

Oliu y González-Bueno saben que no pueden vivir del triunfo. La banca, como la política, no perdona la complacencia. El Sabadell tendrá que seguir creciendo, ya sea mediante alianzas tecnológicas, acuerdos sectoriales o una eventual consolidación amistosa con otras entidades medianas. La clave estará en demostrar que su modelo —orientado a pymes, banca de proximidad y digitalización— es sostenible sin el paraguas de un gran grupo.

La lección del ruido

El episodio deja una enseñanza más amplia sobre el ecosistema financiero español. Ni los fondos ni los reguladores ni la sociedad civil estaban dispuestos a aceptar una operación percibida como hostil y desequilibrada. En un país donde la sensibilidad territorial y la desconfianza hacia los grandes bancos siguen vivas, el intento del BBVA ha chocado con un muro invisible de prudencia y orgullo local.

El Sabadell ha jugado con inteligencia esa carta: apeló a su identidad, se rodeó de apoyos políticos y transmitió una idea poderosa: su independencia era también una garantía para sus clientes. El BBVA, por el contrario, pareció no medir el impacto simbólico de su ofensiva, lanzada en plena campaña electoral europea y en un contexto político polarizado.

La operación ha dejado huella. El Sabadell ha demostrado que el tamaño no lo es todo, y que la identidad —esa palabra que tanto se usa en Cataluña y tan poco en los mercados— sigue teniendo valor. El BBVA, mientras tanto, ha aprendido que incluso los gigantes deben medir sus zancadas cuando pisan terreno ajeno.

En la banca, como en la vida, no siempre gana el más grande. A veces vence quien sabe esperar. El caracol, esta vez, le ganó la carrera al pez gordo. La ilustración de MUNDIARIO así lo constata. @mundiario

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