La tregua imposible: por qué Egipto insiste mientras Gaza agoniza y Netanyahu se atrinchera

Egipto se dispone a acoger una nueva ronda de negociaciones indirectas entre Israel y Hamás, en un contexto marcado por la devastación en Gaza, el bloqueo humanitario y una presión internacional cada vez más intensa.
Palestinos en medio de la destrucción en Gaza. / @mhdksafa.
Palestinos en medio de la destrucción en Gaza. / @mhdksafa.

Egipto vuelve a colocarse en el centro del tablero diplomático. Lo hace no por un gesto altruista, sino por pura necesidad geopolítica: evitar que el incendio en Gaza termine saltando las fronteras y desestabilizando toda la región. A principios de la próxima semana, El Cairo prevé reanudar los contactos indirectos entre Israel y Hamás, en un intento de rescatar del fracaso el diálogo sobre una tregua que, por ahora, parece más una quimera que un horizonte cercano.

Pero más allá del anuncio, conviene mirar lo que se esconde tras la escenografía negociadora. Cada intento de mediación parte de una premisa fundamental: sin presión efectiva sobre el Gobierno de Benjamín Netanyahu, no hay acuerdo posible. Y es que el primer ministro israelí ha hecho de la prolongación del conflicto una pieza clave de su supervivencia política. Mientras las bombas siguen cayendo sobre Gaza y las cifras de muertos superan los 62.000 —según datos de las autoridades gazatíes avalados por la ONU—, Netanyahu se atrinchera en un relato que combina la retórica de la seguridad con la amenaza existencial del terrorismo.

En paralelo, crece la impaciencia dentro de Israel. Las protestas ciudadanas, aún minoritarias pero cada vez más visibles, exigen un alto el fuego y la liberación de los rehenes que siguen en manos de Hamás. El Foro de Familias de los Cautivos ha convocado una nueva huelga general para el martes, con la intención de repetir —o superar— el impacto de la movilización del pasado 17 de agosto, considerada la mayor desde el inicio de la guerra. La fractura interna es evidente: mientras parte de la población pide negociar para salvar vidas, el Ejecutivo endurece su discurso y amenaza con una ofensiva total sobre Ciudad de Gaza, donde sobreviven hacinadas cerca de un millón de personas.

Este contraste no es casual. Netanyahu juega en dos tableros: el militar, donde busca debilitar a Hamás a cualquier precio, y el político, donde necesita proyectar fortaleza para sostener un gobierno erosionado por la crítica y la incertidumbre judicial. Ceder ahora podría interpretarse como una derrota, y ese coste simbólico parece, para él, más inasumible que el drama humanitario que se despliega cada día en la Franja.

La situación sobre el terreno roza lo insoportable. La ONU ha declarado oficialmente la hambruna en zonas de Gaza —la primera fuera de África en la historia reciente—, y el número de muertes por inanición se dispara: 289 personas desde el inicio de la ofensiva, la mayoría en los últimos dos meses. Los hospitales, sin recursos, se han convertido en espacios donde la vida pende de un hilo, mientras la ayuda humanitaria sigue bloqueada. Y, aun así, la maquinaria bélica no se detiene. Israel mantiene el cerco y Hamás, debilitado pero aún operativo, utiliza el sufrimiento civil como escudo propagandístico.

¿Puede Egipto cambiar este guion? Difícilmente, al menos en el corto plazo. Las fuentes consultadas por medios internacionales señalan que Washington ha garantizado a Netanyahu que cualquier acuerdo debería implicar el fin definitivo de la guerra, no solo una tregua temporal. Sobre el papel, esto suena razonable. En la práctica, plantea un dilema irresoluble: ¿cómo lograr una paz duradera cuando las condiciones que Israel impone —desarme total de Hamás y una autoridad civil ajena tanto a la milicia como a la Autoridad Palestina— son vistas por los palestinos como una rendición incondicional?

Mientras tanto, cada actor regional juega su propia partida. Egipto necesita estabilidad en su frontera y mantener su rol como mediador para preservar influencia. Qatar busca consolidar su posición como interlocutor indispensable en el Golfo. Y Estados Unidos, atrapado entre su apoyo histórico a Israel y la erosión de su imagen global, intenta evitar que el conflicto arruine sus equilibrios diplomáticos en pleno año electoral. Las propuestas de una fuerza multinacional para controlar el territorio, apoyadas por Washington, Arabia Saudí y Jordania, suenan bien en los comunicados, pero chocan con la realidad: ninguna potencia quiere asumir el coste humano y político de poner botas sobre el terreno.

La pregunta de fondo es otra: ¿hay espacio para la paz cuando las narrativas dominantes son incompatibles? Netanyahu insiste en que no habrá alto el fuego sin desarme; Hamás responde que no habrá negociación sin un levantamiento completo del bloqueo. Entre tanto maximalismo, lo único que avanza es la devastación. Gaza se hunde en la ruina y la desesperación, y con ella se desploman las ilusiones de una solución a corto plazo.

Egipto, con su proverbial pragmatismo, seguirá intentándolo. Quizá logre una tregua parcial, como las anteriores. Quizá consiga liberar a algunos rehenes. Pero lo cierto es que, mientras la comunidad internacional se limita a administrar crisis en lugar de resolverlas, Oriente Próximo continúa atrapado en un bucle que convierte cada alto el fuego en la antesala de la siguiente guerra. @mundiario

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