El “protocolo mosquito”: Gaza como laboratorio de impunidad militar

Las denuncias sobre el uso de palestinos como escudos humanos por parte del ejército israelí vuelven a poner en entredicho la legalidad y legitimidad de su actuación en Gaza.
Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel. / @netanyahu
Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel. / @netanyahu

En el entramado de guerra, propaganda y sufrimiento humano que define el conflicto en Gaza, un nuevo capítulo inquietante amenaza con ensombrecer aún más la ya deteriorada imagen del ejército israelí: el supuesto uso sistemático de civiles palestinos como escudos humanos. La gravedad de esta práctica, expresamente prohibida tanto por el derecho internacional como por el propio Tribunal Supremo de Israel desde hace más de veinte años, sitúa a las Fuerzas de Defensa de Israel ante una crisis moral y legal que no puede resolverse con una simple nota de prensa prometiendo “investigaciones internas”.

Según revelaciones de diversos medios y organizaciones, corroboradas por testimonios anónimos de soldados israelíes y activistas como Nadav Weiman —exmilitar y director de la organización Breaking The Silence—, la utilización de civiles palestinos como avanzadilla en túneles, edificaciones colapsadas o posibles zonas minadas se habría convertido en un “protocolo habitual”, conocido en el argot castrense como el “protocolo mosquito”. Lejos de ser episodios aislados, como sostienen las autoridades militares israelíes, los hechos apuntan a una normalización preocupante de un método que deshumaniza al enemigo y trivializa el valor de la vida civil.

El caso se remonta, al menos, al mes de junio de 2024, aunque las primeras pruebas audiovisuales no salieron a la luz hasta julio. En ellas, difundidas por Al Jazeera, se observan escenas que parecen más propias de una distopía militar que de una operación sujeta al derecho internacional humanitario: hombres semidesnudos o vestidos con uniformes israelíes, obligados a caminar por zonas peligrosas mientras son observados por soldados armados. La escena es inquietante no solo por su crudeza, sino por lo que insinúa: una dinámica de dominación en la que la vida del otro —el enemigo civil, el presunto sospechoso, el palestino sin rostro— se convierte en herramienta táctica prescindible.

El argumento de eficiencia militar —ahorrar munición, proteger a los perros de combate o acelerar la operación— no solo resulta éticamente reprobable, sino que pone en evidencia la contradicción flagrante entre los valores democráticos que Israel dice defender y las prácticas que tolera, o incluso institucionaliza, en el terreno. Si el ejército israelí denuncia regularmente a Hamás por supuestamente usar a la población civil como escudos humanos, ¿cómo justificar que incurra en la misma práctica con sus propios detenidos?

Las promesas de investigación por parte de las autoridades militares no ofrecen muchas garantías. Organizaciones internacionales de derechos humanos recuerdan que las indagaciones internas del ejército israelí rara vez concluyen en condenas efectivas. El precedente más cercano data de 2010, cuando dos soldados fueron degradados —no expulsados ni procesados penalmente— por forzar a un niño de nueve años a manipular objetos sospechosos. Es decir, un castigo simbólico para un delito gravísimo.

Más allá de la dimensión legal, lo que está en juego es el colapso de cualquier referencia ética en una guerra donde las líneas entre combatientes y civiles, entre el deber militar y el abuso de poder, parecen difuminarse a cada paso. Que un soldado justifique el uso de un civil con la frase “nos dimos cuenta de lo efectiva que era la idea” revela hasta qué punto la eficiencia táctica se ha impuesto a la consideración moral. Y eso, en el contexto de una guerra asimétrica como la de Gaza, no es una anécdota: es un síntoma.

Mientras la comunidad internacional sigue dividida, y muchas potencias prefieren mirar hacia otro lado, el ejército israelí continúa operando con una impunidad de facto. Pero el coste no es solo para los palestinos directamente afectados; también lo es para Israel, cuya legitimidad democrática y respeto al derecho internacional se erosionan cada vez que tolera estas prácticas. La verdadera prueba no está en anunciar una investigación. Está en demostrar, con hechos y consecuencias, que la ley se aplica incluso cuando duele. Y que la dignidad humana no es una variable más en la ecuación militar. @mundiario

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