La resignación socialdemócrata: el SPD allana el camino a Merz sin entusiasmo ni alternativa

Pese al respaldo mayoritario entre las bases de los dos partidos principales de Alemania, la baja participación y el clima político reflejan una alianza marcada por necesidad, no por convicción. ¿Un paso estratégico o una claudicación?
Boris Pistorius, ministro de Defensa de Alemania; Lars Klingbeil, copresidente del SPD y Friedrich Merz, futuro canciller de Alemania. / @larsklingbeil
Boris Pistorius, ministro de Defensa de Alemania; Lars Klingbeil, copresidente del SPD y Friedrich Merz, futuro canciller de Alemania. / @larsklingbeil

La socialdemocracia alemana ha sellado un pacto con la derecha que marca un giro trascendental en la política germana. No por inesperado —los números lo hacían inevitable tras los comicios del 23 de febrero—, pero sí por lo que simboliza: la rendición ordenada de un partido que, aun habiendo formado parte del Gobierno en la pasada legislatura, ha sido castigado severamente en las urnas y obligado ahora a legitimar al líder de la oposición, Friedrich Merz, como nuevo canciller.

El Partido Socialdemócrata (SPD) ha aprobado con un contundente 84,6 % de votos favorables el contrato de coalición con la Unión Democristiana (CDU) y su socio bávaro, la CSU. Sin embargo, el dato más revelador no es ese, sino la participación interna: apenas el 56 % de la militancia votó. Una cifra alarmantemente baja que apunta a un desencanto palpable y generalizado. La pregunta no es solo qué ha votado el SPD, sino desde qué estado de ánimo y con qué horizonte político lo ha hecho.

En lo inmediato, esta aprobación allana el camino para que el próximo 6 de mayo Merz sea investido canciller. Su ascenso simboliza no tanto un proyecto de renovación nacional como un ejercicio de supervivencia institucional. Los socialdemócratas han logrado asegurar siete ministerios, incluida la Vicecancillería y Finanzas, en manos de Lars Klingbeil, y la continuidad de Boris Pistorius en Defensa. Sin embargo, el reparto de carteras apenas camufla la cesión simbólica que encierra este acuerdo: el SPD, tercera fuerza en las elecciones, entrega el timón del Ejecutivo a sus adversarios más directos.

Merz, por su parte, tampoco llega al poder montado en una ola de entusiasmo. Él mismo lo dejó claro en el reciente congreso de la CDU: “no es el momento para la euforia”. Consciente de las fracturas que atraviesan Alemania —estancamiento económico, crisis industrial, rearme militar y auge de la ultraderecha—, su mensaje ha sido sobrio y funcional. Ha armado un gabinete sin estrellas, con perfiles técnicos y leales, y ha marcado con claridad su prioridad geopolítica al nombrar como consejero europeo al diplomático Michael Clauß y como portavoz al periodista Stefan Kornelius, biógrafo de Angela Merkel.

Una coalición para mantener la estabilidad

Desde París y Varsovia —primeras paradas tras su investidura—, Merz buscará enviar una señal de “regreso” de Alemania al centro de gravedad de Europa. Pero, ¿con qué legitimidad? ¿Con la de un bloque conservador que solo alcanzó la Cancillería con la cesión forzada de su antiguo rival? ¿O con la de una coalición que despierta poco entusiasmo incluso entre quienes la firman?

El SPD, en este escenario, parece más gestor que actor protagónico de un proyecto de país. Su apuesta por la estabilidad institucional frente al caos político tiene lógica en el tablero parlamentario, pero pone en riesgo su identidad a largo plazo. Ya ocurrió en 2013 y 2018, cuando entró en las “grandes coaliciones” con Merkel: sobrevivió institucionalmente, pero a un alto coste electoral y moral.

El adversario común, por supuesto, es Alternativa para Alemania (AfD), que ya se ha convertido en primera fuerza de oposición y lidera algunas encuestas. Y es ahí donde este pacto se convierte también en una apuesta defensiva: un frente democrático contra la ultraderecha. La reforma constitucional de marzo, que permitirá endeudarse masivamente para reactivar la economía, otorga a este nuevo Ejecutivo herramientas poderosas. Pero solo si es capaz de usarlas con decisión.

La socialdemocracia alemana ha optado por ceder, no por convencer. Ha evitado nuevas elecciones, sí, pero a costa de disipar el entusiasmo entre sus propias filas. El 6 de mayo, cuando Merz levante la mano en el Bundestag, muchos votantes del SPD mirarán hacia otro lado, no porque no entiendan la lógica del pacto, sino porque no comparten su espíritu. Es un acuerdo sin alegría. Y una democracia sin alegría, aunque funcional, es también una democracia vulnerable.

¿Podrá esta coalición evitar el colapso del centro político o solo aplazará su fragmentación? La respuesta está en los próximos meses. Pero lo cierto es que el SPD ha entregado las llaves del Gobierno con resignación, no con ilusión. @mundiario

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