Refugios convertidos en tumbas en Gaza

El reciente bombardeo israelí sobre una escuela-refugio en Gaza que ha segado la vida de decenas de personas, la mitad de ellas niños, reaviva una tragedia humanitaria que supera ya las 53.000 muertes.
Personas en Gaza intentando obtener comida. / @_PabloFdez_.
Personas en Gaza intentando obtener comida. / @_PabloFdez_.

El ataque aéreo perpetrado por el ejército israelí contra una escuela convertida en refugio en la ciudad de Gaza, que ha provocado al menos 36 muertes —incluyendo a 18 niños—, no puede entenderse como un hecho aislado. Forma parte de una estrategia sostenida que combina la presión militar con la asfixia humanitaria. En nombre de la seguridad nacional, el Gobierno de Benjamín Netanyahu justifica cada nueva ofensiva con el argumento de la lucha contra el “terrorismo”, pero las cifras desmienten cualquier pretensión de precisión quirúrgica. Más de 53.500 muertos, la mitad de ellos mujeres y menores, reflejan una ofensiva desproporcionada y un castigo colectivo.

Lo más alarmante no es solo el número de víctimas, sino el patrón que se repite: hospitales rodeados, centros escolares arrasados, infraestructuras esenciales bombardeadas. Todo ello bajo el pretexto de que se esconden combatientes o almacenes de armas. Pero si ese argumento lo validásemos sin matices, tendríamos que aceptar que cualquier edificio civil puede convertirse en blanco legítimo, con independencia del coste humano. Es una lógica que erosiona no solo el derecho internacional humanitario, sino la noción misma de civilización.

Israel alega que toma medidas para minimizar daños, pero estas “medidas” no evitan masacres ni desmienten el hecho de que utiliza tecnología de altísima precisión para ejecutar bombardeos que terminan en la muerte de familias enteras mientras duermen. Lo contradictorio es que, mientras denuncia el uso de escudos humanos por parte de Hamás, su propio ejército investiga —obligado por la evidencia— casos de soldados israelíes utilizando a detenidos palestinos como protección. Una doble moral que convierte cualquier justificación oficial en un discurso hueco.

La catástrofe se agrava por la inacción internacional. Más allá de condenas retóricas y llamamientos genéricos a la paz, no se ha ejercido ninguna presión efectiva sobre Israel para frenar su ofensiva. Estados Unidos, tradicional aliado de Tel Aviv, evita cualquier condena concreta y limita sus movimientos a gestos simbólicos. Mientras tanto, la ayuda humanitaria sigue retenida en la frontera o llega con cuentagotas, lo que impide atender a una población que sobrevive sin agua potable, sin alimentos y sin atención médica. En medio de este colapso, dimite Jake Wood, el director de la llamada Fundación Humanitaria de Gaza —una iniciativa israelí para gestionar la ayuda al margen de la ONU—, aludiendo a la falta de garantías mínimas. Su renuncia es la constatación de que ni siquiera los proyectos impulsados desde dentro encuentran legitimidad o eficacia.

La guerra ha destruido más del 90% de las infraestructuras hospitalarias del enclave. La reciente información de que el ejército israelí rodea centros como el Hospital Indonesio o el Al Awda indica que, lejos de aliviar el sufrimiento civil, se avanza hacia una ocupación total del territorio. Así lo confirma el plan revelado por medios israelíes: Netanyahu pretende hacerse con el control del 75% de Gaza en los próximos dos meses. Ya controlaría el 40%. Esta operación, bautizada con tintes bíblicos como "Carros de Gedeón", esconde una voluntad política de reconfiguración territorial más que una necesidad puramente defensiva.

Mientras tanto, las víctimas no tienen voz. Ni los niños enterrados bajo los escombros de una escuela ni las madres que hierven hierbas para alimentar a sus hijos encuentran eco real en los foros internacionales. La ONU ha sido desplazada del terreno, las ONG se ven desbordadas y cualquier corredor humanitario es susceptible de ser bombardeado en nombre de la “seguridad nacional”.

La tragedia de Gaza es, ante todo, una prueba moral. No solo de Israel y de las potencias que lo respaldan, sino también del conjunto de la comunidad internacional. Cada día que pasa sin una acción decidida en favor de la paz y la protección de los civiles es un día en el que el derecho internacional se convierte en letra muerta. Y lo que hoy se tolera en Gaza podría mañana repetirse en cualquier otro rincón del mundo. Porque cuando la impunidad se normaliza, la humanidad retrocede. @mundiario

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