Trump dispuesto a extender la mano a Siria: ¿un giro estratégico o una apuesta incierta?
El reciente encuentro entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente interino de Siria, Ahmed al Sharaa, celebrado en Riad, marca un hito diplomático. No solo porque es el primer dirigente sirio en reunirse con un mandatario estadounidense en más de dos décadas, sino por las implicaciones políticas y estratégicas que conlleva.
A pesar del controvertido pasado de Al Sharaa como Mohamad al Golani, líder del antiguo frente Al Nusra, filial siria de Al Qaeda, y actual líder de los insurgentes de Hayat Tahrir al Sham, que encabezaron el derrocamiento del régimen de Bachar el Asad a finales de 2024, Trump ha decidido ofrecerle una vía de reinserción en la comunidad internacional a cambio de una contrapartida significativa: normalizar las relaciones con Israel.
El gesto no ha pasado desapercibido. Trump, en su estilo habitual, no escatimó en elogios hacia su interlocutor sirio, destacando su potencial como líder y considerándolo "atractivo". Más allá de las formas, lo sustancial de la reunión se centra en las peticiones formuladas por Estados Unidos: sería ideal que el levantamiento de las sanciones económicas se correspondiera con el reconocimiento de Siria a Israel y su adhesión a los Acuerdos de Abraham, una iniciativa que ya ha sido firmada por los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos.
Desde una perspectiva geopolítica, esta solicitud representa un cambio significativo para Damasco. La relación entre Siria e Israel ha estado marcada por décadas de hostilidad, especialmente debido a la ocupación israelí de los Altos del Golán desde 1967. A esto se suma el reciente contexto de escalada bélica en Gaza, la ocupación israelí de nuevas zonas sirias y los ataques a territorio sirio, así como los movimientos del Gobierno del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu para crear un Estado druso. Este cúmulo de incidencias puede hacer que cualquier intento de normalización sea percibido por gran parte de la sociedad siria como una cesión inaceptable.
El propio Al Sharaa, aunque ha mostrado apertura a discutir la propuesta, ha matizado que “hay mucho trabajo por hacer”, señalando que cualquier avance requerirá un proceso complejo. Esta respuesta sugiere una voluntad de diálogo sin comprometerse de inmediato a un paso que podría tener un alto coste político interno.
Por su parte, el Gobierno de Netanyahu, se ha opuesto tajantemente al levantamiento de sanciones a Siria. Esta resistencia refleja la estrategia israelí de mantener a su vecino del norte en una posición de debilidad estructural. Desde Tel Aviv, un Estado sirio fuerte y reintegrado en el orden regional podría suponer un riesgo estratégico para sus intereses, especialmente si logra recuperar cohesión interna y capacidad militar.
El papel de líderes regionales como el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman y el presidente turco Recep Tayyip Erdogan (por llamada telefónica) ha sido clave para acercar posiciones. Ambos han presionado a favor de levantar las sanciones, considerando que la reconstrucción de Siria podría contribuir a la estabilidad regional. La implicación de Arabia Saudí, en particular, revela una apuesta por redefinir los equilibrios de poder en Oriente Próximo, alejándose del viejo paradigma de exclusión hacia Damasco.
La pregunta que queda abierta es si Trump está realmente comprometido con dar una oportunidad a Siria o si su gesto responde más a un cálculo político y simbólico para consolidar sus lazos en la región. Al describir el encuentro como “genial” y evitar comentarios sobre propuestas concretas, el presidente ha mantenido un tono ambiguo que deja lugar a múltiples interpretaciones.
El levantamiento de las sanciones, de concretarse, podría suponer un alivio inmediato para la maltrecha economía siria, que tras 14 años de guerra enfrenta una devastación sin precedentes. Pero también coloca al nuevo liderazgo sirio ante un dilema: hasta qué punto está dispuesto a reconfigurar su política exterior y su narrativa histórica para lograr esa rehabilitación económica y diplomática.
En definitiva, la apertura de Trump hacia Siria es un movimiento diplomático audaz, aunque cargado de condiciones difíciles de cumplir a corto plazo. El pragmatismo mostrado por Al Sharaa puede abrir una nueva etapa, pero el éxito de esta aproximación dependerá de factores internos sirios, del apoyo de actores regionales clave y de si Washington —con Trump u otro liderazgo— está dispuesto a sostener este acercamiento más allá del simbolismo inicial. @mundiario


