Trump estrecha lazos con Arabia Saudí gracias al "mayor acuerdo de defensa de la historia de EE UU"
En su primer viaje internacional desde que volvió a la Casa Blanca, el presidente de EE UU, Donald Trump, ha dejado clara su prioridad estratégica: afianzar la relación con Arabia Saudí. La visita a Riad no solo ha reafirmado la sintonía entre Washington y el reino del Golfo, sino que ha culminado con un paquete de acuerdos económicos y militares por valor de 600.000 millones de dólares, lo que la Casa Blanca ha calificado como “el mayor acuerdo de ventas de Defensa de la historia”.
El núcleo del pacto firmado por Trump y el príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, incluye una compra masiva de equipamiento militar estadounidense por valor de 142.000 millones, con especial atención a la modernización de las fuerzas armadas saudíes, el fortalecimiento de la seguridad marítima y fronteriza, y el desarrollo de infraestructuras de defensa como academias militares y servicios médicos castrenses. Si bien no se ha confirmado la inclusión de los cazas F-35 —uno de los deseos de Riad desde hace años—, la magnitud del acuerdo refuerza a Arabia Saudí como el principal cliente armamentístico de EE UU.
Además del componente militar, el acuerdo contempla ingentes inversiones saudíes en Estados Unidos, desde centros de datos y tecnología hasta infraestructuras críticas y minerales estratégicos. Una docena de grandes firmas estadounidenses, muchas de ellas del sector de defensa, se verán beneficiadas.
Durante la ceremonia de firma, Trump calificó a bin Salman de “sabio más allá de sus años” y un “amigo”, señalando que ambos comparten una visión común de modernización y seguridad. Para Trump, esta relación bilateral es “un pilar de seguridad y prosperidad” para ambos países. Con estas palabras, el presidente estadounidense buscó proyectar una imagen de estabilidad y confianza mutua frente a un mundo convulso.
Sin embargo, esta cercanía se produce en un contexto incómodo: organizaciones de derechos humanos y sectores del Departamento de Estado han advertido reiteradamente sobre las violaciones de derechos civiles en Arabia Saudí. Trump, sin embargo, ha optado por un enfoque más transaccional, donde los negocios y la influencia estratégica pesan más que otras consideraciones.
Un giro en la política exterior estadounidense
La estrategia de Trump marca una ruptura con su antecesor, Joe Biden, cuya administración intentó vincular cualquier acercamiento a Riad con avances en derechos humanos y una eventual normalización de relaciones con Israel. Aquel esfuerzo se vio truncado por la guerra en Gaza. Ahora, Trump ha preferido obviar ambas exigencias, centrando su atención en cerrar pactos bilaterales con el reino saudí sin imponer condiciones políticas.
Por otro lado, la ausencia deliberada de una parada en Israel durante esta gira ha generado especulaciones sobre un enfriamiento en la relación entre Trump y el primer ministro Benjamín Netanyahu. El mensaje que parece enviar la Casa Blanca es que el centro de gravedad de su política en Oriente Próximo se desplaza hacia los países del Golfo, sin que la prioridad pase por Tel Aviv.
Además del componente comercial y militar, la agenda del viaje incluyó discusiones sensibles sobre el programa nuclear iraní, el conflicto en Gaza y el equilibrio del mercado energético. Arabia Saudí, como actor clave en la OPEP, tiene una influencia directa sobre los precios del petróleo, un tema especialmente delicado para la Administración Trump ante el impacto que tiene en la inflación estadounidense.
Asimismo, en la mesa de conversaciones también apareció la posibilidad de un acuerdo de cooperación nuclear civil entre ambos países. Este planteamiento preocupa a los expertos en control de armamento, especialmente después de que bin Salman sugiriera que su país buscaría desarrollar armas nucleares si Irán lo hiciera. La Administración Trump ha restado importancia al riesgo, argumentando que el control mutuo y la colaboración son la mejor manera de evitar una carrera armamentística regional.
Dimensión económica y empresarial del viaje
Trump no llegó solo. Lo acompañaron figuras de peso del mundo empresarial como Elon Musk y los directores ejecutivos Larry Fink (BlackRock), Jane Fraser (Citigroup) o Jensen Huang (Nvidia). En palabras del propio presidente, estos líderes empresariales “se irán con muchos cheques”, en alusión a los contratos multimillonarios firmados en el marco del foro de inversiones saudí-estadounidense.
La implicación de empresarios con vínculos personales o familiares con Trump también ha sido motivo de escrutinio, dado que sus hijos gestionan negocios inmobiliarios en la región, incluyendo hoteles de lujo y campos de golf. Este solapamiento entre la política exterior y los intereses privados ha generado críticas en la oposición demócrata sobre posibles conflictos de interés.
En conjunto, esta gira marca el inicio de una nueva etapa en la política de Trump hacia Oriente Medio. Su objetivo parece ser claro: consolidar una alianza sin reservas con Arabia Saudí, incluso si eso implica dejar de lado antiguos compromisos con otros actores regionales o valores democráticos.
La visita de Trump, envuelta en simbolismo y pragmatismo, busca presentar a Estados Unidos como el socio indispensable para el desarrollo y la defensa de los países del Golfo. El acuerdo de defensa es tanto un gesto de confianza como una herramienta de presión geopolítica frente a Irán, Rusia y China. Sin embargo, el coste diplomático de esta cercanía con un régimen autoritario aún está por medirse. @mundiario


