Trump mueve sus fichas: emisarios en Moscú mientras Europa impulsa una fuerza de defensa en Ucrania
La diplomacia estadounidense ha entrado en una fase inusualmente agresiva y directa. El presidente estadounidense Donald Trump ha enviado a su negociador más cercano, el empresario Steve Witkoff, a Moscú para reunirse con Vladímir Putin, mientras que el secretario del Ejército, Dan Driscoll, hará lo propio con representantes ucranianos.
Las dos misiones, coordinadas desde la Casa Blanca, pretenden rematar un plan de paz que ha cambiado de rostro varias veces en menos de dos semanas. El objetivo declarado es claro: forzar un cierre diplomático a una guerra que ya roza los cuatro años, aún con profundas heridas abiertas y desconfianzas mutuas.
La primera versión del plan estadounidense consistía en 28 puntos que inclinaban la balanza de forma explícita hacia los intereses rusos. Entre sus ejes se incluía la cesión completa del Donbás a Moscú, la reducción drástica del Ejército ucraniano y la renuncia permanente de Kiev a entrar en la OTAN. Estas condiciones, que Rusia consideraba indispensables, son inaceptables para Ucrania y desataron un rechazo inmediato entre las capitales europeas.
Tras negociaciones intensas en Ginebra, el documento se redujo a 19 puntos. Los elementos más polémicos desaparecieron: no se contempla la entrega total del Donbás, ni una limitación estructural al potencial militar ucraniano, ni un veto a su futuro alineamiento atlántico. El nuevo borrador europeo intentó equilibrar las posiciones mínimas de cada parte, centrando la discusión en garantías de seguridad, un calendario de cese de hostilidades y mecanismos de supervisión.
Sin embargo, la reacción inicial de Moscú apunta al rechazo. Como ha ocurrido en iteraciones anteriores del conflicto, el punto muerto reaparece cuando la diplomacia debe entrar en los temas nucleares: integridad territorial, seguridad posterior a la guerra y arquitectura estratégica de Europa del Este.
La ofensiva diplomática de Trump y sus gestos calculados
Trump no solo intenta cerrar un acuerdo: busca protagonizarlo. Este martes dejó en claro que las reuniones personales con Volodímir Zelenski y Putin están sobre la mesa, pero condicionadas a que el acuerdo esté “en su etapa final o completamente cerrado”. La Casa Blanca presenta este enfoque como un modo de evitar gestos prematuros o imágenes simbólicas sin efecto real. Sin embargo, la postura deja entrever otro propósito político: reservar el momento de la foto para cuando el pacto esté sellado, capitalizando la narrativa de pacificador.
La designación de Steve Witkoff refuerza esa lectura. Witkoff, más cercano a Trump por afinidad personal y confianza que por experiencia diplomática tradicional, es el tipo de emisario que el presidente suele utilizar cuando quiere mantener control directo sobre procesos delicados. Lo mismo sucede con Dan Driscoll, cuya posición en el Departamento del Ejército lo convierte en un puente operativo hacia la realidad militar ucraniana.
El equipo de negociación estadounidense —que incluye al vicepresidente J. D. Vance, al secretario de Estado Marco Rubio, al secretario de Defensa Pete Hegseth y a la jefa de Gabinete Susie Wiles— forma un núcleo político ideológico propio, con escasa participación de la burocracia profesional tradicional del Departamento de Estado. Esto consolida un estilo diplomático presidencializado y vertical, característico de Trump.
Europa, al margen del origen del plan… pero no del final
La exclusión inicial de Europa del diseño del plan respondió a la estrategia estadounidense de controlar el guion. Pero el intento duró poco. Francia, el Reino Unido y Alemania intervinieron de inmediato para reorientar el proceso. No lo hicieron sólo por afinidad con Kiev, sino porque el resultado afecta directamente al equilibrio geopolítico europeo.
En las últimas reuniones de la Coalición de Voluntarios —formada por países europeos, Turquía, Canadá, Japón, Australia y Nueva Zelanda—, los líderes europeos han insistido: cualquier paz duradera debe ir acompañada de garantías militares tangibles. El presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro británico Keir Starmer impulsan la creación de una fuerza multinacional en territorio ucraniano, compuesta por tropas europeas y aliadas, destinada a entrenamiento y seguridad en ciudades clave como Kiev y Odesa.
La lógica es explícita: evitar otro escenario como el de 2014 o 2022, cuando promesas diplomáticas sin respaldo militar fueron insuficientes para frenar la agresión rusa. Europa quiere una seguridad anclada en hechos y presencia física, no en papel.
La visión europea genera un choque conceptual con la propuesta estadounidense inicial. Mientras Trump prefería que la paz implicara la neutralidad territorial de Ucrania —sin estructuras militares occidentales en su suelo—, París y Londres consideran lo opuesto. Para ellos, un vacío de defensa en el país invadido equivale a un incentivo para la repetición del conflicto.
El presidente francés lo expresó sin eufemismos: sin garantías sólidas y visibles, cualquier acuerdo sería inestable. Starmer insistió en preparar la reconstrucción militar de Ucrania tras el alto el fuego y no limitarse a un esquema diplomático abstracto. Los países más cautelosos, como Italia o Polonia, temen que la presencia de fuerzas extranjeras en Ucrania convierta la postguerra en un nuevo foco de tensión. Suecia, Dinamarca y Australia se muestran más abiertas a la propuesta.
La disparidad de posturas ilustra la fractura más amplia: Estados Unidos quiere cerrar un conflicto que se ha vuelto económicamente costoso y políticamente tóxico; Europa, que vivirá con las consecuencias, insiste en atarlo para que no vuelva a abrirse.
Trump ya canceló una cumbre con Putin en Budapest debido a desacuerdos sobre el cese del fuego. Kiev, por su parte, había insinuado un encuentro rápido entre Zelenski y el mandatario estadounidense, incluso durante el Día de Acción de Gracias, pero la Casa Blanca lo ha descartado. Ninguno de los dos gestos implica parálisis: son tácticas de presión.
La situación sigue fluida. Moscú debe responder formalmente al nuevo borrador. Kiev continúa exigiendo protección estructural a su soberanía. Y Europa trabaja en una arquitectura militar posguerra que evite vacíos de poder. Nada garantiza el éxito, pero la convergencia de estas fuerzas indica que la guerra ha entrado en una fase decisiva: o se resigna a un conflicto congelado como el del Donbás previo a 2022, o se produce un intento real de definir un marco estable para el futuro de Ucrania y de Europa. @mundiario





