La retórica de la resistencia: cómo Maduro teatraliza la amenaza exterior
La retórica de Nicolás Maduro ante la reciente “embestida” de Estados Unidos en el Caribe combina épica histórica, patriotismo exacerbado y un mensaje inequívoco de resistencia. Al aludir a la “Gran Victoria china” frente a Japón hace ochenta años, el líder chavista busca situar a Venezuela en la tradición de los pueblos que supieron enfrentarse a agresores poderosos. Sin embargo, la comparación resulta forzada: mientras Beijing luchaba por su supervivencia territorial y nacional, Venezuela lidia con una combinación de sanciones económicas, tensiones diplomáticas y un ejército fragmentado entre lealtades políticas y necesidades logísticas.
El foco puesto en la unidad popular, policial y militar tiene un objetivo claro: transmitir control y seguridad interna frente a una población que vive en un contexto de escasez crónica, inflación galopante y erosión de derechos. La Milicia Bolivariana, promovida como “arma secreta” del pueblo, no es solo un dispositivo de defensa, sino también un instrumento político que obliga a civiles y militares retirados a alinearse públicamente con el régimen. La utilización de inteligencia artificial para que figuras históricas inviten a los ciudadanos a sumarse a la milicia es, además, un ejemplo de cómo el gobierno busca modernizar su propaganda, combinando recursos tecnológicos con símbolos patrióticos para reforzar la narrativa oficial.
La operación comunicativa de Caracas se combina con movimientos concretos: tropas desplegadas en la frontera con Colombia y llamados al Secretario General de la ONU para intervenir en el conflicto. Aunque Naciones Unidas ha mostrado “profunda preocupación”, la intervención real parece limitada, evidenciando la debilidad de los canales diplomáticos frente a una escalada militar que, de momento, permanece contenida en gestos y advertencias.
Paralelamente, el discurso interno se radicaliza. Diosdado Cabello, número dos del chavismo, cuestiona la veracidad de la información estadounidense sobre el ataque a la embarcación, sugiere inconsistencias y denuncia un supuesto montaje para desestabilizar la revolución. La insistencia en que todo es un “fake” destinado a generar un cambio de régimen revela cómo el gobierno se protege recurriendo a la desinformación, la conspiración y la narrativa de victimización frente a un enemigo externo.
Pero más allá de la retórica y la teatralidad, la realidad venezolana es mucho más compleja. La supuesta “fe inquebrantable en la victoria” se enfrenta a una economía deprimida, instituciones debilitadas y una ciudadanía que ha aprendido a sobrevivir entre la propaganda y la escasez. Mientras Maduro proyecta unidad y control, buena parte del país experimenta desconfianza, emigración masiva y una sensación de abandono frente a los desafíos cotidianos.
Este escenario plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la estrategia de Maduro es de defensa legítima frente a Estados Unidos, y hasta qué punto es un mecanismo para reforzar un poder interno cada vez más dependiente del miedo, la lealtad militar y la manipulación mediática? La retórica del “enemigo externo” sirve tanto para cohesionar como para distraer, para justificar movilizaciones y para consolidar un régimen que se aferra al poder mientras el país sigue enfrentando crisis profundas.
La narrativa de resistencia de Maduro funciona como un espejo deformante: refleja la valentía y la unidad que el gobierno quiere proyectar, pero oculta la fragilidad estructural y la vulnerabilidad real de Venezuela. La historia reciente demuestra que mientras se multipliquen los gestos simbólicos, las proclamas de victoria y los llamamientos patrióticos, los problemas cotidianos —escasez, corrupción, migración y deterioro institucional— continúan erosionando la estabilidad del país. La verdadera resistencia, la que mide la capacidad de un Estado para garantizar bienestar y seguridad a sus ciudadanos, sigue siendo un terreno donde el relato oficial y la realidad difícilmente coinciden. @mundiario

