8-M en España: feminismo, igualdad y democracia frente al ruido del mundo

Miles de personas vuelven a salir a las calles en Madrid, Barcelona y A Coruña para reivindicar derechos conquistados, denunciar la violencia machista y alertar de los riesgos de retroceso en un contexto internacional marcado por las guerras y el auge de la extrema derecha.
Manifestación del 8-M en A Coruña. / Xurxo Lobato
Manifestación del 8-M en A Coruña. / Xurxo Lobato

Cada 8 de marzo las calles de España vuelven a teñirse de violeta, pero el significado de esa imagen nunca es exactamente el mismo. Este año, el Día Internacional de la Mujer ha tenido un eco particular. Miles de personas se han manifestado en ciudades como Madrid, Barcelona o A Coruña para reclamar igualdad, denunciar la violencia machista y recordar que los avances logrados en las últimas décadas no están definitivamente asegurados. En un mundo marcado por las guerras, la polarización política y el avance de discursos reaccionarios, el feminismo vuelve a presentarse como un espacio de resistencia cívica y de reivindicación democrática.

Las manifestaciones han mantenido el tono habitual de denuncia contra la desigualdad estructural que todavía afecta a las mujeres: brecha salarial, precariedad laboral, violencia de género o discriminación social. Pero este año las pancartas y consignas han incorporado con especial fuerza otro mensaje: la defensa de la paz y la preocupación por un contexto internacional que muchas participantes consideran inquietante.

La guerra en Irán, que se suma a los conflictos de Ucrania y Gaza, ha atravesado muchos de los discursos pronunciados durante la jornada. “No a la guerra” o “Feministas contra el fascismo” se escuchaban en diferentes marchas, junto a mensajes de solidaridad con las mujeres de países donde la violencia armada o los regímenes autoritarios agravan la vulnerabilidad de quienes ya sufren discriminación por razón de género.

El feminismo vuelve a ocupar las calles para recordar que los derechos de las mujeres nunca están garantizados para siempre

En Madrid, la capital volvió a ser escenario de una de las movilizaciones más multitudinarias. Decenas de miles de personas recorrieron las calles en una jornada que, como ocurre desde hace varios años, volvió a reflejar las divisiones internas del feminismo español. Dos manifestaciones diferentes expresaron posiciones distintas sobre cuestiones como la ley trans o el modelo legal para abordar la prostitución. Sin embargo, ambas coincidieron en un diagnóstico común: la igualdad entre hombres y mujeres sigue siendo una tarea pendiente.

En la marcha más numerosa se escucharon consignas contra el machismo y el fascismo, mientras que otras reivindicaciones apelaban a la defensa de los derechos sexuales y de género. La manifestación paralela, convocada por colectivos críticos con la legislación trans, centró buena parte de su discurso en la abolición de la prostitución y en la denuncia de lo que consideran una amenaza para los derechos basados en el sexo. La coexistencia de ambas convocatorias refleja las tensiones de un movimiento diverso, pero también la vitalidad de un debate que sigue atravesando la agenda pública.

Para muchas de las asistentes, la jornada tenía además un fuerte componente generacional. Algunas mujeres mayores recordaban los años en que los derechos que hoy se consideran básicos apenas existían. “Nada de lo que hemos logrado está garantizado”, advertían. La memoria de los avances conquistados en democracia convive con la sensación de que el retroceso es posible.

Barcelona vivió una movilización igualmente numerosa, con miles de personas recorriendo el centro de la ciudad entre música, batucadas y pancartas. El ambiente fue festivo, pero también reivindicativo. La marcha, encabezada por colectivos feministas y transfeministas, insistió en la necesidad de defender los derechos sociales, políticos y laborales de las mujeres y de las diversidades sexuales frente a lo que muchas organizaciones consideran una ola reaccionaria global.

Entre divisiones internas, el movimiento mantiene un objetivo común: defender la igualdad frente a la violencia, el machismo y los discursos reaccionarios

Entre las participantes abundaban las jóvenes. Algunas señalaban una preocupación creciente: la percepción de que ciertos discursos machistas vuelven a ganar terreno entre las nuevas generaciones. Comentarios sexistas, burlas hacia el feminismo o el uso de términos despectivos se han convertido, según denuncian, en señales de alerta sobre la persistencia de estereotipos que se creían superados.

También en Galicia el 8-M volvió a tener una amplia presencia social. A Coruña acogió una manifestación multitudinaria, mientras que en otras ciudades y villas gallegas se organizaron actos institucionales, carreras populares, lecturas de manifiestos o actividades culturales vinculadas a la igualdad. Desde iniciativas simbólicas hasta marchas reivindicativas, el mapa gallego del 8 de marzo reflejó un compromiso social cada vez más extendido.

Ese mosaico de actos demuestra que el feminismo ya no es solo una movilización puntual, sino un movimiento con presencia en la vida cotidiana de muchas comunidades. En pueblos y ciudades, asociaciones vecinales, centros educativos y colectivos sociales han incorporado el debate sobre la igualdad como parte de su agenda habitual.

El contexto político también ha estado presente en las marchas. Representantes institucionales han participado en las movilizaciones o han intervenido en actos paralelos, subrayando la importancia de seguir impulsando políticas públicas que reduzcan la desigualdad. La violencia machista sigue siendo uno de los principales desafíos. Solo en los primeros meses del año varias mujeres han sido asesinadas en España por sus parejas o exparejas, recordando la persistencia de una lacra que las manifestaciones del 8M denuncian cada año.

En este escenario, el feminismo español aparece al mismo tiempo como un movimiento consolidado y como un espacio atravesado por debates intensos. La diversidad de posiciones puede interpretarse como signo de fragmentación, pero también como la expresión de un movimiento amplio que refleja las tensiones de la sociedad contemporánea.

Lo que parece claro es que el 8 de marzo sigue siendo mucho más que una conmemoración simbólica. Es una jornada en la que miles de personas vuelven a ocupar el espacio público para recordarse mutuamente que la igualdad no es un punto de llegada, sino un proceso que exige vigilancia constante.

En un momento histórico marcado por incertidumbres globales —guerras, crisis políticas y cuestionamiento de derechos fundamentales— el mensaje que resonó en las calles de España fue claro: la lucha por la igualdad de las mujeres sigue siendo inseparable de la defensa de la democracia. Y esa convicción, expresada cada año en el 8-M, continúa siendo uno de los motores más visibles de la movilización social contemporánea. @mundiario

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