Acuerdo europeo para endeudarse y sostener a Ucrania

La emisión de 90.000 millones en deuda común es una decisión existencial para la credibilidad europea. Confirma las limitaciones estructurales de la UE, pero también su capacidad para reaccionar cuando lo esencial está en juego.
Ilustración sobre una Europa que avanza a trompicones, pero avanza. / Mundiario
Ilustración sobre una Europa que avanza a trompicones, pero avanza. / Mundiario

Europa vuelve a demostrar que no avanza en línea recta. Lo hace a golpes de crisis, negociaciones interminables y soluciones imperfectas. Esta semana ha sido un nuevo ejemplo. El acuerdo del Consejo Europeo para endeudar a la Unión en 90.000 millones de euros con el fin de sostener financiera y militarmente a Ucrania no es el resultado de una arquitectura política sólida y ágil, sino de un sistema inevitablemente complejo: una unión de 27 Estados con 27 Parlamentos soberanos y gobiernos que, en muchos casos, carecen de mayorías claras en casa. Así se explica que cada decisión estratégica llegue tarde, con fisuras y tras noches en vela.

Pero que el proceso sea confuso no resta importancia al fondo. Al contrario. El paso dado en Bruselas es de una relevancia histórica. Sin ese oxígeno financiero, Ucrania se encaminaba a la bancarrota en cuestión de meses, lo que habría hecho inviable su defensa frente a la agresión rusa. Y sin Ucrania en pie, la Unión Europea habría perdido toda credibilidad: ante Vladímir Putin, pero también ante un Donald Trump decidido a forzar un final rápido del conflicto a costa de concesiones territoriales y del debilitamiento europeo.

En este sentido, la decisión tiene un claro valor existencial. Europa ha recordado, quizá de forma implícita, la lección de 1938, cuando las democracias occidentales creyeron que cediendo ante Hitler evitarían la guerra. La historia demostró lo contrario. Hoy, sostener a Ucrania no garantiza la paz, pero abandonarla casi con seguridad conduciría a un escenario peor.

El acuerdo, sin embargo, dista de ser ideal. Muchos líderes –entre ellos el canciller alemán Friedrich Merz y la presidenta de la Comisión– defendían utilizar directamente los cerca de 210.000 millones de euros en activos rusos congelados desde el inicio de la invasión. Habría sido más contundente, más barato para la UE y políticamente demoledor para Moscú. No ha sido posible. Bélgica teme los contenciosos legales derivados de que gran parte de esos fondos estén depositados en entidades bajo su jurisdicción. Hungría, Chequia y Eslovaquia se opusieron frontalmente. Italia mostró serias reticencias. El resultado fue un compromiso agotador, cerrado de madrugada.

Los activos rusos seguirán congelados

La solución acordada no es irrelevante. Ucrania no pagará intereses hasta que Rusia asuma reparaciones por la guerra, algo que hoy parece lejano, y los activos rusos seguirán congelados como garantía última del préstamo. Además, la emisión de deuda conjunta supone un nuevo paso –aunque más modesto que el de los fondos Next Generation EU– hacia una mayor integración fiscal. Alemania, tradicionalmente reacia a este tipo de instrumentos, lo ha aceptado. No era su opción preferida, pero ha entendido que el coste de no hacer nada sería mayor.

Hungría, Chequia y Eslovaquia se autoexcluyen del esfuerzo común y no asumirán carga alguna del crédito

Como subrayó António Costa, presidente del Consejo Europeo, la Unión cumple lo prometido: apoyar a Ucrania con hechos y con dinero. No todos, eso sí. Hungría, Chequia y Eslovaquia se autoexcluyen del esfuerzo común y no asumirán carga alguna del crédito. El resultado es, en la práctica, una operación de una “coalición de voluntarios”, una fórmula que podría ampliarse en el futuro a países como el Reino Unido o Canadá. No es la Europa ideal, pero es la Europa posible.

Aplazamientos en el coche eléctrico y en el Mercosur

Ese mismo patrón se repite en otros frentes. La Comisión ha decidido esta semana flexibilizar el calendario del pacto verde y retrasar el fin de los coches de combustión más allá de 2035, aunque exigiendo una reducción del 90% de las emisiones respecto a 2021. No es el escenario soñado por los defensores del todo eléctrico, y Pedro Sánchez ha hablado de error histórico. Pero la industria del automóvil, clave en empleo y competitividad en países como España, advierte de que sin ese margen frente a la presión china, el futuro –también el eléctrico– sería más incierto.

Más inquietante resulta el nuevo aplazamiento del acuerdo comercial con Mercosur, bloqueado desde hace más de dos décadas. La oposición francesa, impulsada por la presión de su sector agrícola, vuelve a frenar un pacto que reforzaría la posición global de la UE como primera potencia comercial. Un retraso indefinido erosionaría seriamente su autoridad moral en un mundo cada vez más proteccionista.

Los 90.000 millones aprobados difícilmente bastarán para forzar a Putin a negociar una paz justa y duradera, pero no hay que despreciar lo conseguido

Europa, en definitiva, no ofrece una imagen de potencia decidida y homogénea. Sus grietas internas, especialmente las que abre el frente ultra y filorruso, son evidentes. Y los 90.000 millones aprobados difícilmente bastarán para forzar a Putin a negociar una paz justa y duradera. Pero conviene no despreciar lo conseguido. En un contexto de presión externa y división interna, la Unión Europea ha optado por lo posible frente a lo perfecto. En política, a menudo, esa es la única forma real de avanzar. @mundiario

Comentarios